Amanece… y ahora está amaneciendo. Por Marilia E. Guimaraes

La vida suele ser una explosión de sorpresas. De pronto, los días despuntaban bañados en un colorido diferente.

Por la carretera que unía a Santiago de Cuba con La Habana, la capital del país, llegaban miles y miles de personas, dando paso a jóvenes barbudos que olían a cansancio y alegría. Entre ellos sobresalía el Líder de la gran conquista.

Fidel Castro.

Habían logrado ganar todas las grandes y pequeñas batallas, expulsar al dictador representante del Estado fronterizo con México, que tanto daño hacía al archipiélago caribeño y al mundo.

Vencimos, anunció, pura felicidad. Vamos a construir un país basado en la cultura, la ciencia y el conocimiento.

Aprenderemos a leer, haremos cine, uniremos libros, pinceles y letras en una simbiosis en la que el amor será el resultado de la ecuación.

Seremos libres, soberanos. Moldearemos esta patria en las mejores medidas. Ganaremos el respeto, la admiración del mundo a través de nuestro trabajo, de nuestra fuerza, de nuestras conquistas.

La esperanza tendrá un nuevo concepto de vida. Por encima de la línea del Ecuador, en una expansión planetaria, nacía el poder de la fuerza de un pueblo sui generis – el cubano.

Nuestra fuerza está basada en la utopía, que se transforma en sueños que se esculpen en realidad.

Crean. Ellos osaron detenernos. Siempre será poco para lograrlo, fuimos forjados en el más noble de los sentimientos – la solidaridad.

Así lo conocí. De botas, uniforme Verde Olivo brillante, intrépido, amoroso, único, una mañana de abril, en la fila del ascensor del Hospital Fajardo, donde iba a visitar a un amigo.

Cierro los ojos y escucho su voz tranquila preguntarme de dónde soy, por qué me pinto el cabello, por qué estoy allí.

Perdí el aliento, susurré medias palabras, juraba que estaba soñando.

Imposible que fuera el Comandante en Jefe, aquel mismo que, al llegar a Las Coloradas, preguntó a sus compañeros:

—Después de estas últimas pérdidas, ¿cuántos somos? ¿Cuántos fusiles tenemos?

Doce.

¿Doce? Entonces ganamos la guerra.

El enemigo lo intentaba una y otra vez. Invadieron por Bahía de Cochinos – Playa Girón.

Sobre un viejo tanque de guerra enfrenta a los mercenarios con el pecho abierto. Los  captura, cambia a los prisioneros por jaleas, sube al podio de la historia de América Latina al ser el primer país en derrotar al ejército estadounidense.

Inolvidable victoria.

Cobardes lo intentan mil veces, mataban, prendían fuego, hicieron explotar el avión de Cubana, matando a 73 pasajeros, durante el despegue de Barbados hacia La Habana.

Lo vi llorar ante su pueblo por esta terrible pérdida y, sofocado por el dolor, afirmar: “cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla”.

Con cada atentado crecían en coraje y dignidad. Respondían con solidaridad y afecto.

Vietnam, la gran victoria.

Celebramos entre las lágrimas de la barbarie de los Rambos, ayudaron a reconstruir la tierra vietnamita.

Lucharon y, como en África, ayudaron a terminar con la colonización portuguesa.

Llegaron los avances en la biotecnología, en la educación, en la cultura, en el cine, en la Batalla de Ideas, en las Brigadas Médicas salvando vidas por todo el mundo.

Mientras los mercenarios ocupan cargos de Estado en el Norte y asfixian al mundo, Cuba crea vacunas de primera generación.

Resiste y resiste a un bloqueo económico, comercial y financiero hace más de 60 años.

Fidel Castro Ruz – el Comandante de la esperanza de la Humanidad – cumplió cada promesa hecha en aquel lejano enero de 1959.

Querido Comandante, el de la Victoria, el del cariño, el de la verdad, el del conocimiento, sentimos una inmensa falta de su presencia física. En contrapartida, nos fortalecemos con su legado.

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