Como todo comunista, que siente el dolor del mundo y la necesidad de combatir sus orígenes -el sistema capitalista-, sentimos como un lastre insoportable el sufrimiento infligido a nuestra querida revolución cubana. Compartirlos significa multiplicar el compromiso y los esfuerzos para poner fin a la abominable persecución que el imperialismo le impone con un obstinado bloqueo, tan feroz como inútil.

¿No mostró Cuba, no mostró al Partido Comunista, no mostró el heroico pueblo cubano que sabe resurgir de las cenizas una y otra vez como el Ave Fénix? ¿No ha demostrado la revolución bolivariana en Venezuela que, como ya decía Marx, los “topos” cavan incesantemente a lo largo de la historia y emergen periódicamente incluso donde el imperialismo no los espera?

El bloqueo muestra el fracaso del modelo capitalista ante la heroica resistencia de un pueblo que, desde aquel 1° de enero 1959 ha sabido asumir los costos de haber desafiado al imperialismo más poderoso del planeta. Fidel lo dejó claro desde el principio. El 1° de enero de 1961, dijo: “La Revolución cubana tenía que chocar, necesariamente, con el imperio poderoso. ¿Hay algún ingenuo en este mundo que se crea que se podía hacer una reforma agraria, privar de la tierra a las grandes compañías imperialistas sin chocar con el imperialismo?”

 Una conciencia que la izquierda, en Europa, ha perdido hace tiempo, emprendiendo una desastrosa carrera hacia el centro en la que ha llegado a reconocer al capitalismo como un modelo insuperable. Por otro lado, no es agarrándose de las propias cadenas que se puede avanzar en la perspectiva revolucionaria, incluso en los períodos más difíciles. No es arrodillándose ante el chantaje del imperialismo y sus terminales que se puede pasar sin perder la cabeza por las estrechas puertas que a veces se presentan, y que los comunistas nunca han evitado enfrentar.

Cuba sabe algo al respecto. Hoy, también Venezuela sabe algo al respecto, empeñada en escapar de un estrangulamiento de diez años. Es necesario tener en cuenta los costos a pagar, estar dispuesto a pagar el precio de un choque o el intento constante de asfixia, hoy complicado por la ausencia de un campo de perspectiva definido, como el que existía en el tiempos de la Unión Soviética.

Hoy, en los países capitalistas, es difícil volver a poner en marcha las energías jóvenes, equipándolas para soportar la reacción de un aparato represivo libre de barreras, que se ha mantenido intacto desde la derrota del último ciclo revolucionario. Mientras los fascistas, que vuelven a estar de moda en Italia 100 años después de la marcha sobre Roma, reivindican sin dique sus nefastos orígenes, una izquierda que ha competido por desarraigarse y que, en un perenne reflejo de orden, agita sobre los nuevos movimientos el chantaje del «regreso del terrorismo», impide el acceso sin censura a la historia reciente y al necesario balance histórico.

Toda la historia de Cuba, y también el camino del socialismo bolivariano, muestran por lo contrario cuánta fuerza puede derivarse de las propias raíces, retransmitida al presente con vigor y flexibilidad, dotando a la lucha de nuevas “municiones simbólicas”. Por esta razón, los países socialistas siempre han mantenido un alto interés por la cultura, que en cambio, en los países capitalistas, se considera hoy como un «costo» a reducir. Tanto Cuba como Venezuela, aún en los momentos más difíciles de la agresión del imperialismo a sus economías, han organizado ferias internacionales del libro, exhibiendo con orgullo la fuerza material de la batalla de las ideas.

Por eso, para apoyar las grandes causas de toda la humanidad, amenazada por un capitalismo en crisis estructural, pero más agresivo y devastador a nivel global, se creó la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad. Desde hace veinte años, la Redh (que en su capítulo cubano está coordinada por el joven poeta José Ernesto Novaez) moviliza energías revolucionarias y progresistas a nivel internacional, tratando de unir a todos los sur del mundo y mostrando, también en el perfil de sus representantes, la transmisión de la memoria entre viejas y nuevas generaciones. En la Filven de Caracas, la Redh animó importantes debates internacionales, anunciando una agenda común para la batalla de ideas.

En el stand cubano de la Filven 2022, además de muchos libros de teoría política, que muestran la continuidad entre las revoluciones de ayer y de hoy, y la importancia de Cuba en esta transición, tuvimos la oportunidad de apreciar la labor investigativa del profesor José Luis Méndez. Historiador y jurista, Méndez ha dedicado numerosos volúmenes a la contrarrevolución cubana y sus efectos, dentro y fuera del país.

Entre estos, Venezuela y la contrarevolución cubana, editado por Vivian Lechuga y anteriormente por Editorial Capitán San Luis (www.direccion@ecsanluis.rem.cu). El libro lleva un prefacio de la intelectual argentina Stella Calloni y ofrece un rico aparato documental, también inédito, fruto de una investigación de cinco años. Traza las etapas de las relaciones económicas, políticas, culturales y sociales, pero también migratorias entre cubanos y venezolanos, que contribuyeron al proceso de descolonización de España y alcanzar la independencia: aspiración reavivada, por segunda vez, con la revolución bolivariana, cuarenta años después de la victoria de la cubana.

La investigación de Méndez muestra cómo Venezuela, durante la Cuarta República, también fue refugio de emigrantes contrarrevolucionarios, quienes organizaron allí la subversión, financiada por la CIA, empeñados en impedir un cambio estructural en Venezuela. A mediados de la década de 1960 -recuerda Méndez- la CIA envió a Venezuela “un pequeño grupo de sus agentes de origen cubano, para perfeccionar y modernizar los cuerpos represores venezolanos, con la tarea de destruir la resistencia armada presente en varios estados”.

Durante casi una década, los represores venezolanos pudieron así perseguir y torturar lo mejor de una generación de mujeres y hombres que lucharon por el socialismo: inaugurando en aquella “democracia”, muy elogiada por Washington, la figura del «desaparecido»: ante que se convierta en moneda corriente en las dictaduras del Cono Sur, y luego de haber sido ampliamente probada -como recuerda Méndez- por las tropas estadounidenses en Vietnam.

Pero la Venezuela bolivariana ha honrado a los desaparecidos -unos cuantos miles- y nunca ha dejado de buscarlos, como nunca ha dejado de recordar el largo reguero de sangre que dejaron en Cuba esos mercenarios, y quien los financiaron. “Conocer al enemigo común -escribe Méndez- permitirá a los patriotas bolivarianos combatirlo y vencerlo mejor”. Esto también se puede aplicar a Europa.

 

Por REDH-Cuba

Shares