Reajusto el título del emblemático dibujo animado de Juan Padrón a los propósitos de este artículo.
Leo sobre las lógicas, legítimas, sinceras y valientes dudas, cuestionamientos, desesperanzas, incomprensiones, inseguridades y rechazos a las recientes decisiones sobre necesarias transformaciones económico-sociales del país para enfrentar la guerra multidimensional del imperialismo yanqui contra Cuba, salvar el socialismo, sus conquistas, mantener la independencia, la soberanía nacionales y desarrollarnos con justicia social, dignidad humana y solidaridad.
Ello es una manifestación de la elevada cultura política del pueblo cubano, de su identidad sentimental y consciente con el proceso revolucionario y del conocimiento de las lecciones históricas del capitalismo y sus prácticas, heredadas de las sociedades precedentes y sobredimensionadas en sus formas neocoloniales, neoesclavistas, neoscurantistas, fascistas, neoliberales y de un salvajismo posmoderno, jamás experimentado por la Humanidad.
Nuestro pueblo sabe lo que significó luchar 30 años en la manigua redentora contra el sometimiento colonial de España; sabe lo que significó luchar contra 60 años de neocoloniaje capitalista, que sembró la corrupción, la mafia internacional, la prostitución, siempre humillante, el latrocinio político, administrativo y monopólico, el burocratismo manchado por el racismo, el desprecio al humilde, corrupto y sobornable, a favor del explotador del pueblo y del entreguismo extranjero; de las sangrientas dictaduras y tiranías que enlutaron a las familias cubanas; la última, la de Fulgencio Batista, responsable de la muerte de más de 20 mil cubanos, en su inmensa mayoría jóvenes.
Leerse el alegato de defensa por los acontecimientos del 26 de julio de 1953, del joven que este año cumplirá sus primeros 100 años, Fidel Castro Ruz, es la muestra contundente e ilustrada sin manipulación o exageración propagandística de la Cuba, que las cubanas y los cubanos juramos no regresar nunca jamás. Esa es la razón más fuerte del por qué de las preocupaciones de nuestra gente.
Por tanto, la cuestión no es desconocerlas, atacarlas o descalificarlas. La cuestión es, como le decía Martí a Fermín Valdés Domínguez, no excedernos o equivocarnos en el modo de expresar nuestros criterios sobre las Transformaciones Económico-sociales. Cada desacuerdo tiene que canalizarse y tenerse en cuenta en su intención y motivación, para luego desarrollar la necesaria comunicación ideológica: informar, orientar, esclarecer, argumentar, explicar, definir, persuadir, convencer, entusiasmar, motivar, para movilizar y comprometer, único modo demostrado en que se abraza y participa de manera consciente en las tareas y batallas de la Revolución.
El desafío principal (que no quiere decir que no sea la causa principal de la situación socioeconómica del país) no está en las acciones draconianas del enemigo, sino en los esfuerzos y energías para arrostrar con éxito ese desafío; concentrarnos en no equivocarnos en su enfrentamiento.
Aquí también cabe la concepción de Guerra de Todo el Pueblo y la Filosofía de Lucha del Pueblo Cubano como Método y Estrategia para resistir creadoramente, vencer y darnos la prosperidad material y espiritual que merecemos.
Tenemos que seguir insistiendo en que las transformaciones económicas y sociales están orientadas a resolver los problemas que tenemos en materia económica y que impactan severamente en lo social. No es un paquetazo neoliberal. Y sobresalen dos diferencias, la primera, que se cuenta con el pueblo revolucionario y con la clase trabajadora para concretarlas en resultados en beneficio de todo el pueblo; sobre todo en el control popular, en la exigencia popular de que se respete lo legislado, de que el pueblo vele, como ciudadano con derechos y/o a través de sus instituciones y organizaciones estatales, de masas, políticas y sociales.
Ahí está un grandísimo desafío. Esa herramienta del poder popular no nos ha funcionado bien, y el ejemplo, uno de ellos que más lo ilustra es el de la bancarización, condenada por nuestra incapacidad al fracaso, cuando es una gran solución para muchos de los problemas de orden monetario, financiero, presupuestario y hasta ideológico que tenemos, porque su éxito generaría más confianza en la gestión socialista de la economía nacional.
La segunda gran diferencia, de que no es un paquetazo neoliberal, está en el fin. El objetivo no es perjudicar al pueblo ni despojar a las nación de sus conquistas sociales; no es entregar el país al capital trasnacional ni a fondos buitres; las medidas no han sido tomadas por orden de Estados Unidos ni de sus instituciones financieras testaferras: Banco Mundial, el FMI ni la Banca Todopoderosa Mundial: JPMorgan Chase, Bank of America o Black Rock, según se dice, una de las empresas, verdaderas dueñas del mundo.
Un medidor de si lo que hace la Revolución está bien o mal es lo que digan los medios, voceros y mercenarios al servicio del imperialismo yanqui y mundial. Si algo se aprecia claramente es la precisa y exacta articulación de los enemigos de la Revolución para atacar este proceso, aprovechando las legítimas dudas que genera una nueva información y a través de ello promover la confusión.
El oportunismo es confeso. Preocupémonos cuando Trump diga que en Cuba se está haciendo “un gran trabajo”, que está contento con el Gobierno y su gestión, cuando deje de decir que somos un “sistema fallido y fracasado” o cuando Marco Rubio deje de decir que “La Habana sigue atrapada bajo una estructura económica controlada por los militares e incapaz de llevar a cabo reformas significativas, mientras los cubanos comunes enfrentan apagones cada vez peores y crecientes dificultades económicas”.
Estamos echando la pelea “contra Dólar y Cañón”, que no es más que contra el imperio más poderoso de la Historia Humana, que despliega todo su poderío para castigarnos colectivamente, sencillamente porque no puede derrotarnos, no puede hacernos salir de nuestro rumbo revolucionario y socialista, de ser libres, independientes, soberanos, dignos y solidarios.
Coincido con el Presidente Díaz-Canel: “¡No nos proponemos ni jamás estará en nuestros propósitos la restauración del capitalismo en Cuba! Se trata, y nadie lo dude, de salvar la Revolución y sus innegables conquistas sociales, porque no renunciaremos nunca a la aspiración mayoritaria de construcción socialista.
Pero para tener justicia social, para mantener y ampliar las conquistas de la Revolución en la salud, la educación, el deporte, la ciencia, la cultura y en otros tantos campos del desarrollo humano, hay que generar y disponer de recursos materiales y financieros, de los cuales se priva cada vez más al Estado cubano, para garantizar una justa redistribución.
El proyecto de transformaciones económicas y sociales en marcha se propone, en esencia, desatar las fuerzas productivas de la nación para generar riqueza y distribuirla con la mayor justicia social que se pueda lograr. Es complejo y urgente este proceso que iniciamos, pero tenemos que hacerlo bien, con agilidad y mucho sentido de responsabilidad, para garantizar la efectividad deseada, defendiendo siempre, por encima de todo, que se mantenga la máxima protección social en lo que vayamos a aplicar.
Vale en este punto la autocrítica que debemos hacernos todos, comenzando por los máximos dirigentes del país y de sus organizaciones e instituciones, por la dilación en el tiempo en espera de una mayor conciencia colectiva con respecto a la necesidad de los cambios y de un contexto más favorable.
Ese error no nos está permitido repetirlo en esta circunstancia, por ello la exigencia que hemos impuesto de que cada medida tenga responsables y plazos, y que se rinda cuentas periódicamente sobre su progreso.
En función de ese objetivo se precisa acompañar el proceso con un serio diseño comunicacional, que incluya información sistemática sobre su progreso o dificultades, tomando en consideración todo lo que se debe modificar o eliminar.
La misión fundamental de quienes responden por esta tarea será mantener al pueblo al día de cómo y en qué tiempo se cumple lo acordado.
Tenemos la responsabilidad de cuidar todos los pasos que demos, de manera que no se incrementen las desigualdades, y en los casos en que se prevea que puede suceder debe acompañarse de planes para la atención a las familias, comunidades o segmentos de mayor vulnerabilidad.
Al propio tiempo, en la medida en que avancemos en su implementación, hay que prepararse para explicar cuál es el origen de las transformaciones, qué defienden, por qué hay que aplicarlas y cuáles son sus potenciales impactos.
No se trata de repetir mecánicamente cada medida de transformación, sino de argumentar acción por acción. Explicar cómo cada una de ellas defiende la construcción socialista, cómo le va a aportar al crecimiento económico del país, cómo en la medida en que seamos capaces de generar más riquezas vamos a distribuirlas mejor con justicia social, cómo llegará el alivio a los hogares cubanos, a los de todos.
La discusión sobre las medidas no está agotada. Si alguien propone algo mejor de lo que hemos previsto será recibido, analizado e incorporado en la medida en que tribute al sentido político, económico y social de las transformaciones.
Al país le hace falta debate, pero para que resulte provechoso y efectivo hace falta escuchar a todos y construir consensos, porque vamos hacia un proceso que es muy complejo y que responde igualmente a una situación muy compleja.
Es preciso, al mismo tiempo, crear mecanismos efectivos que tributen a la transparencia, que faciliten el control popular, obrero e institucional, particularmente de todo aquello que demande procesos de licitaciones de bienes inmuebles o activos. Se requieren plataformas públicas que digan lo que está disponible, quiénes optan, a quién se otorga y por qué”.
Para mí queda claro, que si hay algo verdaderamente revolucionario, en esta hora decisiva de la Revolución y de la Patria, es no desperdigarnos entre miedos y desconfianzas; sospechas infundadas e intrigas sembradas por oportunistas, traidores y los enemigos jurados del pueblo.
El momento es de unidad y la entiendo como Fidel: “Unidad significa compartir el combate, los riesgos, los sacrificios, los objetivos, ideas, conceptos y estrategias, a los que se llega mediante debates y análisis. Unidad significa la lucha común contra anexionistas, vende patrias y corruptos que no tienen nada que ver con un militante revolucionario. A esa unidad en torno a la idea de la independencia y contra el imperio que avanzaba sobre los pueblos de América, es a la que me referí siempre”.
http://www.cubadebate.cu/reflexiones-fidel/2008/01/22/lula-primera-parte/
