Fidel y el marxismo de Nuestra América. Por Néstor Kohan

Ponencia presentada en el I Coloquio Internacional «Fidel: Legado y Futuro”.


A propósito de la «Segunda Declaración de La Habana»

¿Qué hacer ante los que quieren, a fuerza de privaciones, a fuerza de agresiones y a fuerza de bloqueos, rendir a la patria? ¿Qué hay que hacer? […]

¿Quién se asusta del imperialismo? Y ante las amenazas y las maniobras de los imperialistas, ¿qué hacemos? ¡Nos reímos de los imperialistas!

 

Fidel Castro

(La Habana, Plaza de la Revolución, 4 de febrero de 1962)

 

La Segunda Declaración de La Habana tendrá una importancia grande en el desarrollo de los movimientos revolucionarios en América. Es un documento que llamará a las masas a la lucha, es así, guardando el respeto que se debe guardar a los grandes documentos, es como un «Manifiesto Comunista» de este Continente  y en ésta época. Está basada en nuestra realidad  y en el análisis marxista de toda la realidad de América.

 

Ernesto Che Guevara

[Discurso del Che Guevara, 18 de mayo de 1962]

  

El marxismo latinoamericano y el obstáculo del eurocentrismo

Una de las formas convencionales en que el eurocentrismo inundó e intentó ahogar la cultura rebelde, es el criterio para analizar el pensamiento teórico-crítico.

En el terreno de la filosofía, las únicas con “dignidad ontológica” y derecho a existir habrían sido la griega antigua y la alemana moderna. Todo el resto de culturas y civilizaciones sólo balbucearían “moralejas” deshilachadas, folclore popular cargado de magia, relatos míticos o refranes del sentido común, en el mejor de los casos. Pero “la filosofía verdadera”, “la filosofía auténtica” hablaría exclusivamente… ¡griego o alemán!

En las ciencias sociales, si no hay datos y estadísticas, encuestas cuantitativas y un culto pitagórico y fetichista del número, no habría ciencia alguna. La única sociología “científica” admitida y tolerada sería la que sigue al pie de la letra los métodos de la escuela funcionalista estadounidense.

En la galaxia expansiva de la etnología, las prácticas económicas y las formaciones culturales, las sociedades se dividirían tajantemente entre modernas y “atrasadas”, industriales/postindustriales y “sociedades folk”, desarrolladas y dependientes, occidentales y aquellas otras pertenecientes a… “oscuros rincones del mundo”.

Un esquematismo brutal, reduccionista, lineal y simplificador al extremo. Supuestamente legitimado y abonado —en el campo académico de nuestros tiempos— con una pila interminable de papers producidos en serie, como chorizos y salchichas, que no aportan absolutamente nada significativo ni relevante. Esas formas rudimentarias de “clasificar” los saberes y las producciones teóricas y culturales, han sido convertidas con forceps en mainstream desde hace aproximadamente medio siglo, a través de las normas serializadas que impuso en el mundillo universitario una institución tan académica como… ¡el Banco Mundial! Si no fuera dolorosamente cierto, sería un chiste de muy mal gusto.

Quizás por eso el estudio riguroso del marxismo latinoamericano suele quedar sistemáticamente fuera de la economía, de la sociología, de la filosofía, de la antropología, de la historia de la cultura y de la mayoría de las ciencias sociales.

La polifonía de Marx en Nuestra América

 

A contramano de dicho canon arbitrario, caprichoso e ideológicamente interesado, las producciones teóricas y culturales del marxismo nuestroamericano se han expresado y se condensan en múltiples formatos.

No casualmente Antonio Gramsci había planteado en sus Cuadernos de la cárcel una tesis metodológica según la cual toda concepción del mundo (y el marxismo latinoamericano sin duda forma parte de una de las principales de nuestra época) se expresa en múltiples formas y dimensiones: en textos escritos de alcance teórico (por ejemplo la filosofía), en producciones científicas y documentos políticos, pero también en las formas del lenguaje de la vida cotidiana, en los saberes ligados al sentido común popular, en prácticas religiosas, etc[1].

 Si adoptamos este enfoque metodológico del historicismo gramsciano, el prisma socio cultural nos muestra otra palestra de colores en lo que atañe al marxismo de Nuestra América.

A la primera generación de marxistas de nuestrto continente le tocó el ejercicio de la traducción. De origen mayormente inmigrante y de cultura formada en instituciones como sindicatos y partidos, los primeros difusores del marxismo en Nuestra América se limitaron a traducir a nuestras lenguas los textos más conocidos de Marx y Engels. Por ejemplo, en México se destaca Pablo Zierold, en Argentina Juan B. Justo o el inmigrante de origen alemán, el ingeniero German Avé-Lallemant. En el país azteca-maya se traduce en 1870 El Manifiesto Comunista, mientras Juan B. Justo traduce en 1898 el primer tomo de El Capital al castellano[2].

Libros escritos por exponentes y militantes locales, revistas, periódicos y materiales de formación política van ampliando ese primer estadío de expansión cultural. A medida que avanza el marxismo los formatos de esta concepción del mundo se van ampliando. Incluyen también obras de teatro, murales y pinturas, canciones, poesía, literatura, etc. Aunque muchas de las principales antologías sobre el marxismo en nuestro continente se restringen exclusivamente a documentos programáticos[3], en realidad sus formas de expresión han sido mucho más amplias[4].

Por ejemplo, numerosos discursos y conferencias orales, transcriptas en forma impresa, comienzan a conformar una densa cultura rebelde, nacionalista revolucionaria, socialista y comunista que se nutre del marxismo. Entre muchos otros, son célebres los discursos y conferencias trasncriptas de José Ingenieros saludando desde el río de La Plata el triunfo de la revolución bolchevique en Rusia, encabezada en octubre de 1917 por Lenin[5].

También merecen destacarse distintas actas de Congresos Internacionales. Por ejemplo la Conferencia Comunista Sudamericana de 1929 [realizada en Buenos Aires, aunque en la transcripción de imprenta se puso “Montevideo” para despistar a la policía], la Conferencia Tricontinental de 1966 y la Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad de 1967 [ambas en La Habana], entre muchas otras.

A las primeras traducciones, luego a los libros, folletos, canciones, y discursos transcriptos en Actas, más tarde se agregaron películas que complementaban las obras de teatro, las poesías, las novelas y los murales. Los principales teóricos de la contrainsurgencia tomaron nota de todos estos formatos e intentaron realizar algunos estudios sistemáticos de los saberes marxistas en un sentido amplio (para censurarlos, reprimirlos y aniquilarlos[6]).

            Si en el campo contrainsurgente, Osiris Villegas fue de los más consistentes, en el espacio revolucionario, uno de los teóricos que más se destacó subrayando la variedad de formas que adquirió la cultura rebelde en el continente, fue el marxista Agustín Cueva. Este último cuestionó ácidamente las antologías tradicionales y los diccionarios del marxismo latinoamericano[7].

La Segunda Declaración de La Habana

En el campo de los discursos orales, luego impresos, se destaca sin duda La Segunda Declaración de La Habana (pronunciada por Fidel Castro y proclamada en la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba (AGNPC) ante aproximadamente 1.500.000 de personas en la plaza de la Revolución, el 4 de febrero de 1962).

Más allá de una experiencia política de democracia participativa, sustancial, directa y popular, que convirtió esta declaración y su votación masiva en un virtual referendum político (ya que en las semanas siguientes fue respaldada por infinitas firmas de manera libre y voluntaria en La Habana y otras ciudades), el texto allí leído constituye uno de los documentos teóricos-políticos más importantes de toda la historia del marxismo latinoamericano[8].

De algún modo, este extenso texto-manifiesto (caracterizado por el Che Guevara como “un Manifiesto Comunista de este continente y esta época”), constituye una prolongación y continuación de las tesis que treinta y cuatro años antes habían planteado los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana de José Carlos Mariátegui. De igual modo, su carácter analítico resulta homologable a los textos teóricos mejor elaborados del Che Guevara (como “El socialismo y el hombre en Cuba”, “La planificación socialista: su significado” o el célebre “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”).

Recorrerla y analizarla una y otra vez, desmenuzando sus tesis, nos permite sopesar su densidad teórica y su sorprendente vigencia actual, dado que fue formulada hace 64 años. ¡Más de medio siglo! Además de leerla, recomendamos también escucharla (pues el audio con el discurso leído por Fidel [114 minutos; es decir, una hora y 54 minutos] se encuentra con acceso libre y gratuito en las redes digitales).

Por supuesto que el pensamiento político y la obra teórica de Fidel (expresión de una práctica de medio siglo de lucha ininterrumpida al frente de la Revolución Cubana) no se agotan aquí. Llega hasta el período en que se desplaza de sus cargos de poder a inicios del siglo XXI y vuelca su pensamiento en una extensísima serie de Reflexiones, así como también en larguísimas entrevistas, que abarcan varios volúmenes y tomos sumamente gruesos.

            Pero este documento del 4 de febrero de 1962 constituye un parteaguas. Precisamente por aquella cuestionable metodología de análisis, íntimamente impregnada de eurocentrismo y academicismo, no se le ha otorgado suficiente atención en los estudios sistemáticos sobre la materia en cuestión. Ni siquiera por parte de “los marxistas” que se autoperciben y se presentan como especialistas.

El imperialismo monroísta y la “Alianza para el Progreso”

Desde su misma gestación, la Revolución Cubana debió enfrentar la política monroísta de los Estados Unidos, que han manejado a todo el continente latinoamericano como su “patio trasero” desde la Segunda Guerra Mundial (cuando le ganan la disputa al Imperio Británico). Una de las principales instituciones de las que se han servido para ello ha sido la OEA, definida por Fidel como “un ministerio de colonias yanqui”[9].

Recordemos que a fines de agosto de 1960 se realizan la quinta y sexta Reunión de Consulta de los Ministros de Relaciones Exteriores de los Estados latinoamericanos, integrantes de la OEA. La sede fue en Costa Rica. Por dos tercios se aprobaron resoluciones contra la Revolución Cubana. Ésta respondió con la aprobación de la Primera Declaración de La Habana, votada el 2 de septiembre de 1960 en la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba (AGNPC). Ya desde esa declaración, Fidel se apoya en José Martí, cuestiona la Doctrina Monroe y condena la explotación del hombre por el hombre (incluso antes de declarar el carácter socialista de la revolución).

Para contrarrestar la creciente influencia política, económica y cultural de la Revolución Cubana, el 13 de marzo de 1961 el presidente de Estados Unidos Kennedy anunció oficialmente la “Alianza para el Progreso”[10]. Un programa de reformas económicas y sociales capitalistas, diseñadas desde una estrategia político-militar de contrainsurgencia preventiva.

Sorprendentemente Kennedy pasó a la historia como un “liberal progresista y modernizador”, imagen mediática y símbolo cultural del winner estadounidense. Su imagen de marketing político fue trabajada con mucha precisión. En eso fue un precursor de otros ejemplos más recientes de la ingeniería electoral. Por ejemplo, se explotó con fines políticos su supuesto affaire con la sex simbol de la época Marilyn Monroe, como sinónimo de “macho ganador” e ícono de la cultura pop. Pero detrás de esa puesta en escena trabajada con mucha sofisticación, fue un lobo con piel de oveja, que promovió un programa contrainsurgente a escala continental, además de otorgar luz verde a la invasión de Cuba en Playa Girón (sin contar que era hijo de un padre como Joseph Kennedy, embajador estadounidense en Londres durante la segunda guerra mundial. Según un informe de 1941 de Edgar Hoover, por aquel tiempo mandamás del FBI, el padre Kennedy “había donado grandes sumas de dinero a la causa nazi”. En opinión de Joseph Kennedy, habría que haber dado rienda suelta a los nazis para aniquilar a los comunistas en el este europeo. Incluso el informe de Hoover del FBI señala que Joseph Kennedy se habría reunido con el jerarca nazi Hermann Göring en Vichy[11]).

El proyecto estadounidense de reformas contrainsurgentes de la Alianza para el Progreso intentó implementarse en su patio trasero, nuevamente a través de la OEA. Para eso tuvo lugar una Conferencia del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES), organismo colateral de la OEA, en Punta del Este (Uruguay), en la segunda semana de agosto de 1961. Allí Estados Unidos intentó arrastrar a todos los países latinoamericanos hacia la Alianza para el Progreso, para aislar y neutralizar el ejemplo de la Revolución Cubana.

La delegación cubana fue encabezada por el Che Guevara, quien cuestionó duramente la estrategia monroísta estadounidense y desarmó una por una las falacias de la teoría de la modernización por etapas del crecimiento económico (en gran parte inspirada en las teorías del economista W.W.Rostow [ex agente de la inteligencia norteamericana: OSS-Office of Strategic Services, antecesor de la CIA]) en la que se basaba la Alianza para el Progreso[12].

No casualmente, la intervención del Che Guevara (8 de agosto de 1961) comienza apelando al pensamiento antiimperialista del cubano José Martí y del uruguayo José Enrique Rodó (ambos críticos de Estados Unidos), dos exponentes fundacionales del modernismo de Nuestra América.

            No conforme con promover las reformas de contrainsurgencia preventiva de la Alianza para el Progreso en el terreno económico, con el claro objetivo de prevenir e impedir el surgimiento de “nuevas Cubas”, Estados Unidos vuelve a apelar a la OEA. Convoca entonces a la Octava Reunión de Consultas de Ministros de Relaciones Exteriores en Montevideo, Uruguay, celebrada a fines de enero de 1962. Allí dos tercios —los más sumisos y obedientes— de los 21 Estados reunidos deciden “suspender” la participación de Cuba en la OEA, en la Junta Interamericana de Defensa (JID) y en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

El 25 de enero de 1962 Cuba es expulsada de la OEA por el gobierno de Estados Unidos y sus títeres, a excepción de México. En asamblea en la plaza de la revolución Fidel responde con la Segunda Declaración de La Habana, Manifiesto que lee la historia de América Latina —con la dominación del colonialismo español y el imperialismo yanqui— desde la perspectiva de la clase trabajadora y los pueblos sometidos: “los mayoritarios en todos los aspectos, los que acumulan con su trabajo las riquezas, crean los valores, hacen andar las ruedas de la historia, y que ahora despiertan del largo sueño embrutecedor a que los sometieron”.

Por lo tanto, resulta una falacia histórica, completamente insostenible, postular que la Revolución Cubana “se aisló” de América Latina por razones ideológicas al haber caído en “el abrazo comunista” de la Unión Soviética y de China. Lo que sucedió en realidad, es que Estados Unidos pretendió aislar a Cuba, suspendiéndola primero y luego expulsándola (con la notoria excepción de México) de la mayoría de las instancias internacionales a escala continental, mediante la complicidad de sus peones periféricos y satélites regionales[13].

            Según documentos secretos de Estados Unidos, recientemente desclasificados, el objetivo político directo de todas esas operaciones seudo diplomáticas realizadas a través de la cobertura de la OEA era “derrocar a Fidel Castro” (sic), es decir, descabezar el principal liderazgo de la Revolución Cubana[14].

Hasta el día de hoy, la prensa capitalista suele describir el aislamiento, la suspensión y la expulsión de Cuba de la OEA por iniciativa de Estados Unidos como si fuera el hecho más “normal” del mundo[15].

Las lecturas, el estudio y la formación marxista de Fidel

Como es bien conocido, en sus años de juventud Fidel Castro estudió Derecho en la Universidad de La Habana, siendo además militante y dirigente estudiantil cubano y latinoamericano. En ese carácter visitó, junto a Alfredo Guevara, Colombia, coincidiendo con la insurección popular conocida como “El bogotazo” en 1948.

En paralelo a su carrera universitaria formal, Fidel fue siempre un autodidacta. Un lector empedernido. Jamás se limitó a la literatura exclusivamente jurídica. Como él mismo ha relatado en numerosas entrevistas biográficas, tenía predilección por la historia. Pero también hizo suyas lecturas en profundidad de la obra de José Martí, su principal guía inspirador.

Al mismo tiempo, fue leyendo diversas obras de marxismo. Tanto de Marx y Engels, como de Lenin (a este último lo nombra explícitamente en La historia me absolverá). Se valía de clásicos marxistas publicados por el viejo Partido Socialista Popular (PSP, el antiguo Partido Comunista anterior a la Revolución) para nutrir sus estudios en este terreno. De igual modo, en sus aprendizajes juveniles de marxismo adoptó como lectura de referencia privilegiada la obra de Raúl Roa, intelectual cubano marxista de la generación de 1930 que años más tarde, después del triunfo de la Revolución, será conocido como “el canciller de la dignidad”[16].

En términos generales podemos apreciar en su proceso de aprendizaje político una actitud permanentemente dialoguista hacia diversos saberes y guías intelectuales, de los que se fue nutriendo, reconociéndolo sin ningún tipo de soberbia.

Por ejemplo, desde los primeros momentos del triunfo revolucionario, solicitó a los compañeros de la Unión Soviética el envío de profesores de marxismo y economía política que hablaran castellano fluidamente. Así llegó a la isla revolucionaria el profesor de economía hispano-soviético Anastasio Mansilla, especialista en la pedagogía de El Capital de Karl Marx.

Además de ser catedrático en la Escuela de Economía de la Universidad de La Habana, Mansilla coordinó en Cuba dos seminarios distintos sobre El Capital. Uno se desarrolló con algunos integrantes del Consejo de Ministros, entre los que participaron el mismo Fidel, el Che y Carlos Rafael Rodríguez. Mansilla coordinó más tarde un segundo seminario sobre El Capital en el Ministerio de Industrias. Allí participaron el Che Guevara y compañeros de su equipo, como Enrique Oltuski y Orlando Borrego Díaz[17].

Los diálogos y estudios de Fidel con el profesor Mansilla son importantes y muy relevantes para comprender muchas de las tesis de la Segunda Declaración de La Habana, pues esta última despliega y explica en forma muy precisa la historia del sistema capitalista mundial, en clave netamente anticolonialista (con un criterio radicalmente opuesto a los esquemas desarrollistas y etapistas de W.W.Rostow, uno de los “cerebros pensantes” norteamericanos de la Alianza para el Progreso y en total sintonía con las tesis que Guevara había llevado el año anterior a Punta del Este, ya que Fidel y el Che habían estudiado juntos el mismo libro de Marx, con el mismo profesor y en el mismo seminario). Además, el texto leído por Fidel en la Plaza de la Revolución enfatiza los procesos de despojo, violencia, saqueo y expropiación colonial realizados por las grandes potencias capitalistas occidentales sobre los pueblos sometidos y dependientes, tal como figura en el capítulo 24 del primer tomo de El Capital, titulado “La llamada acumulación originaria del capital”.

 Cabe destacar que Mansilla se especializaba en la sección séptima del primer tomo de El Capital[18], donde precisamente Marx explica y desarrolla los procesos de acumulación y de violencia sistemática del régimen capitalista, así como también hace referencia explícita a la feroz conquista de América, la esclavización de África y la conquista y saqueo de Asia[19]. Temas recurrentes y reiterados a lo largo de toda la Segunda Declaración de La Habana.

Si comparamos los apuntes pedagógicos de Mansilla sobre El Capital con la intervención pública de Fidel en la Plaza de la Revolución, puede apreciarse un leve matiz entre ambos. El profesor Mansilla enfatizaba más los procesos estrictamente económicos de acumulación, mientras que Fidel ampliaba la mirada y destacaba junto a los procesos económicos, los mecanismos políticos coloniales y neocoloniales de despojo de los pueblos del Sur Global. La tesis era exactamente la misma (Mansilla y Fidel se apoyaban en Marx), pero con énfasis distintos.

En este rubro cabe resaltar la originalidad del marxismo de Fidel que se adelantó más de medio siglo a la problemática de “la colonialidad del saber y el poder”, hoy [2026] de moda en la Academia estadounidense, tanto en las escuelas autodenominadas “poscoloniales” como “descoloniales”.

En esta Declaración aparece mencionada numerosas veces, junto al problema central del imperialismo, “la dependencia”. Recordemos que en febrero de 1962 no se habían formulado todavía las tesis centrales de lo que años después se conocerá como la Teoría Marxista de la Dependencia (TMD), que a partir de las investigaciones de Ruy Mauro Marini, Theotonio Dos Santos, Vania Bambirra y Orlando Caputo Leiva (todos ellos partidarios de la Revolución Cubana) se volverán hegemónicas a partir de la década de 1970.

En ese sentido, apoyándose en una inteligente y minuciosa lectura de la obra de Lenin sobre el imperialismo, en clave latinoamericana, la Segunda Declaración de La Habana leída en público por Fidel cumplirá un rol precursor en el campo de las ciencias sociales. Fenómeno no siempre reconocido en las historias académicas de las teorías económicas y sociológicas.

Autoría de la Segunda Declaración de La Habana

¿Fue el profesor Anastasio Mansilla la única ayuda a la que recurrió Fidel en sus elaboraciones teórico-políticas de los principales documentos de la Revolución Cubana? Es altamente probable que no. El máximo líder la Revolución Cubana, ajeno a toda vanidad, tenía demasiado claro que la obra debía ser necesariamente colectiva.

Por ejemplo, refiriéndose a la Segunda Declaración de La Habana, Fernandez Retamar señala que “Aunque numerosos textos individuales de dirigentes y otros intelectuales revolucionarios cubanos dan fe de las ideas que acompañan esa primera  inserción de nuestra América en la historia mayor, los más relevantes de esos textos son por lo general productos de una elaboración colectiva”[20]. Dicho esto, Fernández Retamar no aclara quién más pudo haber compartido el trabajo de elaboración.

Sin embargo, afortunadamente no tenemos que quedarnos con la curiosidad insatisfecha y la pregunta abierta.

Según la mejor y más informada biógrafa de Fidel Castro (con quien trabajó personalmente desde comienzos de la década de los años 90 hasta el final, publicando numerosas e inmensas obras biográficas sobre él), en la redacción de la Segunda Declaración de La Habana, Fidel contó “con el apoyo de un eminente educador uruguayo, Jesualdo Sosa”[21].

¿Quién era Jesualdo Sosa? En realidad se llamaba Jesús Aldo Sosa Prieto, pero todo el mundo lo conocía como Jesualdo. Este otro profesor, como relata Katiuska, era de origen uruguayo.

Como militante del comunismo de Uruguay desde 1944 (era bastante mayor que Fidel), Jesualdo Sosa, una década antes de ayudar en Cuba, más precisamente a fines de 1951, había viajado durante un mes completo a la Unión Soviética, experiencia que volcó en una obra testimonial. En 1958 realizó un viaje similar a China. También dejó por escrito esta otra experiencia[22].

De modo que antes de trabajar en la Revolución Cubana y ayudar a Fidel, ya había conocido la Unión Soviética y China, los dos gigantes de la bandera roja que habían derrotado al nazismo alemán y al fascismo japonés.

En Cuba estuvo en los años 1961 y 1962. Justo para la época de la Segunda Declaración de La Habana.

Jesualdo Sosa era maestro y pedagogo. Formaba parte de una generación que promovía una nueva pedagogía en Nuestra América, varias décadas antes del hoy más conocido Paulo Freire. Sin dejar de defender la educación pública y gratuita, Sosa propiciaba que la educación debía vincular a quienes estudiaban con su medio, su entorno, su medio ambiente, su pueblo y su cultura.

En su pedagogía crítica, además de recibir la influencia de Freud, Piaget y Wallon, adoptó como marco de referencia las obras pedagógicas del psicólogo soviético Lev Vigotsky y el humanismo revolucionario del pensador marxista argentino Aníbal Ponce (guía inspirador de la noción de “hombre nuevo” del Che Guevara y de varias hipótesis de lectura que explora Roberto Fernández Retamar en su célebre obra Calibán) [23].

La principal tarea que asumió Jesualdo Sosa en la Revolución Cubana fue trabajar como Decano de la Facultad de Educación. También colaboró activamente en la Campaña Nacional de Alfabetización que encabezaba Armando Hart Dávalos, otro de los principales pensadores y militantes políticos revolucionarios de Cuba.

Hasta donde logramos averiguar no existen datos exactos sobre el tipo de ayuda puntual que Fidel le requirió a Jesualdo Sosa para elaborar la Segunda Declaración de La Habana. Quizás le solicitó al profesor uruguayo datos históricos, tal vez le pidió que revisara la redacción final del documento para volverlo fácilmente comprensible, dado que era muy extenso, estaba cargado de información histórica muy precisa y además iba a ser leído ante una masa impresionante de más de un millón de personas. Aunque Fidel, por sí mismo, tenía vasta experiencia en su pedagogía popular y en la comunicación de masas. Sea cual haya sido la ayuda concreta que el comandante le requirió al maestro de Uruguay y Decano de la Facultad de Educación, lo cierto es que la Segunda Declaración de La Habana no sólo es profundamente internacionalista por sus tesis políticas anticolonialistas y antiimperialistas, así como por su convocatoria a la lucha. También lo fue en su confección.

Caracterización general y guías inspiradores

No se equivocaba ni exageraba el Che Guevara cuando el 18/5/1962 caracterizaba esta Declaración como “el Manifiesto Comunista de América Latina”. Con esa analogía se esforzaba por enfatizar el calibre y la importancia histórico-programática de lo que un millón y medio de personas (mayoría cubana pero que incluía también delegados internacionales) estaban votando en asamblea y democracia directa en esa oportunidad.

No era simplemente una declaración diplomática, elaborada coyunturalmente para responder una inicitiva puntual del imperialismo estadounidense y algún funcionario de turno. No. Tenía otro vuelo teórico y una dimensión política de mucho mayor alcance. Esta Declaración es más bien la conjunción de una historia social del continente, un estudio socio económico del carácter de la dependencia latinoamericana, la descripción morfológica del conflicto de clases y sujetos sociales y un programa de lucha que de ese conjunto de análisis se deriva.

Si la analogía del Che con el Manifiesto Comunista de Marx y Engels la ubicaba a escala del marxismo mundial, en el caso específico del marxismo de Nuestra América, si hubiera que elegir una analogía, la Declaración de febrero de 1962 constituye la prolongación de los famosos Siete Ensayos que Mariátegui elaboró en 1928 (y el mayor antecedente de la Declaración de la Organización Latinoamericana de Solidaridad-OLAS, de 1967).

Aclarados entonces los autores y el carácter general del documento, pasemos a los guías inspiradores.

El primero de ellos, como también lo será en La historia me absolverá (de Fidel) y en el Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental (del Che), es sin duda José Martí.

En este caso particular, se cita la carta emblemática que José Martí le envía a Manuel Mercado, desde el Campamento de Dos Ríos, el 18 de mayo de 1895, muy poco antes de morir: “Ya puedo escribir…  ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber…  de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.  Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso…  Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos, más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia, les habrían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio que se hace en bien inmediato y de ellos. Viví en el monstruo y le conozco sus entrañas; y mi honda es la de David”[24].

El Martí inspirador es entonces el pensador y militante práctico centralmente antiimperialista. Fundador del modernismo, no sólo como corriente poética o literaria sino en tanto constelación político cultural que da inicio a fines del siglo XIX al nuevo antiimperialismo, continuador de la obra independentista y el pensamiento anticolonialista de Simón Bolívar de comienzos del siglo XIX.

En segundo lugar, el otro guía inspirador, como ya se señaló, es Karl Marx. Aunque la Declaración no hace citas gratuitas y prescindibles, se deja escuchar claramente el eco de los cañonazos y misiles que dispara El Capital —según las propias metáforas con que Marx describió su obra—. Principalmente las narraciones e hipótesis del capítulo 24 del primer tomo, publicado en 1867 y corregido en 1873, sobre la acumulación originaria y el colonialismo. ¿Dónde? En todos los pasajes donde Fidel describe el despojo, la conquista, la explotación y la dominación de los pueblos sometidos por los grandes conglomerados y las despiadadas compañías del capitalismo occidental, en el presente, y del colonialismo clásico en el pasado[25].

Este Marx radicalmente crítico del despojo, la dependencia y el colonialismo en el que, con indisimulada nitidez se apoya Fidel (nutriéndose de la ayuda de los profesores Anastasio Mansilla y Jesualdo Sosa), se popularizará en el terreno del ensayo literario muy pocos años después a través de la obra famosa y gracias a la pluma sutil de Eduardo Galeano: Las venas abiertas de América Latina[26].

 En tercer lugar, aunque no aparezca en el centro de la escena, quien oiga el audio con el discurso completo o lea el texto impreso de la Segunda Declaración de La Habana descubrirá al instante las pistas y huellas imborrables de Lenin. Tanto de aquel que escribe Sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación (1914) como el más célebre de El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916).

No podemos saber si en aquel momento Fidel conocía los siguientes materiales y debates enumerados a continuación. Probablemente no. Pero en el Segundo Congreso de la Internacional Comunista de 1920, Lenin se dedica centralmente a analizar y cuestionar el colonialismo occidental. En esa tarea fue ayudado por el comunista de la India Manabendra Nath Roy y el comunista tártaro Mirsaid Sultán-Galiev. Roy lo corrige a Lenin delante de todo el mundo. Lenin no sólo no se molesta. Exige que se publiquen las tesis de Roy junto con las suyas.

Aquel Segundo Congreso de la Internacional Comunista se prolonga en la Conferencia de Bakú, el mismo año, donde confluyeron casi 2.000 delegad@s del Sur Global. Allí convivían, bajo la bandera roja, musulmanes y judíos en completa armonía. La reunión de Bakú tuvo en su dirección mujeres y se proclamó en sus conclusiones la “guerra santa” [Yihad] contra el imperialismo occidental.

Por su parte, Sultán-Galiev —apoyado por Lenin— propone directamente que la Internacional Comunista deje de “esperar” la revolución en las metrópolis europeas y se concentre en Asia, África y América Latina. Por eso el comunista de Egipto Anouar Abdel-Malek sostiene que Sultán-Galiev es de algún modo el “maestro” a la distancia de Ho Chi Minh y Mao (Asia); Ben Bella (África); Fidel Castro y el Che Guevara (América Latina).

La Segunda Declaración de La Habana de hecho constituye la continuidad de esa tradición de Lenin y sus compañeros de 1920 en la América Latina de 1962. Aunque sus redactores, por aquella época, quizás no estuvieran completamente al tanto ni tuvieran toda la información disponible al alcance de la mano, pero la perspectiva de análisis en ambos casos era exactamente la misma.

Sospechamos que Fidel no contaba con esos documentos, en primer lugar, porque la obra de Sultán-Galiev no estaba traducida al castellano por aquel entonces y además Anouar Abdel-Malek escribió aquella descripción una década más tarde (en 1972). Pero en la práctica Fidel estaba continuando en nuestro idioma y recreando en nuestra cultura latinoamericana esa tradición. Del mismo modo que en 1928 Mariátegui no había leído la correspondencia de Marx con Vera Zasulich de 1881 (tampoco estaba traducida en 1928 al castellano), pero había llegado exactamente a las mismas conclusiones del maestro. Por eso Mariátegui y Fidel, con su originalidad, con su pensamiento creativo y sin dogmas que les maniataran las manos, pudieron recuperar la tradición más rica y original de Marx y Lenin en Nuestra América[27].

Interrogantes filosóficos

Según este documento de febrero de 1962, ¿la Revolución Latinoamericana era “inexorable”, apenas “posible” o simplemente una utópica quimera de quijotes bienintencionados?

En aquel momento Fidel tendía a concebir en su escritura las leyes de la sociedad y las regularidades históricas como “inexorables” e “inevitables”. En términos generales el profesor Anastasio Mansilla concebía de ese modo las leyes que describía El Capital.

No obstante, en su análisis marxista original e irrepetible, Fidel combinaba esa lectura de El Capital con su concepción eminentemente martiana. Recordemos que ya desde La historia me absolverá, Fidel recuperaba la formulación de José Martí, expresada el 10 de octubre de 1890, según la cual “El verdadero hombre no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber”.

¿Cómo combinar una lectura determinista con esa visión ética? Dos polos que en el marxismo clásico europeo de la Segunda Internacional habitualmente se habían concebido como extremos antitéticos y disyuntivos (por ejemplo Karl Kautsky y Jorge Plejanov defendían el determinismo, Eduard Bernstein la concepción puramente ética). He ahí la originalidad de Fidel. Recordemos que en la Segunda Declaración de La Habana Fidel escribió y pronunció un lema que retornaría en la OLAS: “El deber de todo revolucionario es hacer la revolución” [subrayado de N.K.][28]).

Más tarde fue complejizando esta concepción marxista y también le otorgó un lugar al azar[29], pero lo principal siempre fue para Fidel la sabiduría popular y la astucia revolucionaria para poder aprovechar las situaciones revolucionarias como las definía Lenin. La victoria popular nunca estaba garantizada de antemano, si no se dejaba de lado la cobardía ni se aprovechaban “las ocasiones” (como las denominaba el fundador de la ciencia moderna, Nicolás Maquiavelo, en sus dos principales obras del renacimiento italiano).

Núcleos de problemas políticos y principales hipótesis programáticas

 

A la hora de identificar al enemigo de los pueblos latinoamericanos, la Segunda Declaración de La Habana enfoca su punto de mira en el imperialismo (no sólo un hegemón singular, un país determinado, sino todo un sistema capitalista internacional donde se fusionan los capitales industriales, bancarios, financieros, se reparten los territorios, recursos naturales y “áreas de influencia”). Los pueblos tienen como principal enemigo a los monopolios imperialistas. Los Estados Unidos son la expresión institucional de esos monopolios y del complejo industrial-militar que el propio presidente de ese país, anterior a Kennedy, Dwight Eisenhower, denunció en su discurso de despedida del 17 de enero de 1961.

En cuanto al terreno de lucha principal, Fidel lo ubica en Asia, África y Nuestra América, en aquella época denominado “el Tercer Mundo”, hoy conocido como “el Sur Global”. De esta forma la Segunda Declaración de La Habana adelanta las líneas principales de la Conferencia Tricontinental que tendrá lugar en La Habana cuatro años más tarde, en 1966, y todo el universo estratégico-político al cual ésta dio nacimiento[30].

Sobre la cuestión específicamente político militar, la Segunda Declaración del 4/2/1962 impugna la Junta Interamericana de Defensa (hasta ese momento órgano de la OEA) y las Fuerzas Armadas penetradas y “trabajadas” desde dentro por los aparatos de inteligencia norteamericanos como la CIA (las que desarrollarán en los años 70 el Plan Cóndor y la guerra contrainsurgente y genocida que dejará como saldo decenas de miles de desaparecidos en todo el continente). Más tarde Fidel alojará, incorporará a su causa y les dará un lugar central en la estrategia de la revolución latinoamericana a militares patriotas y antiimperialistas como Francisco Caamaño de República Dominicana, Omar Torrijos en Panamá o el mismo Hugo Chávez Frías, su gran hermano y probablemente principal discípulo histórico, proveniente de las tierras de Simón Bolívar.

En torno a la democracia o la falta de ella, caballito de batalla durante toda la guerra fría contra la bandera roja, Fidel opone la “democracia” representativa (tristemente expresada por las repúblicas bananeras que votaron la expulsión de Cuba de la OEA, siguiendo sumisamente el mandato yanqui) con la democracia sustancial, basada en el poder popular. ¿Qué país de Nuestra América se dio el lujo de debatir y votar a mano alzada, con un millón y medio de personas en asamblea, una Declaración como la de febrero de 1962? La respuesta es más que obvia…

Otro de los lugares comunes de la guerra fría consistió en oponer los regímenes  “occidentales y cristianos” con el “socialismo ateo”. Sin embargo, en la II Declaración Fidel se adelanta varios años a la prédica de la teología de la liberación—cuyo mayor símbolo político fue el sacerdote colombiano Camilo Torres y uno de sus teóricos precursores fue el teólogo peruano Gustavo Gutierrez— oponiendo el mensjae profético a la teología sacerdotal según la cual los ricos capitalistas deberían gobernar pues “los dioses están de su parte”[31].

Sujeto popular y alianzas de clases

Finalmente, en un documento tan completo, creador, profundo y erudito (aunque estuviera formulado de modo tan accesible gracias a la oratoria de Fidel y a la pedagogía crítica del maestro de escuela Jesualdo Sosa), no podía faltar el análisis de clase. Ya a fines de los años 20 Julio Antonio Mella había reprochado a Víctor Raúl Haya de la Torre que su antiimperialismo y su defensa de la patria eran como un tambor, sonaban fuerte pero estaban vacíos, precisamente porque les faltaba un análisis de clase. Pues bien, fiel heredero de Mella (y de Antonio Guiteras), en 1962 Fidel prolongó su precursor análisis de clase, expuesto en La historia me absolverá[32].

Diferenciando y distinguiendo fracciones de clases, bloques y fuerzas sociales, la Segunda Declaración analizaba nuevamente la categoría de “pueblo” (como en 1953) pero entonces (1962)  a escala continental.

En primer lugar, incorpora como herramienta de análisis la noción de “fuerza social” empleada por Lenin. En las sociedades capitalistas las clases nunca se enfrentan de manera completa, plana, simple, homogénea y directa. Suelen fraccionarse y tejer alianzas entre ellas en su enfrentamiento. Lenin adopta dicha noción tanto de los textos “políticos” de Marx (como El 18 brumario de Luis Bonaparte), así como también del capítulo sobre “La cooperación” (del primer tomo de El Capital). Pero a su vez la Segunda Declaración de La Habana, lo formula de manera bastante similar a cómo lo hacen Ho Chi Minh en la Revolución de Vietnam y Mao Tse Tung en la Revolución China. En ambas sociedades asiáticas, la fuerza mayoritaria del pueblo es de origen campesino, aunque la ideología que dirige los procesos de lucha está encabezada por la clase trabajadora. En el documento-manifiesto de La Habana, se afirma que el campesinado a veces sobrepasa el 70% de la población popular en Nuestra América, pero que para alcanzar sus metas es dirigido “por los obreros y los intelectuales revolucionarios”[33].

Al formular esta hipótesis, Fidel seguramente tenía en mente las limitaciones históricas que padeció la joven Revolución Mexicana de Emiliano Zapata y Francisco Villa, que contó con mayoría popular campesina y una ideología dirigente, también campesina, lo cual impidió, a pesar de su triunfo, ir a fondo y acabar con el régimen capitalista en México. Por eso la Revolución Cubana sí pudo ir a fondo, al contar con una mayoría popular campesina, pero combinada en su dirección con ideologías de las clases trabajadoras y los intelectuales revolucionarios (los mismos Fidel y el Che contaban entre estos últimos).

Por supuesto que dentro de la categoría de “pueblo” Fidel no deja de integrar a nadie, incluyendo los pueblos originarios, las negritudes, las mujeres luchadoras, las comunidades de creyentes rebeldes. ¡Incluso menciona “las infancias desvalidas, abandonadas, artificialmente empobrecidas”! Su vaticinio no deja de ser profético: “Ahora sí la historia tendrá que contar con los pobres de América”.

Uno de los ejes más polémicos seguramente atañen al papel ambiguo y vacilante que la Revolución Cubana encuentra en “las burguesías nacionales”. El documento es claro: no pueden encabezar. Fidel hace suya las grandes enseñanzas de Lenin con su teoría de la “hegemonía” (luego sistematizadas por Gramsci en los Cuadernos de la cárcel). Lenin en 1905, ante la primera revolución rusa, reflexionó que por entonces las tareas pendientes no eran específicamente “socialistas”, pero ello no significaba en absoluto que el movimiento revolucionario debía dejar en manos de las burguesías la dirección de los procesos transformadores. El bloque de fuerzas sociales revolucionarias debía, sí o sí, tomar la iniciativa e intentar ejercer su hegemonía, incluso si las tareas pendientes no eran 100% socialistas. En Nuestra América Fidel reconoce que no existe ni podrá existir un capitalismo desarrollado debido a la dependencia, pero ello no implica dejarle la dirección de los procesos de transformacion a las burguesías nacionales (que en el caso cubano emigra a La Florida y hasta el día de hoy [2026], en su gran mayoría se comporta de modo desfachatadamente contrarrevolucionaria y muchas veces incluso anexionista). La reflexión de Fidel constituye una recreación original, sui generis y elaborada con su propio lenguaje (sin repetir formulitas disecadas o esquemas de pizarrón) de la teoría leninista-gramsciana de la hegemonía en Nuestra América.

En este discurso-manifiesto el antiimperialismo se entrecruza con la identidad socialista, mientras se cuestiona a esa denominada “burguesía nacional” (que tiene bastante poco de “nacional”): “En las actuales condiciones históricas de América latina la burguesía nacional no puede encabezar la lucha antifeudal y antiimperialista. La experiencia demuestra que en nuestras naciones esa clase, aun con contradicciones frente al imperialismo, ha sido incapaz de enfrentarse, paralizada por miedo a la revolución social  y a las masas explotadas”. Cinco años más tarde, en su “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental” el Che coincidirá con el Manifiesto de Fidel, cuando escribe que: “las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo -si alguna vez la tuvieron- y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer; o revolución socialista o caricatura de revolución”.

Un ejemplo indeleble

 

Ha transcurrido más de medio siglo desde aquella masiva y democrática asamblea del 4 de febrero de 1962 y de la aprobación popular de aquel Manifiesto. En Nuestra América ha habido varias experiencias que intentaron sacarse del cuello la soga del imperialismo (Chile, Nicaragua, Venezuela, etc.). El imperialismo ha tratado de ahogar a sangre y fuego y asesinar cada uno de estos intentos, así como también muchos otros que, aunque rebeldes, abnegados, heroicos e insurgentes, no llegaron ni al gobierno ni al poder. En el medio han quedado cientos de miles de personas desaparecidas, torturadas, asesinadas, encarceladas, exiliadas. Todo está guardado en la memoria.

Pero Cuba sigue resistiendo. Y aunque el futuro permanece abierto (por algo Rosa Luxemburg lo sintetizó con la consigna “Socialismo o barbarie”) el ejemplo de la Revolución Cubana, de Fidel, del Che y de Raúl; de Haydée, de Melba, de Vilma,  permanecerá en la historia. Ya es imborrable.

Buenos Aires, 27 de mayo de 2026

 

 

 

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[1]  Gramsci, Antonio [1932-1933] (2000): Cuadernos de la cárcel. México, ERA. [Edición crítica de Valentino Gerratana]. Tomo 4, Cuaderno 11: “Apuntes para una introducción y una iniciación en el estudio de la filosofía y de la historia de la cultura”. pp. 245-261.

[2] Aricó, José [1981] (1995): “Marxismo latinoamericano”. En Bobbio, Norberto (1995): Diccionario de política. México, Siglo XXI. Dos tomos. Volumen 2, p. 945. Cuando Aricó redacta esta voz de diccionario, ya había abandonado el marxismo, abrazando la socialdemocracia. Por eso resalta con no poca exageración la figura de Juan B. Justo, reformista y cabeza latinoamericana de la Segunda Internacional. Pero en la periodización que figura en ese diccionario, Aricó sigue en términos generales las tesis de Michael Löwy.

[3] Löwy, Michael [1980] (1982): El marxismo en América Latina. México, ERA. La primera edición de esta inmensa antología, una de las más importantes y completas que se han hecho sobre el marxismo latinoamericano, es de 1980. Se publicó en francés, aunque el autor es de Brasil, pero vive en Francia desde hace décadas. La segunda y tercera edición en castellano corresponden a 1982 y 2007. Hubo tres ediciones en portugués: 1999, 2006 y 2012. Cada edición sucesiva se fue ampliando e incorporando nuevos textos y aportaciones. Desde el comienzo (1980) se incluyeron dos fragmentos de Fidel Castro del año 1961, pero nunca se reprodujo la “Segunda Declaración de La Habana”.

[4] El mismo autor de esta célebre antología, más tarde amplió su perspectiva. Véase Löwy, Michael [1996] (1999): Guerra de dioses. Religión y política en América Latina. México, Siglo XXI. En esta investigación Löwy aplica ese otro abordaje metodológico de sociología de la cultura aclarando explícitamente, por ejemplo, que no reduce su libro de modo exclusivo a lo que se conoce como “teología de la liberación” y sus textos teológicos sino que aborda el “cristianismo liberacionista” que incluye no sólo textos sino también prácticas socio-religiosas de las comunidades cristianas de base. p.10.

[5]  Ingenieros, José [1921] (1947): Los tiempos nuevos. Buenos Aires, Editorial Futuro. En algunas de esas conferencias, Ingenieros también defiende el movimiento de los consejos obreros de las fábricas de Turín, donde participa Antonio Gramsci.

[6] Uno de los mejores estudios realizados en este rubro, desde el anticomunismo profesional, es el del General Villegas, Osiris Guillermo (1962): La guerra revolucionaria comunista. Buenos Aires, Biblioteca del Oficial del Ejército argentino. Esta investigación constituye uno de los textos sistemáticos más consistentes y completos elaborados en el continente (síntesis de las doctrinas militares francesas y estadounidenses de contrainsurgencia aplicadas en Vietnam y Argelia) que rastrea y clasifica (para el territorio argentino) desde círculos de poesía y grupos teatrales hasta periódicos sindicales, organizaciones políticas y culturales, etc. Este general no sólo fue un estudioso sistemático y un estratega teórico bastante instruido, sino también un genocida práctico.

[7] Cueva, Agustín [1987] (2007): Entre la ira y al esperanza y otros ensayos de crítica latinoamericana. Buenos Aires, CLACSO. Las críticas a las antologías de marxismo y los diccionarios reduccionistas en pp.140-141. Cueva agrega entre los formatos culturales inspirados en el marxismo también a la arquitectura y menciona como ejemplo paradigmático al célebre arquitecto comunista brasilero Oscar Niemeyer. p.143. A su vez, Roberto Fernández Retamar incluye dentro de este mismo horizonte las experiencias pedagógicas de Paulo Freire (su Pedagogía del oprimido) y la producción literaria de Eduardo Galeano (Las venas abiertas de América Latina). Fernández Retamar, Roberto (2006): Pensamiento de Nuestra América. Autorreflexiones y propuestas. Buenos Aires, CLACSO. pp. 68-69.

[8] Puede consultarse en: Castro, Fidel [1962] (1988): La Revolución Cubana 1953-1962 [Antología]. México, Editorial ERA. Preparada por Adolfo Sánchez Rebolledo [hijo del célebre filósofo marxista Adolfo Sánchez Vázquez]. pp. 458-486 y Castro, Fidel (2004): José Martí en ideario de Fidel Castro [Compilación]. La Habana, Centro de Estudios Martianos. Preparada por Dolores Guerra, Margarita Concepción y Amparo Hernández. pp. 121-147.

[9]  Castro, Fidel [1962] (1988): “Segunda Declaración de La Habana”. En La Revolución Cubana 1953-1962 [Antología]. p.474.

[10] Suárez Salazar, Luis (2003): Madre América. Un siglo de violencia y dolor (1898-1998). La Habana, Ciencias Sociales. Sobre la génesis de la Alianza para el Progreso en p. 239 y sig.

[11] Muchnik, Daniel (1999): Negocios son negocios. Los empresarios que financiaron el ascenso de Hitler al poder. Buenos Aires, Norma. p. 99.

[12] Pueden consultarse las intervenciones del Che Guevara (por entonces ministro de industrias de la Revolución Cubana) en la reunión del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES), dependiente de la Organización de Estados Americanos (OEA), reunida en Uruguay del 5 al 17 de agosto de 1961, en Guevara, Ernesto Che (2003): Punta del Este. Proyecto alternativo de desarrollo para América Latina. Melbourne, Ocean Press – Centro Che Guevara. El volumen contiene los discursos del Che, los numerosos proyectos de resoluciones presentadas a la reunión por la delegación cubana y la alocución posterior de Guevara en la TV cubana, donde rinde cuentas al pueblo de los debates y discusiones que tuvieron lugar en Uruguay.

[13] Para acceder a un panorama completo de esta otra reunión de la OEA en la cual el imperialismo pretende cortar los lazos de Cuba con el continente, pueden consultarse: Ramírez Cañedo, Elier  (2017): El Che y las relaciones Estados Unidos-Cuba en los años sesenta. China, Ocean Press. Este volumen incluye tanto el análisis y el balance crítico de Guevara sobre la Alianza para el Progreso de la administración Kennedy, como el testimonio del delegado personal del presidente estadounidense (Richard Goodwin) que se entrevistó con el Che en Uruguay. pp. 92-121. Para un contexto general de las disputas políticas, económicas y sociales de los años 1961-1962, puede consultarse Suárez Salazar, Luis (2022): “La Segunda Declaración de La Habana: Antecedentes, texto y vigencia”. En CariCen N°30, México, Edición del Centro de Estudios Latinoamericanos, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM. pp.14-25. Como fuente privilegiada de documentos históricos, fotografías y recortes periodísticos sobre esta reunión de la OEA en la que se expulsa a Cuba, véase la inmensa compilación realizada por Pereira Cabrera, Asdrúbal (2011): Para dar vuelta el mate. 1961. Ernesto Che Guevara en Uruguay [Documentos históricos]. Montevideo, Rumbo Editorial. [¡931 páginas!].

[14] OEA [Organización de Estados Americanos] (1962): “Acta de la sesión ordinaria celebrada el 14 de febrero de 1962” [Cuando finalmente se termina de sancionar formalmente la expulsión de Cuba de la OEA, ya decidida previamente por imposición monroísta de Estados Unidos sobre su “patio trasero”]. Puede consultarse el artículo de David Brooks (2/2/2022) “Documentos revelan que bloqueo de JFK [presidente Kennedy] a Cuba buscaba derrocar a [Fidel] Castro”

En https://www.jornada.com.mx/noticia/2022/02/02/mundo/documentos-revelan-que-bloqueo-de-jfk-a-cuba-buscaban-derrocar-a-castro-8043 [consultado el 20/5/2026]. En dicho artículo aparece el LINK para acceder a los documentos del imperialismo estadounidense recientemente desclasificados y publicados por el National Security Archive [Archivo de Seguridad Nacional de Estados Unidos]. Para ver la colección de los documentos y una cronología del bloqueo norteamericano contra la Revolución Cubana: https://nsarchive.gwu.edu/briefing-book/cuba/2022-02-02/cuba-embargoed-us-trade-sanctions-turn-sixty] [consultado el 21/5/2026].

[15] Véase por ejemplo: “Hace sesenta y tres años se trataba en Punta del Este la expulsión de Cuba de la OEA” (22/1/2025). En: https://correopuntadeleste.com/hace-sesenta-y-tres-anos-se-trataba-en-punta-del-este-la-expulsion-de-cuba-de-la-oea/ [consultado el 20/5/2026].

[16] Testimonio brindado por Fidel en una conversación personal (realizada junto con otros jurados del Premio Casa de las Américas) la noche del 1 de febrero de 2001.

[17] Tuvimos la oportunidad de conversar personalmente con Enrique Oltuski sobre estos seminarios coordinados por Mansilla en su propia vivienda en La Habana. Pero no grabamos esa conversación. En cambio, con Orlando Borrego Díaz hicimos dos entrevistas. Una escrita y otra filmada. En ellas Orlando Borrego, autor de varios libros donde también relata los estudios marxistas de aquellos años en la Revolución Cubana, narra con lujo de detalles los métodos pedagógicos utilizados por el profesor Mansilla para enseñar El Capital, una muy detallada lista de la bibliografía consultada y algunos de los muchos debates internos de esos seminarios. Incluso una controversia sobre Marx y su principal obra que mantuvieron una vez Mansilla y Fidel. Véase “Che Guevara: lector de El Capital” [2003]. Entrevista escrita a Orlando Borrego incorporada a nuestro libro (2005): Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder. Buenos Aires, Editorial Nuestra América. La entrevista filmada a Borrego Díaz [2014] se titula “El Che Guevara y El Capital”. Puede verse en YOUTUBE: https://youtu.be/m3OdDgSwaxs?si=fPbxBXtf1kne_JVr (También en VIMEO: vimeo.com/104670873 ).

[18] Aunque Mansilla priorizaba las clases e intervenciones orales, tiene dos trabajos escritos. Uno es Mansilla, Anastasio (1965): Comentarios a la sección séptima de «El Capital». La Habana, Publicaciones Económicas. El otro se titula Apuntes para el estudio de «El Capital» de Carlos Marx. [s/fecha; s/edit.]. Mimeo. Este último es una guía metodológica a los tres tomos de El Capital. Allí Mansilla marca distancia frente a la lectura de Louis Althusser (sin nombrarlo) pues pone en duda la contradicción entre un “Marx joven” y un “Marx maduro”, habitual en los círculos althusserianos de los años ’60. También se opone a la lectura catastrofista que anunciaba un “crack” automático del capitalismo, sin revolución. Por último, en esta guía introductoria, el profesor Mansilla marca la unidad de criterio metodológico dialéctico entre Marx y Lenin.

[19] Marx, Karl [1867-1873] (1986): El Capital. Crítica de la economía política. México, Editorial Siglo XXI. [Traducción de Pedro Scaron]. Tomo 1, volumen 3. p. 939. [Conviene aclarar que Mansilla, junto con Fidel y el Che, leyeron y estudiaron El Capital en la traducción de Wenceslao Roces, por entonces la mejor traducción al castellano].

[20] Fernández Retamar, Roberto [1981]: “Nuestra América y Occidente”. En (1995): Para el perfil definitivo del hombre. Prólogo de Abel Prieto. La Habana, Editorial Letras Cubanas. p.248.

[21] Blanco Castiñeira, Katiuska (2011): Fidel. La Habana, Ediciones Alejandro. p.257.

[22] Sosa, Jesualdo (1952): Mi viaje a la URSS (Montevideo, Editorial Pueblos Unidos). Más tarde, estuvo en la China liderada en aquellos tiempos por Mao Tse Tung, condensado sus impresiones políticas y culturales en su libro: Sosa, Jesualdo (1958): Conocí China en otoño. Buenos Aires, Ediciones Meridión.

[23] Recordemos que la obra de Ponce que más influyó en el Che, Humanismo burgués y humanismo proletario, fue publicada en Cuba el mismo año de la Segunda Declaración de La Habana. Véase Ponce, Aníbal [1935] (1962): Humanismo burgués y humanismo proletario. La Habana, Imprenta Nacional de Cuba. Prólogo de Juan Marinello. En la página 19 de ese prólogo de Marinello están adelantadas algunas hipótesis sobre Aníbal Ponce y los personajes Calibán y Ariel de la obra de teatro La Tempestad de William Shakespeare que luego reaparecen en el ensayo del mismo nombre, Caliban, de Roberto Fernández Retamar, redactado entre septiembre y octubre de 1971. Véase Fernández Retamar, Roberto [1971] (2005): Todo Caliban. Buenos Aires, CLACSO. Prólogo de Fredric Jameson. pp. 30-31.

 

[24] Martí, José [1895]: “Carta a Manuel Mercado”. Reproducida en Castro, Fidel [1962] (1988): “Segunda Declaración de La Habana”. En La Revolución Cubana 1953-1962 [Antología].  Obra citada. p.464.

[25] Castro, Fidel [1962] (1988): “Segunda Declaración de La Habana”. En La Revolución Cubana 1953-1962 [Antología]. Obra citada. p.466; Kohan, Néstor (2006): Fidel para principiantes [con ilustraciones]. Buenos Aires, Longseller. p. 96.

[26] Galeano, Eduardo [1971] (1999): Las venas abiertas de América Latina. La Habana, Casa de las Américas. Prólogo de Fernando Martínez Heredia. Principalmente pp. 31-105 y 351-447.

[27] En un enorme biografía del Che, Paco Ignacio Taibo II señala “El 4 de febrero, Fidel promulga en un discurso público la II Declaración de La Habana, un documento programático que recoge mucho de los puntos de vista del Che sobre la necesaria revolución en América Latina con una gran potencia”. Como hemos señalado en otras oportunidades, su biografía del Che, la mejor de todas, muchas veces subestima la teoría. Cuando el Che estudia marxismo, para el autor simplemente incurre en “dogmatismo”. De este modo “se le escapa” gran parte de la novedad teórica del Che. No le otorga ningún papel a sus estudios sobre El Capital, tampoco a sus Cuadernos de lectura. Y lo mismo hace con Fidel… En la II Declaración de La Habana Fidel no se limita a reproducir lo que piensa el Che. ¡Es su propio pensamiento! Si esta biografía le hubiera prestado más atención a las lecturas de Fidel o al seminario que juntos hicieron con el profesor Mansilla, no tomaría tan superficialmente la Declaración del 4 de febrero de 1962. Taibo II, Paco Ignacio [1996] (2017): Ernesto Guevara, también conocido como el Che. México, Planeta. p. 487.

[28] Castro, Fidel [1962] (1988): “Segunda Declaración de La Habana”. En La Revolución Cubana 1953-1962 [Antología]. Obra citada. p.483.

[29] Testimonio brindado por Fidel en una conversación personal (realizada junto con otros jurados del Premio Casa de las Américas) la noche del 1 de febrero de 2001. En esa oportunidad Fidel se explayó sobre el lugar del azar en dos momentos centrales de la existencia humana. Como ejemplos, hizo referencia al nacimiento de la vida (se preguntaba por la concepción y el azar de los espermatozoides en el acto de la fecundación); y el momento de la muerte, dando ejemplos de las veces que él mismo podía haber muerto y no ocurrió durante la guerra revolucionaria. Por lo tanto, según su conclusión de ese momento, el azar jugaba un papel en la historia, no todo estaba determinado de antemano por leyes absolutas.

[30] Estrada, Ulises y Suárez, Luis [edit.] (2006): Rebelión Tricontinental. Las voces de los condenados de tierra de África, Asia y América Latina [Antología]. Melbourne, Ocean Sur – Ediciones Tricontinental.

[31] Castro, Fidel [1962] (1988): “Segunda Declaración de La Habana”. En La Revolución Cubana 1953-1962 [Antología]. Obra citada. p.469. En este punto encontramos otra de las muchas coincidencias entre Fidel y el Che, esta vez en torno al papel del cristianismo revolucionario en la emancipación de Nuestra América. Véase Suárez Salázar, Luis (2012): La estrategia revolucionaria del Che. Una mirada desde los albores de la segunda década del siglo XXI. Caracas, Editorial Trinchera. p. 53.

[32] Castro, Fidel [1953] (2005): La historia me absolverá. Presentación de Atilio Borón. Prefacio de Pedro Álvarez Tabío y Guillermo Alonso Fiel. Buenos Aires, Ediciones Luxemburg. p. 60.

[33] Castro, Fidel [1962] (1988): “Segunda Declaración de La Habana”. En La Revolución Cubana 1953-1962 [Antología]. Obra citada. p.481.

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