Opinión

Para hacer un país. Por Graziella Pogolotti

Un país se va haciendo con la participación de muchas manos. Gran parte de ellas permanece en el anonimato. Son las de quienes trabajan la tierra y cortan caña, crecidos en su empeño ante los desafíos impuestos por una naturaleza sujeta a las conmociones del tiempo y del cambio climático. Son las de quienes abren caminos y edifican casas, las de quienes atienden la salud de todos, las de quienes transmiten conocimientos a las nuevas generaciones, las de quienes abren compuertas a los nuevos saberes para responder a las demandas de la práctica cotidiana. Son, en suma, las de quienes se dedican a solventar las exigencias de la vida material en beneficio propio y de los demás.

Aunque no tengamos plena conciencia de ello, ese obrar en el presente va acompañado de la conformación de un imaginario hecho de vivencias personales enhebradas con una memoria colectiva preservada en los libros, la educación y los medios de comunicación masiva, pero también en la experiencia viva de las generaciones que comparten cada etapa histórica.

De ese caudal impalpable emana la percepción del presente y la irrenunciable búsqueda de un mañana mejor. De esa manera, la memoria, asentada en la subjetividad, se convierte en fuerza objetiva al servicio de la transformación de la realidad. Ese tesoro impalpable constituye lo que acostumbramos a nombrar cultura, resultante del trabajo de pensadores y artistas del sustrato latente en una poderosa corriente popular.

Desde que entre los criollos ilustrados nació el germen de un sentimiento de cubanía, en un singular maridaje de pensamiento y poesía, empezó a formularse el proyecto de nación. Este llegaría, como cristalización primera en lo más profundo de la sociedad toda, durante la Guerra de los Diez Años. En Ese sol del mundo moral, Cintio Vitier, eludiendo el exceso de referencias a los acontecimientos históricos más visibles, emprendió el rescate de las corrientes soterradas que mantuvieron su continuidad en los momentos de eclosión y en las etapas de desengaño. A no dudarlo, la experiencia personal del escritor impulsó su cuidadosa revisión de un proceso histórico iniciado en los días del Padre Félix Varela y del poeta José María Heredia.

Vitier perteneció a la generación literaria que emergió en un período de entre revoluciones, cuando la intervención del imperio frustró el movimiento emancipador que derrocó la dictadura de Machado. Le tocaría conocer la entronización de la mano dura, la descomposición de los ideales de otrora en los enfrentamientos armados callejeros y en la desvergonzada corrupción ejercida desde el poder.

Ante la degradación de la vida pública, algunos poetas, agrupados en torno a José Lezama Lima, establecieron un núcleo de trabajo y resistencia. Mientras fue posible, en procura de un círculo más amplio de interlocutores, fundaron revistas. Luego, poco confiados en soluciones inmediatas, aunque proyectados hacia un futuro deseado, siguieron haciendo su obra.

En lo más sombrío de la década del 50, Cintio Vitier escribió Lo cubano en la poesía, apuesta en favor de un sueño de nación. Permanecieron en el apartamiento hasta que el triunfo del Primero de Enero significó, al decir de Roberto Fernández Retamar, la “vuelta de la antigua esperanza”.

El relato histórico de Cintio en Ese sol del mundo moral subraya las características de un proceso de duro bregar a través de sucesivos altibajos. En Varela y Heredia se manifiesta un punto de partida del ejercicio de un pensar liberador por antidogmático, sustentado en una perspectiva independentista que, para llevarse a cabo, despojara al país todo de las cadenas de la esclavitud, a la vez que el poeta denuncia “los horrores del mundo moral”.

Condenados el presbítero y el poeta al exilio, la Isla conoció una etapa de implacable represión que llegó a su punto más alto con la llamada Conspiración de la Escalera.  En ese ominoso contexto subsistió la voz de José de la Luz y Caballero. Sobreponiéndose a su precaria salud y al dolor causado por la muerte de su hija, Luz y Caballero hizo de la escuela lugar de prédica, de siembra y de formación de valores, traducidos en sus célebres aforismos y en las charlas sabatinas para los alumnos de El Salvador, entre los cuales se encontraban futuros luchadores por la independencia. Por vía de su maestro Mendive, le llegó a Martí la memoria de la presencia viva de Don Pepe. El apego a los principios morales como fundamento de la nación se convirtió en una de las piedras esenciales de la acción redentora del Maestro.

En la disposición al sacrificio de los combatientes del Moncada, en la autoría intelectual atribuida a José Martí y en el texto de La historia me absolverá, Cintio Vitier reconoce la cristalización de un legado espiritual, el de ese sol del mundo moral. Hacer un país de la acción concertada del laboreo de las manos requiere también del potencial latente en un imaginario nutrido del pensamiento y los sueños edificados en la larga batalla por forjar la nación.

Tomado de Cubadebate

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