Hay un hecho que debería interpelar profundamente a Europa y a todos aquellos que siguen considerando inevitable la supremacía de Estados Unidos: Irán resiste. Resiste a pesar de una presión militar, económica y financiera sin precedentes; a pesar de las amenazas, las sanciones, el cerco y el intento de doblegar su soberanía. Y esta resistencia no concierne únicamente a Teherán. Ha adquirido ya una dimensión geopolítica mucho más amplia, porque demuestra que el imperio estadounidense no es omnipotente y que todavía existen países capaces de oponerse a la lógica de la subordinación.

Las noticias que llegan estos días desde Irán muestran un panorama que debería ser leído con gran atención. El presidente Masoud Pezeshkian ha señalado que “el mundo está sorprendido por la resistencia de Irán”, porque el país, según muchos pronósticos, debía haber colapsado bajo el peso de la ofensiva y de las presiones estadounidenses. Sin embargo, no cayó. Al contrario, continúa defendiendo “la soberanía, el honor y la dignidad nacional”, apostando por la cohesión interna y la capacidad de resistir. Ese es precisamente el punto que Washington no logra aceptar.

Irán no actuó según el guion que Estados Unidos había escrito para él

Una vez más asistimos a la misma lógica imperial. Estados Unidos pretende decidir qué países pueden comerciar, con quién pueden hacerlo y qué relaciones económicas pueden mantener. Incluso China ha sido amenazada por continuar desarrollando vínculos comerciales con Teherán. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, lanzó advertencias a entidades bancarias chinas, mientras Pekín respondió sin vacilar.

El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China, Lin Jian, calificó la estrategia estadounidense como una política de “presión extrema”, denunciando el intento de desestabilizar el orden financiero internacional y de violar los derechos de terceros países. Pekín dejó claro que adoptará “todas las medidas necesarias” para proteger sus derechos e intereses.

Debería ser algo absolutamente normal en las relaciones internacionales: cada Estado defiende su soberanía y sus intereses. Pero hoy, en el orden internacional construido por Estados Unidos, la normalidad pasa a ser considerada una provocación cuando quienes la practican son países que se niegan a aceptar la subordinación.

Y aquí emerge toda la responsabilidad de la Unión Europea. Una Europa que habría podido y debido construir una autonomía estratégica, diplomática y económica propia, eligiendo el camino de la negociación y de la cooperación, continúa siguiendo a Washington. Así, corre el riesgo de transformarse de sujeto político en un simple apéndice de las estrategias estadounidenses.

No se trata solo de una posición moralmente discutible. Es también un suicidio político y económico.

Porque la guerra permanente no resuelve las crisis de Estados Unidos: las alimenta y las exporta. La presión militar, las sanciones, el control de las rutas energéticas y la desestabilización de regiones enteras del planeta son utilizados como instrumentos para conservar un sistema de poder cada vez más debilitado.

La resistencia iraní adquiere un significado que va mucho más allá de Oriente Medio

Las imágenes de buques mercantes y petroleros detenidos en las aguas próximas al estrecho de Ormuz, esperando las autorizaciones iraníes para continuar su navegación, muestran de manera evidente cuánto ha cambiado la correlación de fuerzas. Ormuz no es solamente una ruta energética: es uno de los nudos estratégicos de la economía mundial. El simple hecho de que Teherán pueda ejercer un control operativo sobre el tráfico en esta zona constituye un elemento de enorme relevancia geopolítica.

Naturalmente, esta situación no debe convertirse en una celebración de la guerra. Todo lo contrario. Precisamente porque conocemos el precio humano y social de los conflictos, debemos comprender que la verdadera cuestión en juego es la posibilidad de construir un orden internacional en el que ninguna potencia pueda imponer unilateralmente su voluntad al resto del mundo.

También las declaraciones procedentes de la cúpula militar iraní deben interpretarse dentro de este contexto. El general de brigada Mohammad Reza Naqdi advirtió que, si fuera necesario, Teherán podría recurrir a la guerra asimétrica, evocando incluso la posibilidad de atacar infraestructuras financieras estratégicas estadounidenses. Es una declaración gravísima, que demuestra cuán peligrosa es la escalada. Pero precisamente por ello debería ser un motivo más para detener la espiral de confrontación, no para alimentarla.

El error fundamental de Occidente consiste en seguir creyendo que la presión militar puede producir automáticamente la rendición del adversario. La experiencia iraní demuestra exactamente lo contrario. Cuando un pueblo percibe que está siendo objeto de una agresión y considera que su soberanía está en juego, puede desarrollar una capacidad de resistencia muy superior a la prevista por los analistas occidentales.

Y es precisamente esa capacidad de resistencia la que, a mi juicio, posee un enorme significado también para Cuba.

Cuba resiste desde hace décadas a un embargo y a una política de presión estadounidense cuyo objetivo declarado o implícito ha sido doblegar el modelo político y social de la isla. Sin embargo, la República de Cuba continúa defendiendo su independencia, su soberanía y el derecho a elegir libremente su propio modelo de desarrollo.

Por eso considero que la resistencia iraní constituye también una forma indirecta de oxígeno para Cuba.

Si Irán hubiera colapsado rápidamente bajo la presión estadounidense, Estados Unidos habría podido interpretar ese resultado como la confirmación definitiva de la eficacia de su estrategia. Y entonces la presión contra otros países no alineados, empezando por Cuba, habría podido intensificarse aún más. La resistencia iraní rompe ese esquema.

Irán demuestra que el imperio puede ser detenido

Demuestra que la superioridad tecnológica y financiera no equivale automáticamente a la capacidad de dominar políticamente a un país.

Demuestra, sobre todo, que el mundo multipolar no es únicamente un eslogan, sino una realidad que se construye mediante la capacidad concreta de los Estados para defender su soberanía y desarrollar relaciones alternativas.

Irán, Cuba, China y los demás países que están construyendo relaciones económicas y políticas fuera de la lógica del unipolarismo representan, con todas sus diferencias, piezas de una transformación histórica.

Y entonces hay que tener el valor de decirlo: lo que está ocurriendo no es solamente un enfrentamiento entre Irán y Estados Unidos. Es uno de los capítulos de la crisis del orden mundial fundado sobre la hegemonía estadounidense.

Washington ya no puede pretender decidir por todos. Y Europa debería comprender, por fin, que seguir a Estados Unidos significa renunciar a su propia autonomía y arrastrar a los pueblos europeos a conflictos que no responden a sus intereses.

La lección iraní es, por tanto, sencilla y poderosísima: resistir es posible

Y la resistencia de Irán, hoy, no protege solamente a Teherán. Contribuye a impedir que la maquinaria de la guerra pueda actuar impunemente contra otros países soberanos. En ese sentido, ofrece tiempo, espacio y oxígeno también a Cuba y a todos aquellos pueblos que se niegan a aceptar que su historia sea escrita en Washington.

Por eso, frente a la brutalidad de las políticas de guerra y de sanciones de Estados Unidos y a la subordinación de la Unión Europea, no podemos sino sentir indignación. Pero frente a la capacidad de un pueblo de no rendirse, de defender su dignidad y de seguir existiendo como sujeto soberano, no podemos sino sentir respeto.

La historia aún no está escrita. Y la resistencia de Irán, junto con la tenaz resistencia de Cuba, nos recuerda que la última palabra no pertenece necesariamente al imperio.

Luciano Vasapollo

Fuente: Faro di Roma

Por REDH-Cuba

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