La vigencia plena del legado de José Martí /I. Por Gilberto López y Rivas
La faceta más conocida de José Martí es su antimperialismo.
El Apóstol mantiene en todos sus escritos una comprensión nítida del peligro que representaba Estados Unidos para la independencia, no sólo de su patria, sino para todas las naciones latinoamericanas.
Ya el general mexicano José María Tornel había calificado a Estados Unidos de “los bárbaros del norte”, y el primer embajador mexicano en ese país denunciaba la cruzada estadunidense contra México, en 1822.
Tornel escribe una nota de advertencia a su gobierno que parece describir la realidad actual: “El pensamiento dominante de Estados Unidos de América ha sido por más de 50 años, es decir, desde el periodo de su infancia política, la ocupación de una gran parte del territorio antes español y hoy perteneciente a la nación mexicana. Demócratas y federalistas, todos sus partidos bajo antiguas y sus modernas denominaciones, han estado de acuerdo en procurar por todos los medios que suministra el poder, dirigido por la astucia, el dolo y la mala fe, el ensanche de los límites de la república, al norte, al sur y al mediodía. No es Alejandro, o un Napoleón el ambicioso de conquistas para extender su dominio o su gloria, el que inspira a la orgullosa raza anglosajona ese deseo, ese furor de usurpar y dominar lo ajeno; es la nación entera la que, poseída del carácter inquieto de los bárbaros de otro norte y de otra época, la que arrolla cuanto se le opone en la carrera de su engrandecimiento, porque su derecho es su deseo y la justicia su conveniencia”.
En la misma dirección, Simón Bolívar había vislumbrado el papel intervencionista que Estados Unidos jugaría en América Latina.
Con todo, el mérito de Martí consiste en que fue el primer pensador latinoamericano que, en forma sistemática, en su obra periodística y en otros escritos, alertó sobre la amenaza imperialista, y llamó a la lucha común para oponerse a Estados Unidos. “Los árboles”, afirmaba Martí, “se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas. Es la hora del recuento y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado como la plata en las raíces de los Andes”.
Pero también Martí guarda actualidad en una temática que fue crucial para los expedicionarios del Granma y que reiteradamente se han presentado en condiciones extremas, como han sido las dictaduras militares, las agresiones militares imperialistas o las estrategias genocidas del régimen sionista de Israel contra el pueblo palestino: ¿en qué momento la violencia de los pueblos es necesaria?
Martí acierta cuando plantea: “Es lícito y honroso aborrecer la violencia y predicar contra ella, mientras haya modo visible y racional de obtener sin violencia la justicia indispensable al bienestar del hombre, pero cuando se está convencido de que por la diferencia de los caracteres, por los intereses irreconciliables y distintos, por la diversidad, honda como la mar, de mente y aspiraciones, no hay modo pacífico suficiente para obtener siquiera derechos mínimos en un pueblo donde estalla, ya en nueva plenitud, la capacidad sofocada, o es ciego el que sostiene, contra la verdad hirviente, el modo pacífico, o es desleal a su pueblo el que no lo ve y se empeña en proclamarla”.
No cabe duda que estos pasajes de Martí influyeron en la táctica revolucionaria que tomaría el Movimiento 26 de Julio y que culminaría en el luminoso 1º de enero de 1959. En El Salvador, Nicaragua, Guatemala y en otros países de nuestra América, en los que se cerraron todos los espacios de lucha legal, en los que la acción electoral no era más que una imposición y un fraude, en los que las mínimas libertades de asociación, reunión y organización fueron limitadas y reprimidas con violencia sistémica y en los que estaba en juego la existencia misma de un pueblo, de una nación, han resonado con fuerza las palabras de Martí y han decantado la consecuencia revolucionaria del reformismo.
Asimismo, Martí sigue vivo en la actualidad para las derivas que toman organizaciones en lucha contra el sistema capitalista y el imperialismo, en su ejemplo de dedicación, abnegación, entrega absoluta a la tarea libertadora, en la trasparencia de su moral política que sintetizaba en su frase de que “la mejor manera de decir es hacer”. Sobre todo, ahora en que la moralidad política parece haber sido desterrada por el pragmatismo, por la práctica de lograr los fines sin importar los medios. Un movimiento político, social, gremial o revolucionario que pierde su trasparencia, que hace un lado las motivaciones éticas, no logrará contar con el apoyo de sus bases sociales ni menos de los pueblos.
Martí fue un dirigente sin tacha, un intelectual que cubrió la amplia gama del trabajo político: fue organizador, divulgador, periodista y soldado del pueblo cuando fue necesario. Vivió y murió como un revolucionario que predicó con el ejemplo, y ésta fue una de las mejores herencias que nos legara.
Fuente: La Jornada

