¿Ven?, ya no engaña a nadie, es un simple muñeco que presenta como “galáctico” que se mueve como aquel que algunos colgaron del espejo de su coche y tenía el cuerpo articulado, un ridículo Elvis Presley, éste se mueve igual, lo único que le han hecho ha sido sumarle voz, pero demasiado simple, hace una y otra vez lo mismo y dice una y otra vez lo mismo, con jeta cuadrada de ladrillo y hasta el color anaranjado, y mientras se le ve con camisa blanca bajo una chaqueta azul inflada de barriga gorda, vieja, caída, y corbata colorada colgándole hasta por debajo de la entrepierna, mueve de forma mecánica, sin pasar de los hombros, sus puñitos morcillones, como a media altura, primero uno y luego el otro, imitando un baile de muñeco, y ladea a derecha e izquierda la patatona cabeza calzada con gorra roja de kiosko de comida basura, separa los labios cartón y enseña una cartona lengua móvil, reptante como las culebras, y gangoseando le sale voz de borracho aguardentoso nasal, y repite y repite: “Me lo voy a quedar. Va a ser mío. Yo lo quiero, yo lo tomo. Te voy a matar. Te voy a bombardear. Te voy a mandar a la Edad de Piedra.”
¿De quien estamos hablando? Es simple, es un muñeco articulado que se mueve colgado de un hilo atado al espejo retrovisor del coche de la Historia. No tiene cualidades humanas, pero ninguna, ni la más mínima, es repetición simple, imitador articulado. A veces le exageramos, decimos, ¿responderá al título de actor caricato, el bufón de una obra teatral, el que imita, parodia, exagera, ridiculiza?, pero está muy lejos de ese personaje, es una caricatura, no caricato.
¿Decía unas líneas más arriba que cuelga de un hilo del espejo retrovisor de la Historia? Les traigo aquí las palabras de un grande estadounidense, ¿estadounidense?, que recoge las palabras históricas de los personajes que armaron en su día el entramado ideológico con el que hacían muñecos como el actual, con la correspondiente característica que los representa, la crueldad y el genocidio, con lo que conlleva de botín, a realizar por sus dueños ¿saben dónde lo han hecho?, ¿saben los países que nombra el muñeco criminal, a qué pueblos? Aquí tienen la memoria histórica mencionada:
Mark Twain, Las tres erres. Editorial Guadarrama. Año de 1906.
LA RAZA ANGLOSAJONA
Para bien o para mal continuamos educando a Europa. Llevamos ya en el puesto de instructores más de un siglo y cuarto; no se nos eligió para él, simplemente lo tomamos, pertenecemos a la raza anglosajona. El pasado invierno en El banquete anual de esa organización que se llama así misma, The Ends of the Earth Club, el presidente, oficial de alta graduación, retirado del ejército regular, proclamó en voz alta y con fervor: <<Pertenecemos a la raza anglosajona, y cuando el anglosajón quiere algo simplemente lo toma.>>
Está afirmación fue aplaudida frenéticamente. Había quizá hasta 75 civiles y 25 miembros del ejército y la Marina presentes en aquella ocasión. La expresión de la admiración tormentosa de aquella gente duró casi dos minutos. Y mientras tanto, el inspirado profeta que había evacuado tan gran sentimiento -de su hígado, sus intestinos, su esófago o de dónde lo hubiera gestado- permanecía de pie, satisfecho, radiante, sonriente y emitiendo rayos de felicidad por cada uno de sus poros, rayos tan intensos que resultaban visibles y le hacían parecer la vieja figura del almanaque que representa a un hombre esparciendo signos del zodíaco en todas las direcciones. El orador permanecía tan absorto en su felicidad, tan inmerso en su dicha que sonreía y sonreía, olvidado totalmente de que se hallaba penosamente, peligrosamente roto y desarbolado en medio de la mar, en necesidad inmediata de recoger sus velas.
El gran dicho del soldado, interpretado según la expresión que su autor puso en él, significaba en lenguaje llano: <<Los ingleses y los americanos son ladrones, bandoleros, piratas y nosotros nos sentimos orgullosos de pertenecer a esta combinación. >>
Ni uno solo de los ingleses o americanos allí presentes tuvo honor ni valor suficientes para levantarse y decir que se sentía avergonzado de ser anglosajón y avergonzado también de ser miembro de la raza humana, ya que esta raza debe soportar sobre sí la presencia de la infección anglosajona. Yo no podría realizar semejante función. No puedo permitirme perder los estribos ni hacer una exhibición pudibunda de mí mismo y de la superioridad de mi ética para poder enseñar a esta clase de infantes, honestamente, los rudimentos de este culto, porque no serían capaces de comprenderlo, no serían capaces de entender.
Fue sorprendente ver aquella explosión de entusiasmo, infantilmente franca, honrada y alegre con ocasión del comentario mefítico del profeta soldado. Tenía el sospechoso aspecto de una revelación, un sentimiento secreto del corazón nacional sorprendido al expresarse y exponerse por un accidente impredecible, porque constituía un montaje representativo. Todos los principales mecanismos que constituyen la máquina que arrastra y vitaliza la civilización nacional se hallaban allí presentes -abogados, banqueros, comerciantes, fabricantes, periodistas, políticos, soldados y marinos- todos estaban allí. Parecían los Estados Unidos en torno a una mesa de banquete, calificados para hablar por toda la nación con autoridad y revelar la moral privada de ella a la vista pública.
La bienvenida inicial a aquel extraño sentimiento no era una tradición aturdida de la que la reflexión les haría arrepentirse. Eso quedó bien patente por el hecho de que cuando quiera que, durante el resto de la velada, un orador caía en la cuenta de que se deslizaba hacia el aburrimiento o la falta de interés, no tenía más que inyectar aquella gran moral anglosajona en medio de sus tópicos para hacer estallar de nuevo la alegre tormenta.
Después de todo se trata única y exclusivamente del exhibicionismo ante la raza humana. Y ha sido siempre un rasgo peculiar de la humanidad el tener en reserva dos tipos distintos de moral: la privada y real y la pública y artificial.
Nuestro tema ante el mundo es <<Confiamos en Dios>> y cuando vemos esas palabras de Gracia acuñadas sobre un dólar de Mercado (que vale apenas 60 centavos) parece siempre que se estremecen y sollozan de piadosa emoción. Ese es nuestro tema público. Y transpira la realidad de nuestro tema privado que es: <<Cuando el anglosajón quiere algo simplemente lo toma.>> Nuestra moral pública queda emotivamente expresada en ese otro tema noble y, sin embargo, suave y amable que indica que somos una nación de hermanos multitudinarios, generosos y amables unidos en uno -e pluribus unum-. Nuestra moral privada encuentra su guía en la sagrada frase: << Venid, caminemos con alegría.>>
De la Europa monárquica importamos nuestro imperialismo y nuestras curiosas nociones de patriotismo, es decir, si es que tenemos algún principio de patriotismo que alguien pueda definir precisa e inteligiblemente. Entonces es justo sin duda que instruyamos a Europa, a nuestra vez, en retorno por estas y otras clases de enseñanzas que de tal fuente hemos recibido.
Hace algo más de un siglo dimos a Europa las primeras nociones de libertad que jamás había tenido; mediante ellas felizmente y en gran parte contribuimos a la Revolución Francesa y reclamamos una parte de sus beneficiosos resultados. Desde entonces hemos enseñado muchas lecciones a Europa. Si no hubiera sido por nosotros, quizás Europa jamás hubiera conocido la figura del entrevistador sensacionalista. Si no hubiera sido por nosotros, algunos de los estados europeos quizás nunca hubieran experimentado la bendición de los impuestos extravagantes. Si no hubiera sido por nosotros, la compañías navieras de Ultramar jamás hubieran conseguido dominar el arte de envenenar al mundo en busca de dinero. Si no hubiera sido por nosotros, los Trust de seguros quizás nunca hubieran dado con la mejor manera de explotar a huérfanos y viudas. Si no hubiera sido por nosotros, el resurgimiento largamente retrasado del periodismo nacionalista, irresponsable y encubridor de concupiscencias inconfesables, quizás se hubiera pospuesto durante generaciones. Firme, continua y pertinazmente estamos americanizando Europa, y a su debido tiempo completaremos la tarea.
“La guerra es la manera en que Dios enseña geografía a los estadounidenses”. Mark Twain en “Los anglosajones.”
Ramón Pedregal Casanova es autor de los libros: Gaza 51 días; Palestina. Crónicas de vida y Resistencia; Dietario de Crisis; Belver Yin en la perspectiva de género y Jesús Ferrero; y, Siete Novelas de la Memoria Histórica. Posfacios. Colaborador del canal Antiimperialistas.com, de la Red en Defensa de la Humanidad.
