Ponencia presentada en elI Coloquio Internacional Fidel, legado y futuro, por Katrien Demuynck, coordinadora de la REDH en Bélgica




El mundo está en crisis. En tales circunstancias, necesitamos una brújula firme si queremos cambiar el rumbo. Estoy convencida de que el pensamiento de Fidel puede aportarnos elementos importantes para ello. Quiero destacar aquí algunos puntos que, en mi opinión, son de un valor incalculable en el punto de inflexión en el que se encuentra hoy el mundo.

Fidel se basó en el marxismo-leninismo y en el legado de José Martí. Cuando decidió luchar contra las relaciones injustas y neocoloniales en las que se encontraba la sociedad cubana, fue sorprendido por el golpe de Estado de Batista. Era necesario actuar.

Según Fidel, en la Cuba de los años 50 se daban las condiciones objetivas para una revolución:

– Había un desempleo extremadamente alto, del 25 % en las ciudades hasta el 45 % en las zonas rurales

– En el campo, solo el 15 % de la población tenía agua corriente, y solo el 4 % podía comer carne

– Las condiciones de vida de los campesinos en la Sierra Maestra eran terribles, mientras que en las ciudades había crecientes protestas y tensiones sociales

– La legitimidad de la élite política se había erosionado

Pero las condiciones subjetivas eran muy débiles, es decir, la organización y la toma de conciencia del pueblo. La dictadura de Batista aseguraba los intereses de EE. UU. en la isla, pero reprimía fuertemente la protesta. La población cubana también había sido sometida a un fuerte lavado de cerebro por la visión del mundo estadounidense. El macartismo imperaba y parte de los sindicatos no eran combativos. Por ello, el entonces partido comunista, el Partido Socialista Popular, consideró que las condiciones subjetivas eran insuficientes y calificó de aventurerismo el intento de los revolucionarios de atacar el cuartel Moncada.

Fidel opinaba lo contrario. Reconoció que las condiciones subjetivas eran débiles, pero las consideró suficientes para iniciar el movimiento. Había mucho descontento social y el golpe de Estado de Batista había avivado esos sentimientos. En lugar de esperar la coyuntura ideal, decidió desarrollar las condiciones a través de la lucha revolucionaria.

Lo hizo de una manera excepcional, basándose en una fe inquebrantable en el pueblo. Partió de la base de que el equilibrio de poder no podía revertirse sin el apoyo masivo de la población. Los revolucionarios comenzaron a trabajar en eso. Esa confianza en el pueblo explica por qué la revolución cubana triunfó frente al ejército mejor armado de la época, a diferencia de otros intentos en el continente.

Un claro ejemplo es cómo Fidel convirtió el fracaso del ataque al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 —un ataque destinado a conseguir las armas necesarias para la lucha— en una fuerza para hacer crecer la conciencia del pueblo.

Por temor al impacto en la población, el juicio contra Fidel se llevó a cabo a puerta cerrada. Pero Fidel logró sacar de forma clandestina su discurso de autodefensa desde la cárcel y mandarlo imprimir. Quería 100 000 ejemplares, no sé si realmente se logró, pero, en todo caso, ese discurso comenzó a circular (en una época sin redes sociales), concientizó a los cubanos y sirvió de base para el trabajo de organización.

Las protestas sociales no se vieron sofocadas por el encarcelamiento de los líderes revolucionarios; al contrario, se intensificaron, lo que llevó a que, dos años más tarde, se les concediera la amnistía en un intento por apaciguar las protestas.

Conozco pocos países donde el fracaso de una acción revolucionaria se convirtió en objeto de una fiesta nacional. En Cuba eso es precisamente lo que ocurrió con el ataque al cuartel Moncada, porque Fidel transformó ese revés en el inicio del cambio.

Esa fe en el pueblo, en su potencial revolucionario, ha vuelto a repetirse una y otra vez en Cuba, incluso después del 1 de enero de 1959 y hasta el día de hoy. Una y otra vez, la revolución sigue involucrando al pueblo y cree en su fuerza.

Lo vemos, por ejemplo, en todo el debate social y el referéndum en torno a la nueva Constitución de 2019 o en torno al nuevo Código de las Familias de 2022. También lo vimos en la movilización espontánea de masas tras la incursión en Venezuela el 3 de enero y con el regreso de los restos de los 32 cubanos caídos en combate. O lo vemos en las marchas y concentraciones por el primero de mayo de este año en toda la isla.

La confianza en el pueblo es un elemento de enorme fortaleza y una condición indispensable que garantiza que la revolución, a pesar de más de seis décadas de un bloqueo devastador, se mantenga firme frente a la mayor superpotencia de la historia. Nos muestra a todos qué fuerza increíble se puede desarrollar para cambiar el mundo si creemos en las masas.



Un segundo elemento, en mi opinión esencial en el pensamiento de Fidel es la ética. Desde muy temprano declaró que su repulsa espontánea por la injusticia había adquirido una base científica a través del marxismo-leninismo y que esa ideología ofrecía la base para una estrategia revolucionaria.

Pero el alto contenido ético de esa estrategia tiene todo que ver con el pensador y luchador decolonial cubano José Martí, prácticamente desconocido en Europa. Es más, Fidel lo calificó como el autor intelectual del ataque al cuartel Moncada y el pensador político y revolucionario más trascendental del hemisferio.

La profunda dimensión ética de la revolución cubana es inconcebible sin el fundamento del pensamiento martiano. A diferencia de la doctrina marxista clásica, que subordina los valores morales a la lucha de clases como motor de la revolución, Fidel sostenía que la ética constituye la base de la convicción política y es la fuente del compromiso radical. Él considera que tener valores éticos es la base elemental para desarrollar una conciencia política.

Pero Fidel va más allá. Según él, tener una línea de conducta ética es la fuerza más poderosa de la que se puede disponer. No ve esa ética como un conjunto de reglas impuestas, mandamientos o prohibiciones, sino como un conjunto de concepciones, actitudes, valores y virtudes que conducen a la liberación de los oprimidos y a un mundo mejor. En otras palabras: los valores y los principios son un importante motor de liberación y emancipación. «El mundo será conquistado por las ideas y no por la violencia», afirmaba Fidel.

La ética no es, por lo tanto, una falsa conciencia que solo sirve para mantener el statu quo, sino una fuerza insustituible para el cambio. El contenido ético de la revolución se traduce en logros sociales en ámbitos como la educación, la salud, la alimentación y la lucha contra el racismo.

Pero también en la actitud hacia el enemigo. En Cuba no se cultiva en absoluto el odio hacia los EE. UU. Todo cubano sabe distinguir entre los habitantes de los EE. UU. y la cúpula imperialista que dirige ese país. La Brigada Henry Reeve de trabajadores de la salud recibió su nombre en honor a un joven estadounidense que luchó junto a los cubanos en la guerra de liberación decolonial y se fundó cuando el huracán Katrina devastó la ciudad de Nueva Orleans, con el objetivo de ir a ayudar allí. Inmediatamente, cientos de voluntarios médicos se inscribieron para formar parte de ella.

Si solo comparamos esto último con la imagen del enemigo que se crea en Europa Occidental al hablar constantemente y de manera despectiva de «los rusos» en el conflicto entre Rusia y Ucrania, …

Esos altos valores éticos también se reflejan en el internacionalismo médico de Cuba.

  • Desde 1959, más de 600 000 profesionales de la salud cubanos han trabajado en más de 160 países.

  • Cuba envía más médicos que toda la Organización Mundial de la Salud.

  • Cuba capacita gratuitamente a médicos de 82 países.

  • A través de la Operación Milagro, más de 3 millones de personas en América Latina recuperaron la vista.

  • Tras el desastre de Chernóbil, 24 000 niños y adultos ucranianos recibieron atención médica gratuita en Cuba.

  • Durante la pandemia de COVID-19, Cuba incluso envió brigadas médicas a Italia y Andorra.

  • Hasta el día de hoy, médicos cubanos brindan atención médica en el sur de Italia en las zonas donde faltan médicos italianos

Por último, esos valores éticos también se reflejan en el apoyo militar que Cuba brindó a la lucha de liberación de diversos pueblos. Tomemos solo el ejemplo de Angola, donde voluntarios cubanos, a petición de ese país, apoyaron la lucha contra los invasores coloniales de Sudáfrica. Mientras las potencias occidentales seguían apoyando al régimen del apartheid, los combatientes cubanos le dieron el golpe de gracia en Cuito Cuanavale.

Casi 400 000 jóvenes cubanos fueron a luchar voluntariamente a Angola. Los barcos cubanos no regresaron con materias primas valiosas. Lo único que Cuba trajo de vuelta fueron 2000 caídos y la certeza de haber saldado su deuda con África.

En un mundo en el que los valores éticos brillan por su ausencia y en el que vemos en directo genocidios y guerras por el petróleo en nuestras pantallas, Cuba nos da un ejemplo muy necesario de cómo las cosas pueden ser diferentes.



Para terminar, quiero volver al alegato de Fidel Castro, tras el ataque al cuartel Moncada en 1953. El título de ese texto lo dice todo.

En el momento en que un grupo de compañeros fue brutalmente asesinado y a él y a otros les pendía una pena de varias décadas de prisión, Fidel declaró: «La historia me absolverá». De ese optimismo revolucionario impresionante podemos aprender mucho para emprender y mantener hoy la lucha por un mundo mejor.











Por REDH-Cuba

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