
Pocas figuras del siglo XX condensan con tanta intensidad las contradicciones, las esperanzas y los dilemas de su época como el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Su significación histórica no se agota en los adjetivos fáciles ni en las simplificaciones mediáticas; se explica, sobre todo, mediante un catálogo de cualidades que lo convirtieron en líder, estadista, humanista y genio político-militar.
Como pueblo cubano hemos tenido la “suerte” de haber tenido, y tener para siempre a Fidel. Sin embargo, pocas veces reparamos en la suerte que tuvo Fidel de tenernos como pueblo. Fidel nunca concibió proyecto o batalla alguna sin la participación decisiva del pueblo, ya sea en forma de vanguardia, de grupo de colaboradores o de decisivas masas en el destino nacional e internacional.
Sobre el papel de la personalidad en la Historia, ha dejado claro, que los méritos y glorias que se les puedan atribuir a él o individuo alguno, “caben en un grano de maíz”, comparado con el inconmensurable papel de las masas populares en el curso de la historia.
Fidel no hubiese trascendido en ninguna otra geografía que no fuera la cubana, de la misma manera que este país hubiese sido otro sin su privilegiada huella y presencia. Esa dialéctica simbiosis histórica hubo de producir el milagro, de lo que se llama Revolución Socialista Cubana y de un acontecimiento único en la historia de las revoluciones sociales: que en un tiempo corto (en 1895 murió en combate José Martí, el “Alma de la Revolución” cubana de esa época y en 1953, con el asalto a los cuarteles “Moncada” y “Carlos Manuel de Céspedes”, Fidel se erige como líder referente en la historia cubana); transitaron apenas 58 años, para que en un mismo país, desde un mismo pueblo, surgieran dos figuras de talla internacional y con trascendentes y decisivos aportes de carácter universal.
A lo largo de su prolija vida y carrera revolucionaria fue capaz de esculpir una personalidad notable por sus convicciones, sus cualidades morales y patrióticas y su inteligencia lustrada por la genialidad política y militar.
En mi opinión descollaron veinte cualidades que lo hicieron trascender. Sin intencionar un orden de importancia sobresalen su visión estratégica, la integridad revolucionaria, el liderazgo carismático, la capacidad de movilización popular desde el ejemplo personal y la validación de la práctica de sus ideas, el internacionalismo solidario, el antimperialismo profundo y consecuente, la construcción de la unidad nacional, maestro de una oratoria transformadora, la firmeza en la defensa de la soberanía y la independencia nacionales, el humanismo práctico hacia la dignidad humana, la sensibilidad social profunda, la solidaridad, la utilidad y el desprendimiento desinteresado hacia los oprimidos del mundo, defensor de la justicia social, como sol moral de las sociedades humanas, impulsor de la cultura y el conocimiento, se erigió como genio político-militar, táctico y estratégico, la audacia y la valentía personal sin alardes y sin necesidad de sobresalir, resistencia y capacidad de sacrificio, ausencia de miedo al enemigo y las dificultades y el impulso de la innovación y el desarrollo científicos.
En el plano del liderazgo y la conducción del Estado. Su visión estratégica fue de largo alcance. Se repite hasta la saciedad: “Fidel viaja al futuro, regresa y lo explica».
Fidel no pensaba en meses, sino en décadas; concibió la Revolución como un proceso ininterrumpido de cambios profundos, anticipando escenarios y tejiendo alianzas mucho antes de que resultaran obvias. De esa visión brotó una integridad revolucionaria a toda prueba: mantuvo coherencia esencial entre discurso y acción, incluso cuando las presiones externas invitaban a ceder. Esa solidez moral cimentó un carisma auténtico, basado en la convicción que le permitió encarnar las aspiraciones populares sin divorciarse nunca de la calle. A su carisma sumó una oratoria transformadora, mediante la cual convertía el análisis político en pedagogía colectiva; sus discursos no solo informaban, sino que organizaban emociones, voluntades y conciencias.
Como conductor de un país bloqueado, asediado, difamado y agredido, destacó por una defensa inquebrantable de la soberanía nacional. Jamás aceptó tutelajes ni humillaciones, y esa dignidad irradió respeto en América Latina, África y Asia. Esa defensa se tradujo en un antimperialismo consecuente que no fue simple retórica, sino principio rector de la política exterior cubana y del apoyo a los movimientos de liberación.
Al mismo tiempo, ejerció un liderazgo unificador: supo amalgamar corrientes diversas del nacionalismo revolucionario, desde el movimiento obrero hasta el campesinado y los intelectuales, en una fuerza orgánica sin la cual la Revolución no habría sobrevivido. Esa capacidad de movilización popular permanente fue otro rasgo capital; Fidel entendió que la Revolución se defendía con la participación activa de millones, no solo con fusiles, y así construyó milicias, brigadas de alfabetizadores y redes de solidaridad que transformaron la isla en un bastión de resistencia creativa.
La dimensión humanista de Fidel Castro es, tal vez, la que más directamente toca la fibra del reconocimiento nacional e internacional de Fidel. Su humanismo práctico, antes de materializarse en conquistas tangibles, tuvieron en sus colaboradores, seguidores y pueblo en general un profundo impacto. Hay muchas anécdotas que lo confirman.
Está el hecho de no abandonar al joven médico Ernesto Guevara en una prisión mexicana, acusado de comunista, cuando su puesta en libertad llegó primero que la del “Che”. Otra que conmociona y estremece, es la de detener el yate en que viajaban 82 hombres, con armamento, parque de guerra, recipientes con agua y combustible, mochilas, fusiles, en un espacio concebido para 25 tripulantes, en medio de un mar tormentoso, con la tensión de la persecución, la fragilidad de la embarcación y el compromiso de llegar a tierra cubana en una fecha sincronizada, para rescatar a un compañero caído al mar, de noche y durante una hora. También impacta el desvelo de Fidel cuando la CIA y el Gobierno norteamericano de Ronald Reagan introdujeron el dengue hemorrágico en Cuba, provocando la muerte de 158 personas, de ellos, 101 niños.
Cuba pasó del analfabetismo y la insalubridad heredadas a ser el país con mayor índice de escolarización, esperanza de vida, de menor índice de mortalidad infantil y de mayores percápitas de graduados universitarios, maestros, médicos, campeones olímpicos del deporte y mujeres científicas del hemisferio. Eso fue posible porque poseía una sensibilidad social profunda que lo llevó a considerar la salud y la educación no como mercancías, sino como derechos sagrados del ser humano. De esa raíz brotó un internacionalismo solidario sin precedentes: médicos, maestros y constructores cubanos llegaron a las selvas centroamericanas, a las montañas de África y hasta a los barrios pobres de naciones ricas, llevando lo que tenían –conocimiento y manos– sin pedir nada a cambio. Más de 600 mil colaboradores de la salud cubana han prestado servicios médicos en 165 países, en la inmensa mayoría de las veces en lugares donde nunca hubo un médico y de manera gratuita, como la “Operación Milagro”, que le devolvió o mejoró la visión a más de 3 millones de personas de 34 países; creó tres vacunas propias durante la pandemia de Covid-19 y fue el único país del mundo que envió 53 brigadas médicas a 42 países a combatir la terrible enfermedad, como antes hiciera en África en el enfrentamiento al virus del ébola.
Esa solidaridad era expresión de una vocación de justicia social universal; para Fidel, la Revolución cubana no se realizaba plenamente mientras existieran pueblos oprimidos. Por eso se convirtió en un defensor incansable de la dignidad humana, alzando la voz contra el racismo institucionalizado, la segregación y toda forma de exclusión. Además, mostró un compromiso genuino con la cultura y el conocimiento, no como adorno, sino como herramientas de liberación; impulsó escuelas de arte, editoriales, el cine cubano y una red de museos que democratizaron el acceso a bienes espirituales antes reservados a élites.
El perfil de genio político-militar completa el retrato. El primer rasgo que salta a la vista es la audacia calculada: desde el asalto al Moncada en 1953 hasta la expedición del Granma, Fidel demostró que los proyectos aparentemente imposibles se pueden emprender si se basan en un análisis certero de la realidad. Una vez en la Sierra Maestra, reveló un dominio magistral de la guerra de guerrillas, combinando movilidad, sorpresa, apoyo campesino y una ética de respeto al enemigo herido que desmontó la propaganda adversaria. Esa técnica no era mera teoría; se sustentaba en una extraordinaria resistencia física y moral, capaz de soportar hambre, emboscadas y la pérdida de compañeros sin quebrar la voluntad.
A esa fortaleza añadió una innovación táctica permanente: entendió antes que muchos que el terreno político era tan decisivo como el terreno militar, y convirtió cada combate en una victoria comunicacional que minaba la legitimidad del régimen batistiano. De ahí su habilidad para leer al adversario: supo anticipar los movimientos de la dictadura y, más tarde, frustrar la invasión mercenaria de Playa Girón en menos de 72 horas, en lo que constituyó la primera derrota militar del imperialismo en América Latina. En los años posteriores, su pensamiento geopolítico global le permitió insertar a una pequeña isla en las grandes disputas de la Guerra Fría sin perder la autonomía, tejiendo una red de alianzas que iba desde Moscú hasta los países no alineados, siempre en función de los intereses de Cuba y de la descolonización.
Finalmente, la sinergia de todas esas cualidades configuró a un estadista que hizo de la creatividad en la adversidad una norma de gobierno. Ante el derrumbe del campo socialista europeo, mientras muchos vaticinaban el fin de la Revolución, Fidel reinventó la economía, apostó por el turismo, la biotecnología y la solidaridad médica como nuevas fuentes de divisas y prestigio. En ese período, su capacidad de aprendizaje continuo quedó expuesta: sin abandonar los principios, promovió reformas y corrigió errores con una humildad poco común en figuras de su talla.
Fidel Castro Ruz no fue un mito de una sola pieza, sino un ser humano de luces y sombras que, sin embargo, encarnó como pocos veinte cualidades que dan la medida del gigante histórico. Líder visionario, estadista firme, humanista consecuente y genio político-militar, transformó a Cuba de manera irreversible y legó al mundo un ejemplo de resistencia digna. Su significación trasciende geografías e ideologías porque, en su empeño por construir un país soberano y justo, tocó fibras universales: el derecho de los pueblos a decidir su destino, la solidaridad como vínculo superior al lucro y la certeza de que, aun en las condiciones más adversas, otro mundo sigue siendo posible.
Todo lo anterior se resume en la siguiente valoración del General de Ejército Raúl Castro Ruz: http://www.cubadebate.cu/especiales/2008/02/24/discurso-integro-raul-castro-ruz-presidente-consejos-estado-ministros/
“… como he afirmado muchas veces, el Comandante en Jefe de la Revolución Cubana es uno solo. Fidel es Fidel, todos lo sabemos bien. Fidel es insustituible y el pueblo continuará su obra cuando ya no esté físicamente. Aunque siempre lo estarán sus ideas, que han hecho posible levantar el bastión de dignidad y justicia que nuestro país representa.
Sólo el Partido Comunista, garantía segura de la unidad de la nación cubana, puede ser digno heredero de la confianza depositada por el pueblo en su líder… Esa convicción tendrá particular importancia cuando por ley natural de la vida, haya desaparecido la generación fundadora y forjadora de la Revolución… Fidel está ahí, como siempre, con la mente bien clara y la capacidad de análisis y previsión, más que intacta, fortalecida, ahora que puede dedicar al estudio y el análisis las incontables horas que antes empleaba en el enfrentamiento a los problemas cotidianos.
A pesar de la paulatina recuperación, sus condiciones físicas no le permitirían aquellas interminables jornadas, con frecuencia separadas por escasas horas de descanso, que caracterizaron su trabajo prácticamente desde que emprendió la lucha revolucionaria y aún con mayor intensidad durante estos largos años de período especial, en que no se permitió siquiera un solo día de vacaciones.
La decisión del compañero Fidel es una nueva contribución, con su ejemplo que lo enaltece, en aras de asegurar desde ahora la continuidad de la Revolución, consecuente en quien ha tenido siempre como guía el precepto martiano: «Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz». Igualmente es inconmovible su decisión de continuar, mientras tenga fuerzas para hacerlo, aportando a la causa revolucionaria y a las ideas y propósitos más nobles de la humanidad.
Fidel, sigue siendo, aun como símbolo, un hombre de acción y pensamiento, capaz de transformar a Cuba en un símbolo mundial de resistencia y justicia social. Su legado, encarna la universalidad de un líder que marcó la historia del siglo XX y XXI.
