
Otra vez vive nuestra América la amenaza inminente de un conflicto militar grave o, para decirlo de forma menos diplomática y más realista, de una guerra profunda, de una masacre, de un exterminio. Otra vez nos toca asomarnos a mirar el rostro de la muerte en nuestra propia región, en nuestras propias casas, en nuestros propios países, en nosotros mismos.
Y, nuevamente, esa amenaza, ese peligro —cuya potencia parece estar a punto de convertirse en acto fatal— se fabrica en el mismo lugar donde antaño se fabricaron los aviones y las armas con las que se pretendió hacer rendir a los rebeldes latinoamericanos, que como en Cuba, lucharon por la independencia nacional hasta lograrla.
Esa osadía firmada de «patria o muerte» que tuvieron nuestros héroes, todavía no ha sido asimilada por el imperialismo (ni lo será). Ese mismo imperialismo que vuelve a alzar su terrible bota de siete leguas y pretende de cuajo dañar —esta vez— a Venezuela.
Made in USA dice el grito de desesperanza y horror que quieren —bajo cualquier pretexto— imponer sobre la inocencia de nuestros niños sin amo, sobre la alegría de nuestros hermanos humildes, sobre la memoria lastimada de nuestros pueblos tantas veces violentados. ¿Por qué? ¿Bajo qué derecho? ¿Qué excusa se buscó ahora el imperio para negar nuestra mayoría de edad?
El grito de guerra que hoy se inventa contra Venezuela, no es solo contra la tierra de Bolívar, sino contra América Latina y el Caribe toda. Ir contra Venezuela es, al mismo tiempo, ir contra Cuba, contra Colombia, contra Brasil, contra Chile, contra México…, contra la Patria Grande, contra Nuestra América, y —¿por qué no?— contra el mundo. Por eso, a ese grito de muerte del imperialismo estadounidense nos corresponde contraponer el grito de unidad, de latinoamericanismo, de insubordinación, de determinación, de libertad y de vida.
Nada nos obliga a cargar sobre nuestros hombros las consecuencias de un imperio que agoniza en su decadencia y su falta de creatividad. No puede sobrevivir Estados Unidos, y particularmente la élite que lo dirige, a costa de seguir estirando el sueño de la potencia que un día fue.
No puede sostener nuestro mal vecino del Norte, el acostumbrado ritmo de sobre-explotación de los recursos naturales y humanos; por eso necesita caer con toda su fuerza sobre nuestros ricos mares y tierras de América. Impotente como ha quedado en Eurasia ante Rusia y China, aspira el matón a descargar su arrebato en el que habitualmente ha considerado, irrespetuosamente, su patio trasero.
No sabe ya cómo disimular lo obvio: el declive de todo un sistema de relaciones sociales de producción capitalista que para sobresalir necesita machacar hasta los huesos a su capital humano, y al mundo en pleno si fuera preciso.
No tiene bandera. Se dice «de América», pero ello solo tiene valor nominal. Su identidad con nuestra región no es espiritual, se traduce en un sentido de pertenencia material del amo con sus súbditos, con sus «cosas».
La batalla que comenzamos hace siglos no ha concluido, hoy se perfila decisiva.
De nuestro lado está el derecho legítimo a la vida, a la justicia, a la soberanía, a la independencia, a la felicidad, al futuro. No plantarnos hoy con nuestros hermanos de Venezuela, como un día fue el grito a hacerlo con Cuba, o con Chile o con Haití…, será un error que no debemos cometer. La historia nos mira, nuestros hijos no nos lo perdonarán.
Paz es la palabra de orden, pero también: independencia, soberanía, autodeterminación, anticolonialismo, resistencia, lucha, dignidad. Quien se levanta hoy por Venezuela, que es hacerlo por América Latina y el Caribe —como un día exigió el Apóstol movilizarnos por Cuba—, se levanta para todos los tiempos. «América, no invoco tu nombre en vano».
Marxlenin Pérez Valdés
Doctora en Ciencias Filosóficas y Profesora Titular de Marxismo.
Coordinadora de Planificación Editorial en IDEAS Multimedios.
REDH-CUBA
