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Cuba va por el mundo de hermana, no quiere ser faro, pero tiene luz, una estrella que nos legaron para que la Patria sea ara, no pedestal. Con rabia cuidan los pueblos sus tesoros y como fieras defienden a los suyos. Con belleza salvaje crean sus nombres y gritan sus sonidos y así renace el mundo de sus manos, empapadas de rabia y de esperanza.


La crisis que vive la sociedad cubana abruma el pensamiento crítico, incluso a las miradas que intentan acercarse a la realidad despojada de prejuicios En estas circunstancias de plaza sitiada, amenazas de invasión y carencias, cubanas y cubanos tenemos el deber de seguir un camino que se anunció desafiante desde su comienzo, la defensa de la soberanía de la nación.

La revolución socialista de liberación nacional ha sido la consagración de una libertad pospuesta desde las guerras por la independencia. Desde su irrupción, apostó por los humildes quebrando todas las estructuras de dominación que encontró a su paso. Los que habían sido despojados de todo fueron sus autores y los protagonistas. Se defendió con una alta dosis de ternura y heroísmo de este pueblo trabajador. Esa es la base de la resistencia de estos años. Ha sido un acto de fe.

La memoria de ese proceso está en disputa. El relato de la coyuntura se despoja de historia y sujeto. Se convierte en pensamiento único y el fragmento de la realidad que se narra, se presenta total y eterno: eso que dicen es todo lo que pasa y así ha pasado siempre.

Quienes tienen que cocinar cuando se puede, moverse solo cuando la urgencia vence a la inflación, hacer malabares para lavar, comprar el pan que aparezca, mover un abanico largas horas de la noche, sacar solo una pequeña parte de la cosecha esperada porque fue afectada por falta de agua, no pueden ver para creer. Los y las humildes atraviesan una crisis de certezas mientras luchan para vivir y su resistencia tiene mucho de misterio, la resistencia como la opción ética de creer, aun sin ver.

Conocedores de la historia, toman una opción desde el legado que reciben como herencia desde la fundición de los cimientos de la Patria. Creen en la libertad como la capacidad de servir, como proceso de toma de conciencia del lugar que se ocupa y de la capacidad de transformar ese lugar, la libertad como un proceso de empatía con los demás, una experiencia vivida en relación, para afirmar, desde rupturas y desgarramientos, un camino de autonomía, independencia y soberanía.

En su condición de isla en el Gran Caribe, Cuba pudo ser embarcadero del crimen, puerto de narcotráfico, playa reservada en lengua extraña. El crimen de despojarla de su condición de nación pudo procurar su absolución con la ilusión del privilegio, el ascenso y el consumo, en la sombra de un gran poder.

Cuba optó por enfrentar ese orden criminal con sus promesas e ilusiones, miró de frente, se la jugó, asumió su soledad sin marchitarse, enfrentó a su enemigo sin amargura, cultivó amistades en su internacionalismo, quiso que la comprendieran, pero no se desveló cuando eso no fue posible. Se propuso ser Nación consciente de que no es un desatino ni un capricho desafiar ese orden que la ha mirado siempre como la pieza del rompecabezas caída de la mesa.  En 1959 toda la memoria de su añeja rebeldía se agolpó al instante y dejó de ser sirvienta moderna con sonrisa amable; pequeña república agradecida y cumplidora de las reglas de juego de su protector.

No fue en 1959, sino en 1805, que Thomas Jefferson, tercer Presidente de EEUU, expresó el deseo de una “conquista fácil” de la isla. Casi dos décadas más tarde John Q. Adams hablaba de la gravitación natural de la isla hacia la Unión, como una fruta que no puede evitar caer cuando madura. Entre 1845 y 1897, cinco veces los presidentes de EEUU intentaron comprar la isla. Sonaron las campanas de la guerra por la independencia. El faro de la democracia occidental era el principal suministrador de armas y recursos del poder español y desconocía los gobiernos de la República de Cuba en Armas. No hubo reconocimiento a la beligerancia y tampoco neutralidad ante el conflicto. En 1898 intervinieron y ocuparon. En la bahía de Guantánamo dejaron una herida abierta hasta hoy. Si bien Estados Unidos dijo en la Resolución conjunta no tener “deseo ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio” sobre Cuba, traicionó al Ejército Libertador con el Tratado de París, no reconoció la independencia y se otorgó el derecho de intervención y ocupación militar.

Después del 20 de mayo de 1902, había república y bandera, pero el Generalísimo describía el sentimiento de pesadumbre de los cubanos de bien: “moralmente tenemos los americanos aquí”. La Enmienda Platt les permitió intervenir en Cuba en 1906. Sus enviados y representantes hicieron y deshicieron en bares, cabarets y en la política cubana, en una clara muestra de dominación a cubanas y cubanos, tratados como criollos sin linaje y sin cultura política. Cuba era parte de la competencia entre imperios por el control de las rutas y los territorios. Se configuraba el sistema-mundo moderno en proceso de globalización.

Cuando en la década del 30, la Revolución popular puso fin a la dictadura de Machado, EEUU no dialogó con los jóvenes incómodos y rebeldes, no fue a reunirse con el pueblo que protestaba en las calles, con los estudiantes que bajaban la escalinata, no visitó familias despojadas de techo, tierra o trabajo, no defendió la democracia frente al tirano, no mandó a su embajador a escuchar la voz del pueblo oprimido; mandó buques de guerra y su “mediación” una vez más descarriló el triunfo popular.

Veinte años después, apoyó a Batista en la destrucción de la legalidad constitucional para controlar y garantizar la estabilidad a fuerza de golpe de Estado y dictadura para el control de la isla.

La memoria es la voz interior de los pueblos. Aun cuando no se escriba, cuando sea amenazada, ella está allí, espera con paciencia y sale bajo las piedras y canta desde la poesía y sudores, los aparentes olvidos.

La dignidad se asienta en vivir con principios. Es la fuerza principal de la resistencia.   Quienes ven un proceso lleno de defectos y límites y ponen en el intento de Cuba de construir bienestar, todo lo feo que saben ver, desconocen que el pueblo de Cuba sabe que en su dignidad está la fuente de su autoridad frente a quienes la asfixian y cercan para ahogarla en el mar. La dignidad incluso de no rendirse al odio ni al resentimiento; tampoco al desaliento, a lo feo, al miedo. La dignidad es convertir en milagro el barro, la leña en fuego, sin romantizar las dificultades con las que nadie quiere vivir.

En 2019 el pueblo cubano aprobó una Constitución en referendo popular, con la determinación de ser Estado socialista de derecho y justicia social, con cambios en la estructura de propiedad, en la estructura del Estado, con ampliación de los derechos ciudadanos, con el compromiso de ser una sociedad más democrática. Esto no fue noticia ni causa de agrado. Son los aciertos los que desequilibran e inquietan. Estos aportes que se niegan o desprecian, constituyen el núcleo de la potencialidad democrática del proyecto socialista y el testimonio fundamental de su soberanía política. Frente a ellos, el gobierno de EEUU reaccionó con el recrudecimiento del bloqueo y el cerco petrolero.

Desde el triunfo de la revolución socialista de liberación nacional en el 59, Cuba no participa en el tráfico ilícito de drogas, ni en el crimen organizado, ni en la trata de personas. Colabora con políticas migratorias que contribuyen a la seguridad nacional de EEUU. En Cuba no existen desapariciones forzadas. Cuba jamás ha apoyado el terrorismo que denuncia y condena. Al contrario, Cuba construyó hospitales y entregó sangre de cubanas y cubanos en Chile, llegó a Angola para apoyar en su independencia, la de Namibia y ponerle fin al apartheid; alfabetizó en Nicaragua y socorrió al pueblo haitiano y paquistaní cuando los terremotos; combatió el Ébola en África, la COVID en Italia con la Brigada Henry Reeve creada para apoyar en misión médica a los damnificados del huracán Katrina en la desolada New Orleans. Nunca preguntó quién gobierna ni se preocupó por su ideología, mucho menos preguntó qué podría ganar el pueblo cubano en cada acción. Se orientó por el deber de salvar vidas y ponerse al servicio.

Esta historia es la que explica la solidaridad que Cuba recibe estos meses: las toneladas de alimentos y medicinas enviadas por el pueblo de México, la campaña de los Sin Tierra de Brasil, la ayuda solidaria de los movimientos populares de Colombia, un Convoy internacionalista con más de 600 personas de todo el mundo, incluso, un pequeño barco que zarpa de puerto mexicano con el nombre de Granma II, como símbolo de acompañamiento, solidaridad y gratitud.

Estar conscientes de la crisis civilizatoria, del peso del cerco y el bloqueo y la situación dramática que vive nuestro pueblo, no quiere decir que no examinemos y estemos obligados a superar con urgencia, errores e insuficiencias propias. La Cuba que queremos se construye cada día en una lucha global entre proyectos que no son elegibles como la ropa del sábado en la noche o el color de la pared del librero. Se trata de un campo de fuerzas en conflicto de las que hacen parte nuestras posiciones. En la calma y en la guerra el proyecto de dominación actuará con toda la violencia que precise para destruir a su contrario.

Desde esa conciencia hay que abrirse espacio en lo estrecho: consagrar lo conquistado con normativas, apostar por la producción nacional,  la descentralización que transfiere poder real a los territorios, el estímulo a las formas de gestión en una concepción socializadora de la producción de bienes y subjetividad; el despliegue de la capacidad creadora del pueblo, sin miedo a su crecimiento, articulación y organización de procesos colectivos autogestionados, y  sobre todo, ampliar canales directos y vinculantes de expresión del poder popular, en entornos de proposición, ejecución y evaluación de políticas, donde se exprese el consenso y el disenso. La protesta es derecho ciudadano, pero sobre todo debe ser parte de la expresión y transformación de los conflictos en el terreno de la política, como parte de una cultura donde el debate y la transparencia no constituyen amenazas y se disfruta de lo inconforme, lo incómodo y lo incompleto de un proyecto que tiene en el pueblo su autor y ojalá, cada vez más, su dueño.

Cubanas y cubanos estamos llamados a dar una batalla por lo cubano, tan irredento en las tropelosas noches de la ciudad como en las mañanas ocupadas de la manigua. Quien alimente discordia donde no habita el enemigo verdadero del pueblo, pretende erguirse sobre la Patria como su pedestal, con egoísmo y cobardía, merece desprecio. Quien, amante de su nación, se desvela por sus dolores y procura su bien desde cualquier lugar del mundo, y la quiere libre, hermosa y llena de esperanzas, debe ser recibido como hermano a fundar en tiempo nuevo, desde el amor a la Patria que nos une.

Nuestros caminos actuales son complejos. El desenlace dependerá de cómo se ubica el pueblo en la centralidad del proyecto con protagonismo y soberanía popular. Solo un sujeto que se siente parte, ama y defiende la obra. La dirección colegiada de la sociedad es esencia que debe distinguir al proyecto socialista.

La unidad es fundamental en esta hora, pero la unidad sin antimperialismo no le sirve a la Patria. La unidad sin proyecto de justicia no le sirve tampoco. Le sirven niños y niñas contentos en la escuela, científicos en la dirección de la sociedad, conciertos de trova en barrios, juegos de béisbol en estadios llenos, café compartido en las cocinas, medicinas asequibles al jubilado, siembra en tierra buena, comida en el plato sin agobios, familias unidas, participación real en la creación de los destinos del país.

Es necesario ampliar y crecer el bloque hegemónico con capacidad de dirección y protagonismo real. Esto precisa de un Estado presente en todas las contradicciones y dolores de la sociedad, garante de los derechos consagrados y de la unidad de los imprescindibles, que son los que hacen labor, sin tribuna ni intereses.

No es el régimen cubano lo que le preocupa al gobierno de EE.UU, no es la felicidad del pueblo; es el símbolo de la Revolución lo que debe ser destruido en escarmiento y castigo, desde la noción de otra isla posible y bonita que tendría que erigirse sobre el silencio, el olvido y la desmemoria.

Hay relaciones diplomáticas entre los gobiernos y posibilidades de entablar conversaciones en el respeto a la autodeterminación y la soberanía de Cuba. Tejer esos esfuerzos también hace parte de la resistencia que tiene como brújula el bienestar del pueblo, sin olvidar las lecciones de la historia.

No desconocemos la complejidad tremenda de este tiempo en que está en riesgo la vida del país. Estamos frente a un poder que se cree impune y actúa desbocado, ajeno a toda norma que no sea el desafuero por la riqueza, el espíritu de conquista y la obsesión por llevarse una medalla entre las cenizas. Lo quiere todo. La mejor forma de luchar por el futuro de la humanidad junto al pueblo cubano, es luchar contra el imperialismo y frenar al gobierno de EEUU en su barbarie.

Cubanas y cubanos debemos cuidarnos como pueblo, cuidarnos en el modo de compartir lo poco, de aliviar angustias, de entendernos mejor en las diferencias crecientes, de acompañarnos con empatía y paciencia.

En estos días sale el sol. En la Ciudad Deportiva muchachos juegan voleibol, pelota, futbol hasta que el cansancio los devuelve a casa; una amiga cuenta de un Tribunal de Doctorado para defender una tesis que es una oda a la esperanza; un dúo de arpas medievales junta a madre e hija en una sala de conciertos en provincia; en una calle de madera los sábados siguen hablando de literatura. Recibo canciones de Santiago y en su cumpleaños, la carolina del parque está llena de flores. Agradezco estas imágenes entre tantas. Ellas me ayudan a creer.

Cuba va por el mundo de hermana, no quiere ser faro, pero tiene luz, una estrella que nos legaron para que la Patria sea ara, no pedestal. Con rabia cuidan los pueblos sus tesoros y como fieras defienden a los suyos. Con belleza salvaje crean sus nombres y gritan sus sonidos y así renace el mundo de sus manos, empapadas de rabia y de esperanza.

 

 

 

 

 

 

 

Por REDH-Cuba

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