Eran las 6:30 de la mañana, una madrugada que ya empezaba a estar fría, sobre todo al pie de la cordillera donde vivíamos. Sonó el teléfono, reconocí de inmediato la voz cubana del flaco Olaff, que decía: el golpe va, ya comenzó, tienen que venir todos a la embajada para protegerse. Así llegó, de pronto, lo que habíamos hablado y discutido hasta el cansancio; se nos vino encima sin más. Encendimos la radio convenida, por donde se transmitirían las instrucciones, pero estaba en silencio. Había que sacudirse y salir a buscar a los compañeros, las armas personales que había y llegar a la embajada de Cuba. Cerca ya de la embajada dimos de frente con un reten militar que nos detuvo. Me puse a gritar que tenía dolores de parto, contracciones; que teníamos que llegar al hospital. Yo podía hablar con acento chileno. Nos dejaron dar la vuelta y regresar. La embajada estaba ya rodeada y sería atacada al medio día. Como muchos, no sabíamos qué hacer, a dónde ir. Nadie realmente sabía lo que era un golpe de Estado, a pesar de haberlo leído y escuchado. A pesar de saber sus fechas y lugares: Guatemala, Paraguay, 1954; Haití y Argentina 1956; Ecuador, 1962; Brasil y Bolivia, 1964; República Dominicana, 1965, y los recientes de Bolivia y Uruguay.

Ese día, Allende anunciaría que se convocaba a un plebiscito, propuesta concebida como la forma democrática de parar el golpe. El pueblo chileno tendría la última palabra. Si se perdía, se convocaría a elecciones; si se ganaba se ratificaba la voluntad de cambio y se fortalecerían las posibilidades de sostener el proceso, condenar el terrorismo y desenfreno de las derechas. Dos semanas antes frente a los atentados de Patria y Libertad, el presidente había dicho: estamos al borde de una guerra civil y hay que impedirlo. La conspiración estaba ya muy avanzada y organizada, presintieron que perderían el plebiscito y adelantaron el día del golpe. Sus primeros movimientos estaban calculados para destruir las posibilidades de organización de la resistencia. La Ley de Control de Armas y la información que obtuvieron en el pregolpe o tancazo, les permitió desarmar con tiempo los lugares de posibles combates y actuar con precisión. Bombardearon las torres de radio. Realizaron su estrategia: matar lo más rápido posible al mayor número, para aterrorizar y desmoralizar la resistencia. Así, sin escrúpulo alguno. Ni ortodoxos o reformistas, radicales o libertarios ni simples ciudadanos demócratas se salvaron: a todos arrasó el golpe.

Se decretó inmediatamente el toque de queda. Nadie podía estar en las calles ni moverse. Cambiábamos de casa para no comprometer a nadie. Pasados los tres días del toque, muchos salimos a recorrer las calles, intentando encontrar alguien que supiera qué hacer, dónde resistir. La impotencia era implacable. El temor crecía. Leigh, comandante de la Fuerza Aérea entrenado en Panamá y Estados Unidos y cabeza del golpe, aparecía reiteradamente en la televisión. Su mensaje se me grabó de manera permanente: un cáncer marxista y extranjero se ha apoderado de Chile y hay que extirparlo totalmente, levantaremos piedra sobre piedra hasta encontrar a todos. La absurda guerra fría encarnada y avasalladora, que hasta hoy repiten. Yo pensaba en los compañeros obreros de los cordones, ¿dónde estarían? Se sabía que miles estaban presos en el estadio y que fusilaban por el río Mapocho. Todos los días resonaban en mí las palabras de Fidel en su despedida de Chile en diciembre de 1971: “Me acusan de que vine aquí a enseñar, pero vine a aprender… he aprendido mucho… ¿Quiénes han aprendido más rápido en este proceso, el pueblo o los enemigos del pueblo?… En este singular proceso revolucionario, ellos han aprendido mucho y rápidamente… Aquí he visto al fascismo en las calles, han tomado las calles”. Los días pasaban, el cerco se estrechaba sobre todos. Habían arrasado con la población Nueva Habana, entraron a la nuestra y se llevaron a varios compañeros al estadio. Algunos socialistas nos aconsejaron entrar en la embajada de Argentina y explicaron el procedimiento: alguien vigilaba desde el balcón, había que pararse en una esquina donde no nos veían los militares, el del balcón avisaba al cónsul que salía a la calle para dejar la puerta abierta y cubrir a los que podrían entrar, o bien brincar el alto muro de detrás que colindaba con el hospital.

En la embajada –una casona colonial con jardín y barda alta– estábamos unas 700 personas, había sólo tres baños, un salón grande donde se amontonaba la mayoría y unas cuatro habitaciones en la planta alta para los mayores y mujeres con niños o embarazadas. La Cruz Roja abastecía una vez por semana, organizamos comisiones de limpieza, cocina, médica y otras. Había muchos chilenos; reconocí alguno de los interventores de fábrica, periodistas, Ariel Dorfman, una sobrina de Allende. También argentinos como Sergio Bagú, reconocido historiador; Roberto Frenkel, economista; uruguayos, brasileños, bolivianos. En condiciones sumamente difíciles nació mi hija el 8 de octubre. Lograríamos salir hasta noviembre a una turbulenta Argentina. Pronto, demasiado pronto, cayó allí también un sangriento golpe, que selló el acuerdo de la operación Cóndor entre Chile, Argentina, Paraguay, Brasil, Uruguay y Bolivia. La muerte se enseñoreó sobre el cono sur de Nuestramérica.

Fuente: La Jornada

Por REDH-Cuba

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