Hay una imagen que vale más que mil análisis geopolíticos: el sonido de la campana que convoca a más de un millón y medio de niños y jóvenes cubanos a las aulas, mientras la Isla enfrenta la ofensiva económica más dura de las últimas décadas. Es la imagen de la resistencia. Porque una revolución no se mide únicamente por su capacidad de defender sus fronteras, sino por la voluntad de garantizar escuela, cultura y dignidad incluso cuando toda una potencia imperial intenta asfixiarla.
En la inauguración del curso escolar 2026-2027, el presidente Miguel Díaz-Canel pronunció unas palabras destinadas a convertirse en un manifiesto político y moral: “Mientras haya en Cuba aulas con estudiantes y escuelas con maestros, habrá nación, patria, revolución y socialismo.” No es retórica. Es la síntesis de un proyecto histórico que identifica en la educación el corazón de la soberanía nacional.
La escuela como trinchera de la soberanía
Los observadores occidentales hablan sobre todo de las dificultades, y sería deshonesto negarlas. Faltan combustible, energía eléctrica, uniformes y miles de docentes; muchas escuelas han debido adaptar sus horarios y su organización para afrontar los efectos de la crisis energética. El propio Ministerio de Educación de Cuba ha definido este nuevo curso escolar como “un acto heroico”.
Pero detenerse únicamente en la crónica de la escasez significa no comprender la naturaleza del fenómeno cubano. En cualquier otro país sometido a un estrangulamiento económico semejante, el sistema educativo habría sido privatizado, reducido o transformado en un privilegio para unos pocos. En Cuba, en cambio, sigue siendo gratuito y universal.
Esa es la diferencia esencial entre un modelo basado en el mercado y otro construido sobre el derecho social. La escuela no se considera un gasto que deba recortarse, sino la última línea de defensa de la República.
Las imágenes de los niños cantando el himno nacional al inicio de las clases no representan una liturgia ideológica, como algunos pretenden hacer creer: expresan la voluntad de un pueblo de seguir produciendo futuro precisamente cuando el presente es más difícil.
La asfixia económica y el desplome del turismo
La reapertura de las escuelas se produce mientras uno de los principales motores económicos de la Isla continúa siendo golpeado. Los datos del turismo son contundentes: durante los primeros siete meses de 2026 Cuba registró un dramático descenso de las llegadas internacionales respecto al año anterior, como consecuencia del endurecimiento de las sanciones, de las restricciones financieras y del bloqueo energético impuesto por Estados Unidos.
No se trata de una crisis normal de mercado. Es la aplicación contemporánea de aquella estrategia que ya en el memorando de Lester Mallory de 1960 señalaba como objetivo provocar hambre, desesperación y descontento para lograr un cambio de régimen. Hoy esa lógica reaparece bajo nuevas formas: limitación de vuelos, exclusión de los principales sistemas internacionales de pago, presiones sobre las compañías aéreas y las cadenas hoteleras, embargo del combustible.
El imperialismo contemporáneo no siempre necesita bombardeos. Le basta con interrumpir el suministro de petróleo, impedir las transacciones bancarias, aislar a un país del comercio mundial y esperar a que el sufrimiento económico haga el trabajo de la guerra.
Y, sin embargo, Cuba continúa resistiendo.
El arte entra en las escuelas: la cultura como revolución cotidiana
Hay otro elemento que merece atención y que rara vez encuentra espacio en la información europea. Paralelamente al inicio del curso escolar, el Ministerio de Cultura ha relanzado el programa “El arte va a la escuela”, llevando músicos, actores, pintores y bailarines a los centros educativos de todo el país.
Es una decisión profundamente política. Significa afirmar que la formación no puede reducirse al aprendizaje técnico, sino que debe alimentar la imaginación, la sensibilidad y la conciencia crítica. En un mundo donde la cultura se transforma cada vez más en un producto comercial, Cuba sigue considerándola un bien público y un instrumento de emancipación colectiva.
La Revolución cubana nació también como una revolución pedagógica. La campaña de alfabetización de 1961 no eliminó solamente el analfabetismo: construyó un pueblo capaz de leer el mundo con ojos propios. Hoy, sesenta y cinco años después, esa misma intuición continúa viva en las aulas donde los artistas entran junto a los maestros.
El arte como conciencia de la Revolución
En un país sometido a un bloqueo genocida que no golpea únicamente la economía, sino que intenta quebrar el tejido cultural y moral de la sociedad, el arte asume un papel profundamente revolucionario. El programa nacional “El arte va a la escuela” no es una iniciativa ornamental: es la decisión política de llevar músicos, actores, bailarines, pintores y escritores a las aulas para que la belleza forme parte esencial de la educación de las nuevas generaciones.
La Revolución cubana siempre ha considerado a los artistas no como entretenedores del poder, sino como educadores del pueblo. Desde José Martí hasta la Nueva Trova, desde Alicia Alonso hasta las grandes escuelas de arte nacidas después de 1959, la cultura ha sido concebida como un instrumento de emancipación capaz de formar ciudadanos críticos y no simples consumidores. Por eso, mientras el bloqueo intenta imponer la escasez material, Cuba responde invirtiendo en el capital humano más valioso: la imaginación, la memoria y la conciencia colectiva.
No es casual que el nuevo curso escolar comience precisamente con la entrada de los artistas en las escuelas. Significa afirmar que la resistencia no se construye únicamente garantizando libros, sino también alimentando el alma de un pueblo. Donde el imperialismo intenta producir aislamiento, la cultura genera comunidad; donde el mercado reduce el arte a mercancía, Cuba continúa defendiéndolo como un bien público y patrimonio de la Revolución. También a través de un violín, un poema, una representación teatral o un mural, la Isla reafirma cada día su soberanía.
Resistir significa educar
Los adversarios de la Revolución llevan años esperando el colapso definitivo de la Isla. Lo predijeron tras la caída de la Unión Soviética, durante el “Período Especial”, después de la pandemia y hoy, en plena ofensiva económica estadounidense. Cada vez dieron a Cuba por acabada. Cada vez Cuba siguió viviendo.
Naturalmente, nadie puede ignorar los sufrimientos cotidianos del pueblo cubano: los interminables apagones, las dificultades del transporte, la escasez de medicamentos y la emigración de muchos jóvenes representan problemas reales que exigen respuestas económicas profundas. Pero sería igualmente falso atribuir esas dificultades exclusivamente a limitaciones internas, borrando el peso de un embargo que durante más de sesenta años ha constituido una de las guerras económicas más prolongadas de la historia contemporánea.
Por eso la reapertura de las escuelas adquiere un significado que trasciende la dimensión educativa. Es un acto de autodeterminación. Significa afirmar que el imperio puede golpear el turismo, el crédito, el petróleo y la logística, pero todavía no ha conseguido apagar aquello que hace verdaderamente libre a una nación: la capacidad de transmitir conocimiento a las nuevas generaciones.
Mientras en Cuba exista un maestro frente a una pizarra y un estudiante dispuesto a escuchar, la Isla seguirá demostrando que resistir no significa solamente sobrevivir. Significa educar, crear cultura y construir futuro frente a cualquier intento de asfixia imperialista.
Luciano Vasapollo
