Salvar a Venezuela es salvar a nuestra América, a la Humanidad, y a todos los pueblos que han apostado por la paz, la soberanía y la justicia.
El 20 de diciembre de 1989 los Estados Unidos invadieron Panamá. Nunca olvidaré la angustiosa noche, siguiendo por la televisión cubana, hasta horas muy tardías, los trágicos sucesos. El ametrallamiento de la población civil en las zonas populosas del Chorrillo, los bombardeos y combates, el arresto de Noriega, y la destrucción de un pueblo hermano. Han pasado 26 años y el guion vuelve a repetirse, con las lógicas diferencias de actores y circunstancias, pero los pretextos esgrimidos son casi los mismos, y el tono amenazante rebasa los límites del país agredido injustamente para extenderse a toda Nuestra América, con el cinismo y la naturalidad del que se refiere a su patio trasero. Otra vez el gendarme mundial se arroga el derecho de violentar a un país soberano y secuestrar a su presidente, pisoteando todas las normas del derecho internacional, y sin un solo argumento convincente.
Mientras, una ola de protestas, emociones y reacciones encontradas se han alzado alrededor del mundo en las últimas horas. Los que conocemos algo de Historia, y del pensamiento antiimperialista de nuestros próceres, no podemos dejar de pensar en frases lapidarias, proféticas, como aquella de Bolívar, en su carta a Patricio Campbell, cuando aseguraba, con toda razón, que los Estados Unidos parecían destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad.[1]
Las amenazas se han multiplicado hoy, en la arrogancia demente de esa versión de Nerón contemporáneo que gobierna los Estados Unidos. No es nueva la retórica triunfalista, ni las promesas de “libertad” hacia el país que acaba de bombardear, y también hacia México, Colombia, y por supuesto, Cuba, obsesión de todos los presidentes del aquel país, incluso desde los momentos iniciales en que dejaron de ser Trece colonias inglesas para convertirse en los Estados Unidos.
No menos monstruosas son las declaraciones de ciertos venezolanos y cubanos; unos celebran la agresión a su tierra, y otros, ansían que Cuba acabe de pasar por la misma experiencia sangrienta. Muchos de esos seres deleznables viven en sus países de origen, y muestran una vocación anexionista vergonzosa y cínica. Otros viven en las entrañas del monstruo y evidentemente, en ninguna de las dos variantes hay el menor sentido común ni de ética. Tal parece que las bombas vendrán con nombres y apellidos, destinadas solo a comunistas y patriotas, a políticos y militares. Tal parece, también, que a ellos y a sus familias les será dado un manto protector que los libre de todo mal.
Y la maldad no está, repito, en el lugar de residencia. Está en el odio, en la traición, en la sed de una venganza absurda que glorifica al mismo ser que deporta cada día a centenares de migrantes sin la menor consideración, haciendo gala de un racismo y una brutalidad heredera de las limpiezas étnicas propias de la barbarie medieval o del fascismo del siglo XX.
No cuestiono el derecho de la gente a vivir donde quiera, por los motivos que fuere: personales, familiares, económicos, incluso políticos. Te puede gustar más o menos un gobierno, puedes simpatizar o no con el presidente de determinado país, pero de ahí a ponderar el ataque directo, la guerra de rapiña, contra un pueblo soberano, la distancia es enorme. Hoy es Venezuela, hace pocos años fueron Irak, o Siria, o Libia, o cualquiera que tuviera algo codiciable por los intereses de un imperio decadente y desesperado, que en su hundimiento pretende arrastrar al mundo. Mañana puede ser cualquier otro, pues nadie está a salvo.
Vale recordar la definición y las consideraciones que daba Martí, el 19 de diciembre de 1889, en su discurso conocido como “Madre América”, sobre los motivos de la emigración nuestramericana a los Estados Unidos, y de qué manera podíamos ayudar a la América de Juárez, aun viviendo en la de Lincoln. No está de más precisar que este discurso fue pronunciado en la velada que la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York organizó para agasajar a los delegados del continente a la Conferencia Panamericana, o Congreso de Washington, los cuales fueron sometidos a una estrategia de presión y seducción para que se sintieran minimizados y accedieran a los planes imperiales de sojuzgar a nuestras repúblicas por medios de tratados comerciales leoninos y otros engendros jurídicos.
Decía así el cubano, apelando al patriotismo de los que habían fijado residencia en el Norte:
Por eso vivimos aquí, orgullosos de nuestra América, para servirla y honrarla. No vivimos, no, como siervos .futuros ni como aldeanos deslumbrados, sino con la determinación y la capacidad de contribuir a que se la estime por sus méritos, y se la respete por sus sacrificios; porque las mismas guerras que de pura ignorancia le echan en cara los que no la conocen, son el timbre de honor de nuestros pueblos, que no han vacilado en acelerar con el abono de su sangre el camino del progreso, y pueden ostentar en la frente sus guerras como una corona. En vano, -faltos del roce y estímulo diario de nuestras luchas y de nuestras pasiones, que nos llegan ¡a mucha distancia! del suelo donde no crecen nuestros hijos!,-nos convida este país con su magnificencia, y la vida con sus tentaciones, y con sus cobardías el corazón, a la tibieza y al olvido.[2]
Obviamente, Martí, como tantos otros latinoamericanos, muchos de ellos miembros de la propia junta directiva de la Sociedad Literaria, o luchadores por la independencia de Cuba, pertenecía a esa estirpe de hombres dignos que continuaban honrando a la Patria grande. No buscaron asimilarse: continuaron honrándola desde el destierro, y mostraron una dignidad que pretendía echar por tierra el “desdén del vecino formidable que no la conoce”, como escribió poco después en el ensayo “Nuestra América”[3].
También fue consciente Martí de la ingenuidad entendible entonces, ─inexcusable hoy─, de los que “[…]creen que los Estados Unidos son un gigante de azúcar, con un brazo de Wendell Phillips y otro de Lincoln, que va a poner en la riqueza y en la libertad a los pueblos que no la saben conquistar por sí propios, o es de los que han mudado ya para siempre domicilio e interés, y dice “mi país” cuando habla de los Estados Unidos, con los labios fríos como dos monedas de oro, dos labios de que se enjuga a escondidas, para que no se las conozcan sus nuevos compatricios, las últimas gotas de leche materna[…]”[4]
De esos renegados nada hay que esperar. De los que conservan con orgullo el vínculo con los orígenes, se anhela hoy un rechazo a las agresiones, a las amenazas a la paz. De esos se espera, porque son casi mayoría lingüística y cultural allí, una postura pacifista, de respeto a la soberanía de Nuestra América, de exigencia por la salvaguarda de la vida de nuestras familias, ya bastante desangradas por el odio, las intrigas, el egoísmo. De ellos, de su entereza, cabe desear, además, que no permitan que sus hijos, por imperativos económicos o por desear un derecho a la residencia, cedan a la tentación de hundir el sable, “tinto en la sangre de sus mismas venas”, en la carne del hermano agredido. Salvar a Venezuela es salvar a nuestra América, a la Humanidad, y a todos los pueblos que han apostado por la paz, la soberanía y la justicia.
Notas:
[1] Simón Bolívar. Carta a Patricio Campbell. Disponible: https://archivodellibertador.gob.ve/archlib/web/index.php/site/documento?id=2830
[2] José Martí, “Madre América”, OC, t.6, p. 140. Cursivas mías, MVP.
[3] José Martí, OC, t. 6, p. 22.
[4] José Martí, OC, t. 6, p. 35.
