El analista compara a Donald Trump y Richard Nixon, sus estrategias militares, el poder del dólar y el impacto de sus decisiones en la política global.
Fuente: AlmaPlus
Muchos analistas comparan las trampas y mentiras del nada confiable presidente Donald Trump con las truculencias de Richard Nixon, el hombre que liquidó para siempre entre 1971 y 1973 el sistema de Bretton Woods que marcó una época de consolidación del imperialismo estadounidense a raíz de la finalización de la Segunda Guerra Mundial.
He sido un perseverante crítico de la administración Nixon, quien fue sacado de la Casa Blanca en 1974 a mitad de camino de su presidencia debido al denominado escándalo político del siglo, Watergate, del que hay numerosos libros y una película. Y fue histórico por muchas razones que todos conocen y no es necesario describir.
Baste recordar que Watergate fue un espionaje en ese centro contra los políticos y candidatos electorales del Partido Demócrata, imperdonable por el establishment de la época, algo que ahora ni es condenable y es mucho más común y abierto, casi al descaro, en este gobierno de Donald Trump.
Sin defenderlo, considero que es injusto para el truculento Nixon que lo comparen con este señor porque hay diferencias sustanciales entre ambos, y apenas voy a citar unas pocas de ellas.
Empecemos por las militares y comparémoslas con las de Trump. Con Nixon se produjeron las mayores manifestaciones populares antibelicistas en la historia de un Estados Unidos que estaba harto de las guerras indochinas, en especial Vietnam, en particular las manifestaciones populares de 1973 en medio de una gran crisis energética iniciada un año antes, cuando los precios sobrepasaron los 100 dólares el barril, cuando una botella de Coca-Cola costaba más que los 1.50 a 2.00 dólares el tonel.
Nixon fue el hombre de la idea de sacar a Estados Unidos del atolladero indochino, el cual se había convertido en clave en la política interna y perjudicaba al partido republicano. Inició la vietnamización de la guerra para dejar esta solamente en manos del ejército saigonés y al Pentágono en un papel limitado de asesoría y suministro de armas.
Fue el inicio de la derrota militar yanqui. El 30 de abril de 1975, Estados Unidos claudicó tras la derrota del régimen saigonés de Nguyen Van Thieu. Nixon había asumido la imposibilidad de ganar la guerra y actuó en consecuencia.
Trump, en cambio, tiene conciencia de que en Irán se reproduce el sentido estratégico de la resistencia vietnamita como el horcón de la victoria. Teherán no busca una simetría de poder militar ni basa su estrategia en ello, pues no tiene comparación con el poder de fuego de la primera potencia nuclear y convencional del mundo, multiplicada por el de su aliado Israel.
Pero sabe que, en términos de resistencia y en aguante en espacio y tiempo de las arremetidas y oleadas estadounidenses-israelíes, ambos adversarios llevan las de perder, al igual que sucedió en los arrozales vietnamitas.
Irán está en condiciones de soportar la fuerza descomunal del adversario eternamente, incluso en el hipotético caso (un imposible desde todo punto de vista) de una ocupación territorial, parcial o total. Tel Aviv también lo reconoce, no por deseo, sino por experiencia.
Hay, por tanto, una gran distancia en tal sentido entre Nixon y Trump marcada, además, por valoraciones diferentes del impacto interno de la guerra, y una gestión también distinta.
La gestión de la guerra por parte del truculento estuvo fuertemente marcada por el rechazo público y las protestas masivas en EEUU y el movimiento mundial antibelicista, pero la unificación de un establishment bipartidista con coincidencias estratégicas y económicas más allá de las tradicionales de cada partido como entidad individual obra en favor de Trump.
De alguna manera, explica que, a pesar del desastre que significan para el contribuyente de Estados Unidos los gastos militares, y para el resto del mundo por su impacto en la economía global, no han tenido hasta ahora el impacto social que deberían haber tenido hace rato, sobre todo por la militarización de las relaciones políticas internas y externas de Donald Trump.
Es claro que aquel movimiento antibelicista que acompañó a la administración de Nixon no se ve en la de Trump. Esto se debe, entre otras cosas, a que en Irán no estamos ante una guerra convencional típica de conquista de posiciones ni asaltos a colinas para destruir nidos de ametralladora, sino de un conflicto tecnológico altamente sofisticado en el cual las bajas militares de parte del agresor son mínimas por la nula intervención de la infantería y tanques y otros blindados. No es la clásica guerra de posiciones.
De paso, eso explica también que los mandos militares yanquis y sionistas piensen mucho en una ocupación territorial tradicional basada en miles de cadáveres. Tratarían de lograr una ocupación de nuevo tipo. En ese sentido, Israel está en desventaja con EEUU, pues requiere para su expansionismo, de forma obligada, presencia humana en territorios ocupados y colonizados, la cual siempre estará al acecho de los adversarios.
El peligro de esto último es que, mientras los halcones estén en el poder en Tel Aviv, las guerras no cesarán. Una paz negociada en el Levante sería sobre la base de la recuperación por parte de sus dueños legítimos de las tierras ocupadas y el sionismo no las va a devolver.
Pero, a mi juicio, lo que más separa a Nixon de Trump es la forma sanguinaria de este último para obtener algo estúpido en lo que el primero nunca pensó: que Washington sea la capital del mundo.
La idea está basada en el poder militar combinado con el capital, y ni siquiera en la producción de bienes, más allá del petróleo propio por la vía del fracking —EEUU hace años llegó a su cenit de la extracción espontánea de crudo— y el robado, como el de Irak, Libia, Nigeria, Venezuela y otros muchos lugares, el pirateado en alta mar o controlado, como el de países del golfo pérsico.
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El tramposo Donald Trump vs. el truculento Richard Nixon
Nixon consiguió sus propósitos hegemónicos sin disparar ni un tiro ni que soldados estadounidenses siguieran muriendo.
Logró que el mercado petrolero fuera dominado por el dólar, y afianzó así su fama de truculento. Eliminó sorpresivamente el respaldo en oro del dólar en medio de la primera crisis energética de 1971, y con el apoyo de Arabia Saudita logró que toda transacción comercial y de transporte de hidrocarburos se expresara en dólar. Surgió así el omnipresente petrodólar que cambió el sistema financiero mundial.
Quienes lo sacaron del poder no tuvieron en cuenta que, gracias a esa atrevida aventura de Nixon, la economía estadounidense se fortaleció como nunca jamás.
Antes de eliminar su respaldo en oro y aplicar su libre flotación, el billete verde tenía que lidiar con las monedas fuertes de Europa occidental; a partir de ese momento las abatió a todas, incluido el yen japonés, el rublo y el naciente yuan chino. Acabó con ellas y dolarizó al mundo como jamás nadie previó.
Fue con Nixon, no con Ronald Reagan, que Estados Unidos comenzó a ser grande por el dominio del petróleo, a pesar de que en ese entonces ya la industria del país casi ni extraía crudo, y el fracking no estaba tan desarrollado, pero dominaba desde Washington a la mayor parte de los países de la OPEP, y eso incluía a Venezuela y Arabia Saudita.
Cuando los productores se dieron plena cuenta de que el abuso y el saqueo eran ya inaguantables, comenzaron las contradicciones y reacciones de sus aliados, en particular el Irak de Saddam Hussein e Irán tras la caída del Sha Mohammed Reza Pahlavi. Los George Bush (padre e hijo) empezaron a usar la pólvora y a convertir las relaciones diplomáticas en instrumentos de guerra militar y económica, agravadas al infinito ahora por el séquito de millonarios republicanos y demócratas unidos a la sombra de Trump.
La manzana de la discordia entre ellos hoy en día no es China ni Rusia —a los cuales, de paso, Nixon manejó de forma brillante al reconciliarlos para firmar los acuerdos SALT que sirvieron para mantener una paz internacional estable y fortalecer los factores de equilibrio global—, aunque ambas naciones sean los objetivos principales de la política exterior del establishment.
Irán es la lanzada por el hada maligna de la ambición. La explicación: No les conviene que una derrota militar se convierta en un punto de inflexión en la aceptación de que no es posible que Washington sea la metrópoli planetaria bajo su eslogan de América Primero.
Están en una trampa descomunal porque esto sucede en un momento político muy delicado y ante una fragilidad no sospechada del establishment.
Ello a pesar de ser el grupo más poderoso y con más dinero que ha dirigido los destinos del país desde las 13 colonias, y con los máximos recursos de las nuevas tecnologías, incluyendo la inteligencia artificial.
Aun así, recurrieron al recurso de Nixon para parar la guerra en Vietnam con su “vietnamización”, es decir, retirada militar yanqui y dejar el campo de batalla a los saigoneses. Baste mencionar solamente al grupo que domina la inteligencia artificial, los medios de comunicación y redes, las tierras raras y el complejo militar industrial nucleados alrededor de Elon Musk.
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El tramposo Donald Trump vs. el truculento Richard Nixon
En Irán, con el memorando de Islamabad, fue casi igual: retirada militar yanqui y dejar los escenarios de batalla a Israel como había sido antes de Irak. Pero algo falló, o el grupo más sanguinario y ambicioso se opuso —y no creo que fuera la desobediencia de Benjamín Netanyahu la que provocó la renuncia al memorando de paz y el regreso encarnizado a la guerra—, o hay en proceso una jugada de altura que requiere el reinicio de la guerra iraní.
Por lo que se ve, no pinta que el punto focal sea de política exterior, aunque la involucre, sino de política doméstica para preservar el actual establishment, con sus generales y políticos.
Sea lo que sea, seguir la guerra significa arriesgarse a un costo político muy grande por la cercanía de las elecciones intermedias del 3 de noviembre, con su mal augurio para Trump y su establishment. Pero, allí pudiera estar esa gran jugada.
Las denuncias a China de que se está inmiscuyendo en las internas de noviembre, los movimientos extraños para transformar el panorama bipartidista en los estados demócratas, la manipulación de leyes domésticas, el limitar la masa de votantes, pedir cédulas de corroboración de nacionalidad y otro montón de cosas, no parecen dirigidas a manipular y hacer trampas que pueden ser descubiertas, sino a eliminar las elecciones, tergiversarlas o hacer cualquier cosa para no perder la mayoría en el congreso y mantener a Trump en la presidencia hasta los últimos días de su vida.
El cambio no sorprendió a Irán, que se estuvo preparando todo este tiempo de cese del fuego para rearmarse, reponer inventarios y desarrollar armas defensivas más sofisticadas, pues sabía que harían falta, como expresara antes, durante y después de la firma del memorando, cuando advirtió que, si este no se cumplía, estaban preparados para enfrentar nuevos ataques de EEUU del tipo y la intensidad que fueran, y lo están cumpliendo.
Toca al pueblo de EEUU parar la locura, como hicieron el siglo pasado con la de Vietnam.


