Michael Waltz arremete contra Cuba en la ONU mientras el escándalo de Signal revive las críticas a su gestión y a la administración Trump.


Tomado de Mate Amargo

Se han hecho virales las imágenes y videos de la delegación cubana protestando ante la presidencia de la Asamblea General de las Naciones Unidas contra el injurioso discurso del representante de Estados Unidos.

Todo sucedió durante la sesión de debate en torno a la resolución contra el bloqueo que ese país impone de manera ilegal a Cuba y que cada año se discute, con amplio apoyo para la Isla. El canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, solicitó una moción de orden que fue ignorada y, ante la inacción de los moderadores del debate, abandonó su asiento y se acercó al estrado, acompañado por varios de sus colegas.

En el colmo del patetismo, tanto Michael Waltz como los medios del sistema de propaganda anticubano que financia desde hace décadas el gobierno estadounidense con dólares del contribuyente, acusaron a Rodríguez Parrilla y a la delegación cubana de “abusadores”, de haberse comportado de manera “violenta”. Nada dijeron, por supuesto, del discurso injerencista y ofensivo del representante estadounidense, que llegó a decir —sin pudor alguno, en el colmo de la arrogancia imperialista— que hablaba en ese espacio en el nombre del pueblo cubano.

Autoproclamado, como aquel olvidado Guaidó de la dolorosa Venezuela, Waltz intentó distraer a la opinión pública internacional del objeto del debate, tratando de negar la existencia misma de un bloqueo del que sus jefes Marco Rubio y Donald Trump se jactan a cada rato, con sadismo.

Pero, ¿quién es Michael Waltz? ¿Qué hace ahí, en la ONU, mintiendo como miente su emperador mitómano; posando como vocero de un país que desconoce por completo?

Waltz fue Boina Verde, y se retiró con los grados de coronel. Su hoja de servicio incluye “despliegues combativos” en el Medio Oriente y en África, donde Estados Unidos ha intervenido militarmente para “preservar la paz” y “luchar contra el terrorismo”, lo que se traduce en matar, saquear y controlar recursos estratégicos en terceros países.

La típica violencia neocolonial del imperialismo, de la que Waltz fue partícipe ayer como soldado, abriendo fuego contra “peligrosos enemigos” (y, si nos guiamos por la filtraciones de Wikileaks y otros muchos escándalos en torno al ejército yanqui, varias “víctimas colaterales”); y hoy como “diplomático”, señalando con hipocresía a Cuba como una amenaza para la seguridad nacional de su país.

Luego de jubilarse como militar, se dedicó al lucrativo negocio de la política, ejerciendo como congresista durante varios años nada más y nada menos que por La Florida. No extraña que sea tan vehemente en sus calumnias contra Cuba, dado el ambiente hostil y tóxico de cierta y poderosa parte de la comunidad cubanoamericana que allí reside.

En enero de 2025, Donald Trump lo nombró asesor de seguridad nacional… y allí duró lo mismo que un merenguito en la puerta de un colegio —como se diría en Cuba—. En mayo de ese año lo tronaron por mentecato. Waltz fue parte de un escándalo mediático de épicas proporciones, del cual se seguiría hablando todavía si no fuera por que Trump y su pandilla producen escándalos semejantes o peores a diario. Quizás por eso ya nadie hable del “Signalgate”… ¿acaso se acuerdan?

El caso es que Michael Waltz —el mismo que hoy se las da de tipo duro en las Naciones Unidas, de hombre de Estado— cometió el pequeño desliz de añadir a Jeffrey Goldberg, periodista y redacto jefe de la revista The Atlantic, a un grupo de mensajería en la plataforma Signal en el que altos funcionarios de la administración trumpista preparaban un ataque en Yemen. El errocito de Waltz desató una crisis de seguridad nacional —el cuchillo de palo del herrero— y propició una ola de burlas y memes en redes sociales y en los medios de prensa.

Goldberg publicaría entonces un artículo titulado “The Trump Administration accidentally texted me its War Plans”, filtrando no solo lo que se discutía sobre sensibles temas políticos, sino también capturas de pantalla en las que se podían ver mensajes (algunos muy absurdos, dicho sea de paso) de figuras de alto relieve: el todavía secretario de Defensa, Pete Hegseth (ese que vino a la Base Naval de Guantánamo a jugar a los marines); la entonces directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard (otra tronada); el vicepresidente, JD Vance (que se mostraba preocupado por un eventual cierre del Estrecho de Ormuz… ¡ups!); y, para no carecer de nombres “ilustres”, también el secretario de Estado, Little Marco Rubio.

Citando a Hegset, Goldberg haría públicos detalles sobre ataques, incluyendo objetivos y horarios, que se llevaron a cabo tal y como se describían. Eso convenció al incrédulo periodista de que aquello no era una elaborada broma sino una metedura de pata colosal por parte del “brillante” Mike Waltz.

Gracias al ex Boina Verde, se supo del uso de una aplicación de mensajería, en lugar de los canales certificados del gobierno, para discutir información militar de alta sensibilidad; e incluso se llegó a afirmar que se habían violado las leyes federales al respecto. También se supo que Waltz había dejado información sensible, como su lista de contactos, visible públicamente en su perfil de Venmo. Todo lo anterior implicó que Waltz se convirtiera en el primer mártir de aquel escándalo… ¡y no por falta de merecimiento!

El magnánimo emperador Trump lo reasignaría como embajador ante la ONU en mayo de 2025, a escasos meses de su nombramiento como asesor. En Cuba diríamos: “entre bomberos no nos pisamos la manguera”.

Del ridículo sí que no pudo exonerarse. Una captura de pantalla mostraba a la cuenta de Waltz celebrando el inicio de un bombardeo con emojis (un puño, la bandera de Estados Unidos y un fueguito para cerrar… todo muy maduro de su parte). Y el chiste de “Mike Waltz ha dejado el chat” se hizo viral.

No obstante, algunos meses después, en noviembre de 2025, Pete Hegseth bromearía sobre el incidente durante un evento. Al ver a Mike Waltz entre el público, dijo: “Veo a Mike Waltz… Mike, te escribiré por Signal luego”. Hubo muchas risas. Y no sorprende: si tienen un presidente pederasta, que es uno de los nombres más repetidos en los infames archivos de Epstein… ¿cómo no van a gozar de impunidad y hasta reírse de una filtración tan seria?

A Estados Unidos lo gobierna hoy una caterva de payasos, como el señor Waltz, que no saben ni usar bien sus teléfonos celulares. Personajes así se intentan vender como la alternativa viable para Cuba, como las grandes mentes que van a resolver todos los problemas de nuestro país. Y en su impunidad, se creen con el derecho de dictar conductas, de imponer su agenda.

Pero Cuba no baila al ritmo de Waltz, ni le ríe los chistes a Hegseth; Cuba no se rinde ante las presiones de Marco Rubio (quien hizo alarde de discreción hace poco, publicando en X una oferta de trabajo para la CIA… al más puro estilo de un Boina Verde); Cuba no se deja amedrentar por Trump y sus patéticos secuaces.

Michael Waltz no es más que la encarnación de la decadencia imperial: un hombre mediocre, sin méritos reales, que ha llegado a una posición de influencia por su subordinación acrítica al trumpismo, y que hoy hace gala de su arrogante ignorancia ante el mundo. La descripción anterior pudiera ser la de muchos integrantes (sino todos) del gabinete de Trump. Con razón no pueden con Cuba: no solo les falta valor y moral… también les falta inteligencia.

Por REDH-Cuba

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