Resiliencia es encontrar maneras alternativas de lucha, valientes e imaginativas, más allá de la mera sobrevivencia

Hay dos anglicismos de asaz reciente incorporación a la RAE que me tienen particularmente inquieta. El primero, empatía, significa como es sabido comprender y simpatizar con los pesares ajenos. Se trata de un válido sentimiento que parece haber desaparecido de la conciencia de los poderosos de este mundo y sus aláteres, de sus seguidores y los ciegos lémures que los siguen al desastre.

El segundo anglicismo es en verdad el que hoy me concierne. Se trata de resiliencia, término que a pesar de lo supuesto en general por estas latitudes, nada tiene que ver con la resignación, más bien todo lo contrario. Resiliencia es encontrar maneras alternativas de lucha, valientes e imaginativas, más allá de la mera sobrevivencia

Y Cuba es hoy el mayor ejemplo de este concepto y de esta práctica tan admirablemente como desafiante. Lo sabemos. Y si no lo sabemos es porque estamos demasiado, pero demasiado distraídos con las redes gestadas en el norte, o porque no queremos enterarnos.

Pero la resiliencia se ha vuelto de vital importancia en estos tiempos aciagos.

En nuestro sur de sures estamos mal, a qué negarlo, pero hay poblaciones enteras que la están pasando muchísimo peor. Y hoy, para no dispersarme, pienso en justamente en Cuba, pequeña isla en medio del Caribe de muy encomiable pasado intelectual y batallador pero con un presente amenazado de muerte.

Porque si bien el pueblo cubano ha conocido todo tipo de penurias, nunca ha pasado por algo extremo como lo que está viviendo hoy con el bloqueo absoluto e inhumano al que lo someten Trump y sus secuaces. Sabemos de la escasez de agua potable, de comida y medicamentos, de su falta de petróleo que se traduce en carencia de la electricidad que todo lo mueve y que sólo asoma por contadas horas, y eso a cualquier momento del día o de la noche. Al punto de que en los quirófanos las pocas operaciones que pueden llevarse a cabo se suelen hacer a la luz de las linternas de los celulares.

Pero lo que no calcularon los opresores es la capacidad de resiliencia del pueblo cubano. Laidi Fernández de Juan, estupenda escritora, la describe a viva voz en la última de sus crónicas orales. En este audio Laidi cuenta hasta qué punto tantos años de escasez y lucha por la supervivencia han curtido a su gente, animalizándola. Para bien, claro está, porque se han ido convirtiendo en gatos o murciélagos para ver en la oscuridad y no chocar contra los muebles, en cocodrilos porque ahora sangran poco o nada al lastimarse dado que el cuerpo parece saber de la falta de desinfectantes, algodón o gasa. “Quienes nos cercan hasta el limite, nos imponen restricciones crudelísimas y nos obligan a permanecer en un constante estado de vigilia que mina nuestro sistema nervioso central, es decir nuestro cuerpo entero, no calcularon la naturaleza intrínseca del pueblo cubano”, afirma, y así “como elefantes sabios, como delfines amables, como mariposas multicolores vamos aceptando un nuevo modo de vivir que varía constantemente”.

Resiliencia es la palabra, y una inquebrantable esperanza. La mayor prueba al respecto, maravillosa prueba de la fe en la cultura del pueblo cubano, es la 34 Feria Internacional del Libro de La Habana, desplegada durante seis días de este mes de agosto en diversos locales de la ciudad. Fue inaugurada con una gran celebración por el centenario del nacimiento de Fidel Castro teniendo a Rusia como invitada especial, con música de toda índole y libros como siempre a precios bajísimos. Allí se lanzó también el nuevo tomo de las crónicas de Fernández de Juan, El día que fui martes.

De La Habana la FILH habrá de recorrer el país hasta culminar el 6 de septiembre en Santiago de Cuba, donde se rendirá homenaje a los escritores Marilyn Bobes y José Bell Lara. Es decir festejos de toda índole y a todo trapo, dentro de las carencias del momento pero con el fervor que Cuba siempre supo mantener en alto, sobre todo cuando de cultura se trata.

Me consta de primera mano. A principios del año 2000 fui invitada a dar el discurso inaugural del premio Casa de las Américas. Esa noche tuvimos el honor de cenar con Fidel y me sentaron a su vera. Estaban hablando sobre el tremendo “período especial” de principios de 1990 cuando recordé que en el 92 había ido por primera vez a Cuba como jurado del premio Casa y nos habían albergado, si bien no en el de bello Varadero habitual, en un lugar precioso a orillas de un río, Las Yagrumas. Muchos fueron en ese año los invitados especiales del mundo entero y todos fuimos atendidos de maravilla. Nada nos faltó a pesar de la escasez y de que el mar entró a La Habana de una manera pavorosa. Roberto Fernández Retamar, sentado del otro lado de la mesa en aquella cena acotó que si él hubiera sabido que el presupuesto de Casa de las Américas servía para comprarles leche a quinientos niños por mes, él cerraba Casa. Castro de inmediato aclaró que la leche para los niños debía salir de cualquier otra parte, que el presupuesto para cultura nunca debe tocarse. Pensé entonces, dolorida, en la diferencia con nuestro gobierno de entonces. Vuelvo a pensarlo ahora, pero retomo el hilo.

Al comienzo de las celebraciones de la FILH actual llegó a La Habana Renata Wimer del Valle, joven actriz, cantante y periodista política mexicana. No llegó para lucirse con sus talentos sino cargada con cuatro enormes valijones repletos de medicinas e insumos médicos para diversos hospitales de la ciudad. El bloqueo es para los grandes buques, los petroleros del mundo. Renata pudo pasar con su sonrisa y sus aportes, conseguidos gracias a una ong unipersonal, Pulso Humano (llamado global a la acción), creada en especial para atribuirle a la pequeña isla sus desinteresadas actitudes de generosidad universal en materia médica.

Es gracias a Renata y a muchas y muchos como ella que puedo ahora agregar la tercera palabra que completa la ecuación: solidaridad.

¡Buena falta le hace al mundo!

Tomado de Resumen Latinoamericano

Por REDH-Cuba

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