#CubaSalva: Crónicas desde Turín. Por Enrique Ubieta

El corazón el hospital es la zona roja. Su actividad bombea los restantes sistemas. Pero en la enorme nave reparadora de ferrocarriles, primero convertida en centro cultural y luego en hospital, la zona roja solo ocupa la mitad o algo menos de la mitad del espacio. ¿Qué sucede en la otra mitad? La puerta de entrada para los trabajadores habituales y los visitantes ocasionales está situada exactamente en el medio. Allí esperan dos voluntarios de la Brigada italiana de solidaridad, que le toman la temperatura al recién llegado. Este se lava las manos con el gel hidroalcohólico (acción continuamente repetida) y si quiere, cambia su nasobuco por uno nuevo (el viejo se desecha). A la izquierda verá el pequeño cuarto por donde se entra a la zona roja, y sus perennes guardianes, René y Adrián. Si avanza en línea recta saldrá de esa primera nave (todo dentro de una estructura cerrada), y un poco más adelante encontrará, a la derecha, la que funciona como comedor. Pero si inmediatamente después de entrar, avanza hacia la derecha, hallará la otra mitad de la luna, la “oscura”, la que complementa, prepara, abastece y controla lo que acontece en la zona roja.

Si avanzamos entonces por esa otra mitad, de frente, hallamos varias mesas con la ropa de uso hospitalario. Están dispuestas por tallas, y cada cual buscará la suya. Con la indumentaria bajo el brazo (camisa, pantalón y zapatos tipo suecos de plástico), nos dirigimos hacia las taquillas. Pasamos junto a un pequeño contenedor dividido a la mitad, con entradas independientes cada una, para hombres y para mujeres, y duchas de agua caliente. Los que salen de la zona roja, antes de ponerse nuevamente la ropa de calle, se duchan aquí. Más adelante hay cuatro grandes tiendas de campaña de columnas inflables y taquillas de metal, donde los trabajadores sanitarios cumplen el primer paso (o el último, a la inversa, cuando se retiran) en el cambio de vestimenta: se despojan de su ropa de calle (o se la ponen), y se colocan la bata y el pantalón del trabajador hospitalario y los suecos de plástico.

Pero si seguimos hasta el final de la nave en esa dirección, vemos una pizarra y una mesa, y un espacio amplio con sillas plegables; es el lugar donde cada martes, miércoles y viernes en la tarde una maestra voluntaria imparte clases de italiano a los colaboradores cubanos. Todavía más al fondo, encontramos catres y colchones de aire dispersos en el piso para los que trabajan en la sesión nocturna; como suelen dividirse las horas de la madrugada, los que salen o todavía no entran, esperan acostados allí.

Pero la nave es ancha, y al avanzar, no he descrito lo que estaba a la izquierda; como estamos al final, y regresamos, obviamente ahora estará a la derecha. Tropezamos entonces con la mesa donde se reúnen todas las tardes los médicos cubanos e italianos para discutir los casos más complejos y tomar decisiones. En la pared descorchada –debo recordarle al lector que este espacio formaba parte de un centro cultural multiuso–, puede verse aún una extraña pintura que se antoja prehistórica, aunque es muy moderna; dos cromosomas enlazados y dos palabras premonitorias en el ADN: biología, ideología. Frente a ellas, por pura e irónica casualidad, debaten la medicina cubana y la italiana. A continuación hay un pequeño espacio para descansar y confraternizar: una cafetera eléctrica, a veces dulces y asientos rectangulares, a modo de pequeños sofás, algunos sin respaldar, que no admiten más de seis personas sentadas a la vez, con dos mesitas de madera y hierro.

En una, hay un stop de novelas de autores italianos, en esa lengua. Detrás de una de las dos áreas de computación que siguen, se exhibe una obra de arte –una diferente cada mes–, del pintor piamontés Carlo Fornara.

Las computadoras muestran todo lo que sucede en la zona roja: las cámaras que funcionan en su interior pueden visualizar cada cama y cada paciente (o todos, o cuatro o dos a la vez), y ofrecer sus datos vitales en tiempo real. Pero no todas cumplen esa función. Cada vez que se atiende a un paciente en la zona roja, el enfermero introduce en la computadora del cubículo donde se encuentran la apreciación médica y los procederes o el medicamento orientados. Ello aparece en las computadoras que están afuera. Es enorme la burocracia médica. Informes, autorizaciones, estadísticas, son redactados en ellas diariamente. Es una burocracia sin papeles, digital, como debe ser en el Primer Mundo. Aunque al final, cada documento se imprima, y se certifique con cuños y firmas indelegables. Una brigada de sanitarios se encarga cada día de gestionar esos informes. Pero solo una persona pone su cabeza en la guillotina y firma. Lo último, o lo primero para el que llega de la calle, es un almacén de medicamentos, construido como local independiente. Así es y funciona el hospital covid-OGR de Turín.

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