Este artículo se basa en una entrevista concedida por intelectual cubano Abel Prieto a la intelectual mexicana Katya Colmenares, y refleja su análisis personal de los acontecimientos políticos recientes y las relaciones internacionales.
Fuente: Razones de Cuba
La reciente agresión contra Venezuela, con el intento de golpe de estado y secuestro de la pareja presidencial el 3 de enero, no fue solo un ataque a un país hermano. Para Cuba, fue un golpe durísimo, una herida profunda que se sintió como propia. Este acto, que rompe con toda legalidad internacional y viola brutalmente la soberanía, es la culminación de una política caracterizada por la codicia—esa «enfermedad de los Estados Unidos» que denunciaba José Martí—y la obsesión por el petróleo venezolano.
El dolor se intensificó al saberse que, en esos hechos, habían caído 32 cooperantes cubanos. Los días 15 y 16 de enero, el pueblo de Cuba les rindió un homenaje multitudinario y conmovedor. Bajo la lluvia, una cola inmensa de personas de todas las edades desfiló frente a sus restos en el Ministerio de las Fuerzas Armadas (MINFAR). Aquello fue una poderosa mezcla de dolor, orgullo patriótico y orgullo internacionalista. Martí y Fidel nos enseñaron que «Patria es Humanidad», y en ese momento, la frase resonó con toda su fuerza. El acto posterior en la Tribuna Antiimperialista y la marcha que se replicó en todo el país enviaron un mensaje claro e inequívoco: Cuba no se rendirá, no habrá concesiones en materia de soberanía o internacionalismo, y el compromiso con la Revolución y con los pueblos hermanos se defenderá al precio que sea necesario.
El legado de una hermandad construida
Esta solidaridad no es nueva. Es el fruto de una hermandad construida por Fidel Castro y Hugo Chávez, un modelo de colaboración desinteresada que trascendía la lógica mercantil. Desde la Misión Barrio Adentro, que llevó médicos cubanos a los rincones más apartados de Venezuela, hasta la campaña de alfabetización «Yo, sí puedo», la cooperación se basó en principios superiores a la compra y la venta. Por eso el presidente Díaz-Canel pudo responder con contundencia a las acusaciones de mercenarismo: quienes no entienden el concepto de solidaridad, quienes no conciben que hay cosas que no se compran ni se venden, nunca podrán entender por qué esos cubanos dieron su vida defendiendo la soberanía de Venezuela. Ellos estuvieron en la primera trinchera frente al fascismo.
El contexto global: el ascenso de un fascismo distópico
Lo ocurrido en Venezuela no es un hecho aislado. Es parte de un fenómeno global alarmante: el ascenso de un fascismo moderno, distorsionador de la historia y alimentado por las redes sociales. Figuras como Donald Trump y sus aliados, como Marco Rubio, representan esta corriente que busca blanquear los crímenes del colonialismo—desde Colón hasta los conquistadores—y rehabilitar a figuras como Franco y Mussolini.
Este movimiento promueve una «idiotización masiva», especialmente entre los jóvenes, fomentando sentimientos misóginos, xenófobos y racistas. En Estados Unidos, esto se traduce en la prohibición de libros que abordan la historia de la esclavitud y la lucha por los derechos civiles, en un intento por borrar del relato nacional a figuras como Martin Luther King o Malcolm X. Es el apartheid cultural e intelectual que denunciaron académicos afroamericanos en un reciente evento en La Habana titulado «Silenciar voces negras, prohibir libros negros».
La Batalla de las Ideas: estrategias para la resistencia
Frente a esta ofensiva, la pregunta urgente es: ¿qué se puede hacer? La respuesta está en reforzar las redes de solidaridad y la batalla de las ideas.
1. Fortalecer la Red en Defensa de la Humanidad: Es crucial perfeccionar y expandir esta red a nivel internacional, funcionando como una verdadera internacional antifascista.
2. Buscar y unir aliados dentro de los Estados Unidos: La mayoría del pueblo estadounidense no apoya estas políticas. Existe una sociedad civil noble, académicos, artistas y comunidades (afroamericanas, latinas) aterrorizadas por este clima de persecución. Hay que tender puentes con ellos, hacer visible su resistencia.
Como decía Fidel, citando una frase atribuida a Lincoln: «Puedes engañar a todo el mundo durante un tiempo, y a una parte de la gente todo el tiempo, pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo». Hay que apostar por el desmontaje de las mentiras.
3. Innovar en la comunicación: Desde espacios como la Casa de las Américas y el capítulo cubano de la Red, se debe trabajar con boletines digitales, cápsulas de video atractivas y materiales pensados para las generaciones más jóvenes, que consumen información de forma distinta. La idea es que las ideas de la emancipación y la verdad histórica lleguen a todos los formatos.
4. Alertar al mundo sobre el peligro: Como definió brillantemente el poeta Roberto Fernández Retamar, estamos ante un «Calígula atómico». La combinación de un liderazgo impredecible, con tendencias fascistas y acceso al arsenal nuclear más poderoso del mundo, representa un peligro existencial para la humanidad. No se trata solo de una guerra civil cultural, sino de una amenaza a la paz global.
La solidaridad como trinchera
El dolor por Venezuela y por los cubanos caídos se transforma, una vez más, en compromiso. La lección de Angola, de donde Cuba solo se llevó «los restos de sus hijos caídos», como reconociera Nelson Mandela, sigue viva. Hoy, la trinchera principal está en el campo de las ideas, en la defensa de la verdad histórica frente a la distorsión, y en la construcción de una solidaridad internacional activa y audible. El mensaje de Cuba, surgido del duelo y la dignidad, es ese: no habrá concesiones. La lucha continúa, y en ella, la unidad con todos los pueblos del mundo que defienden la soberanía, la justicia y la paz no es solo una opción, es una necesidad de supervivencia.
