Girón: memoria viva para la ofensiva por la humanidad. Por Ximena González Broquen

El 65 aniversario de Girón nos convoca a asumir esa ofensiva. No se trata de conmemorar un hecho del pasado, sino de actualizar su lección en el presente. La lección estratégica de aquella victoria es la unidad. La soberanía corpóreo-territorial solo puede sostenerse si es relacional, si se teje en redes de protección mutua que trasciendan las fronteras nacionales.


 

El 19 de abril de 1961, la Revolución cubana infligió al imperialismo estadounidense su primera derrota militar en América Latina y el Caribe. La victoria de Playa Girón no constituyó únicamente un hito castrense; representó la irrupción de una nueva subjetividad política en el Sur Global. Aquella gesta demostró que la soberanía, para ser efectiva, requiere la articulación de la conciencia histórica, la organización popular y la determinación de defender el territorio con todos los medios disponibles.

A 65 años de aquella jornada, el recordatorio de Girón resulta necesario. Las formas de la agresión imperial se han transformado sin cambiar su esencia. La Doctrina Monroe, que pretendía convertir a Nuestra América en un patio trasero de Washington, no ha sido abandonada; se ha reciclado, sofisticado y adaptado a las condiciones del siglo XXI. La guerra abierta dio paso, durante décadas, a las operaciones encubiertas, los golpes de Estado, el Plan Cóndor y las dictaduras de seguridad nacional. Más recientemente, esas tácticas se han combinado con formas híbridas de agresión: el cerco y bloqueo económico, la manipulación mediática, la deslegitimación jurídica y el sabotaje tecnológico.

Entre la batalla de Girón y el hoy en día se extiende una continuidad histórica que no puede omitirse. Esa continuidad tiene un nombre que la práctica imperial ha reiterado sin cesar. Contra Cuba, el imperio ha mantenido por más de seis décadas un cerco económico, financiero y comercial que constituye un acto de genocidio gradual, violatorio del derecho internacional y condenado una y otra vez por la Asamblea General de Naciones Unidas. Contra Venezuela, ese mismo manual se ha actualizado en forma de más de 900 medidas coercitivas unilaterales (MCU) diseñadas para estrangular la economía, impedir la importación de alimentos y medicinas, bloquear transacciones financieras y generar sufrimiento en la población civil. El bloqueo a Cuba y las MCU contra Venezuela son dos expresiones de una misma lógica colonial: la decisión imperial de asfixiar a los pueblos que se niegan a doblegarse, para luego presentar el colapso inducido como prueba de su «fracaso» y justificar así sus intervenciones pseudohumanitaria.

Girón nos recuerda, desde esa memoria viva que es nuestra fuerza de resistencia vital,  que esa lógica puede ser derrotada cuando hay conciencia, organización y unidad. El bloqueo no ha podido rendir a Cuba, y las MCU no han podido rendir a Venezuela. Pero el costo es inmenso, y la lucha se libra cada día en los territorios, en las comunas, resistiendo para existir.

Soberanía corpóreo-territorial: más allá del Estado-nación

La experiencia de Girón nos obliga a repensar la soberanía más allá de las categorías heredadas del derecho westfaliano. Aquella concepción moderna de la soberanía como un atributo abstracto del Estado-nación, ejercido desde arriba y garantizado por el reconocimiento de otros estados, ha demostrado ser un espejismo para el Sur Global. La historia de Nuestra América ha sido el terreno donde el imperio ensaya su pretensión: que nuestra soberanía sea quebrantable, condicionable o simplemente desconocible a su arbitrio. Los tratados y organismos internacionales, lejos de contener esa lógica, han funcionado como su notariado colonial: cómplices estructurales que aplican un derecho de dos pesos y dos medidas, donde la soberanía del Sur es siempre negociable y la del Norte, sagrada.

Por ello, desde el pensamiento descolonial, proponemos una noción radicalmente distinta: la soberanía corpóreo-territorial. Esta categoría parte de una constatación fundamental: el primer territorio colonizado es el cuerpo. El colonialismo no solo se ejerce sobre la tierra, los recursos y las instituciones; se ejerce también, y de manera fundacional, sobre los cuerpos de los pueblos, sobre sus formas de sentir, de pensar, de relacionarse, de habitar el mundo. La soberanía, entonces, no puede ser únicamente una cuestión de fronteras o de tratados; debe ser una cuestión de cuerpo-territorio-pueblo: la capacidad colectiva de un pueblo para decidir sobre su existencia material, su organización social, su producción de conocimiento y su destino histórico.

La soberanía corpóreo-territorial se ejerce desde abajo, desde la vida cotidiana, desde el cuidado colectivo, desde la defensa del agua, del suelo, de las semillas, de la salud comunitaria. Se encarna en las prácticas concretas de autogobierno: en las comunas, en los consejos populares, en las asambleas de base, en los sistemas de trueque, en las redes de solidaridad que sortean el bloqueo. No es un poder que se posee; es una potencia que se ejerce en acto. Por eso, la soberanía no es un punto de llegada, sino un quehacer constante: el existir, resistir y (re)existir de un pueblo que afirma su derecho a ser sujeto de su propia historia.

La memoria viva como herramienta estratégica de liberación

Esta concepción corpóreo-territorial de la soberanía es inseparable de una dimensión temporal: la memoria. No la memoria de museo, ni el archivo polvoriento, ni el relato oficial que se visita en fechas patrias. Esa memoria domesticada no amenaza al imperio. La memoria que el imperialismo teme es la memoria viva: la que late en los cuerpos, la que se transmite en los rituales cotidianos, la que se enciende en las luchas presentes, la que conecta el dolor de ayer con la rebeldía de hoy.

Girón es memoria viva. No porque haya ocurrido hace 65 años, sino porque su lección sigue siendo actual: un pueblo organizado, con conciencia de su dignidad, puede derrotar al imperio.  La fuerza vital de esa lección no se encuentra en los libros de texto, sino en la transmisión oral, en las canciones, en los nombres que se ponen a las plazas y a las escuelas, en la decisión cotidiana de no rendirse.

La memoria viva es, además, un antídoto contra la guerra cognitiva. El imperialismo invierte millones en fabricar relatos fracturadores, en instalar la desconfianza, en promover el olvido. Pretende que cada pueblo luche aislado, sin saber que su vecino del sur está librando la misma batalla. Frente a eso, la memoria viva teje un archipiélago de resistencias: nos permite reconocer que el bloqueo a Cuba y las MCU contra Venezuela son la misma política de muerte; nos permite entender que el genocidio en Palestina, la represión en el continente africano, Haití, los ataques a Líbano e Irán responden a la misma matriz colonial; nos permite actuar en consecuencia.

La ofensiva por la humanidad

Los comandantes Hugo Chávez y Fidel Castro, al fundar la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad en 2004, nos legaron una consigna que hoy resuena con más fuerza que nunca: «La mejor defensa es el ataque». Y nos hablaron de una ofensiva por la humanidad, de la necesidad de llenarnos de humanidad, de hacer carne y alma los valores verdaderamente humanos para defender esta bella humanidad. Esa ofensiva no es una metáfora: es la construcción cotidiana de soberanía desde los territorios, desde los cuerpos, desde la memoria viva.»

El 65 aniversario de Girón nos convoca a asumir esa ofensiva. No se trata de conmemorar un hecho del pasado, sino de actualizar su lección en el presente. La lección estratégica de aquella victoria es la unidad. La soberanía corpóreo-territorial solo puede sostenerse si es relacional, si se teje en redes de protección mutua que trasciendan las fronteras nacionales. La memoria viva nos permite reconocer que todas las luchas del Sur Global —desde Cuba hasta Venezuela, desde Palestina hasta Líbano e Irán, desde África hasta Nuestra América— son una sola y misma lucha contra la misma matriz colonial.

Por eso, en esta hora de ofensiva imperial descarnada, la respuesta no puede ser la fragmentación. La respuesta es pasar a la ofensiva: ofensiva del pensamiento liberador, ofensiva de la organización popular, ofensiva de la solidaridad concreta, ofensiva de la memoria viva que se niega a ser borrada. Y esa ofensiva, en el siglo XXI, se libra en el terreno de las ideas, de la producción de conocimiento, de la construcción de subjetividades descolonizadas y de la articulación de una solidaridad inteligente que entienda la interdependencia de todas las luchas. Esa ofensiva se libra desde el amor revolucionario.

La victoria de Girón demostró que otro mundo es posible. 65 años después, ese mundo se construye cada día en las comunas, en las asambleas populares, en las universidades comprometidas, en los territorios de resistencia. La ofensiva por la humanidad está en marcha. Hagamos, como cantó Alí Primera, más humana la humanidad. Esa es nuestro Girón de cada día. Ese es nuestro horizonte irrevocable.

Caracas, abril de 2026.

 

Ximena González Broquen. Filósofa, docente e investigadora. Coordinadora Internacional de la REDH

 

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