Cuba ha resistido y seguirá resistiendo. La tarea de las fuerzas comunistas, de los movimientos populares y de todos aquellos que luchan por un mundo multipolar es lograr que esta resistencia no siga siendo una batalla solitaria. La solidaridad no se proclama únicamente: se demuestra en los momentos difíciles, cuando el chantaje se intensifica y aumenta el precio de la coherencia.
Por Luciano Vasapollo
Fuente: Faro di Roma
La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó el 28 de octubre de 2026 la resolución presentada por Cuba contra el bloqueo estadounidense con 130 votos a favor, 17 en contra y 25 abstenciones. Otros 21 países no participaron en la votación o no se pronunciaron. El resultado supone un retroceso con respecto a los 165 votos a favor, los 7 en contra y las 12 abstenciones de 2025, pero adquiere un significado político relevante a la luz de las presiones ejercidas por la Administración Trump, el secretario de Estado Marco Rubio y todo el aparato diplomático estadounidense para aislar a La Habana. Entre las abstenciones más significativas figura la de Italia, que interrumpe una continuidad diplomática mantenida desde 1995 por gobiernos de distintas orientaciones políticas. También resulta especialmente grave la no participación de Venezuela en la votación, histórico aliado de Cuba y protagonista, junto con La Habana, de las luchas antiimperialistas de América Latina. A pesar del chantaje internacional, 130 países han confirmado su apoyo a la soberanía cubana.
La victoria de Cuba no se mide contando los votos
La votación de las Naciones Unidas sobre el bloqueo no puede interpretarse mediante un simple recuento parlamentario, ni reducirse a la constatación de que Cuba ha obtenido menos apoyos que en años anteriores. Sería un error político y analítico ignorar el contexto en el que se ha desarrollado esta batalla diplomática: una campaña de presión dirigida por Estados Unidos para convencer a los gobiernos, uno tras otro, de que retiraran su apoyo a la resolución cubana, votaran en contra o se refugiaran en la abstención.
Es precisamente dentro de este contexto donde hay que reconocer el valor de los 130 votos favorables. No son cifras abstractas: representan a Estados que, aun manteniendo relaciones económicas, financieras y militares a menudo asimétricas con Washington, han decidido no alinearse con la pretensión estadounidense de dictar las decisiones de la comunidad internacional.
La disminución de los apoyos es real y no debe ocultarse. Sin embargo, sería un error convertirla automáticamente en una prueba del aislamiento de Cuba. Lo importante es comprender hasta qué punto el resultado ha estado condicionado por la presión ejercida por la primera potencia mundial y cuánto sigue siendo amplio, a pesar de esta ofensiva, el bloque de países que defienden el derecho de Cuba a decidir autónomamente su futuro.
La victoria, por tanto, es política antes que numérica: Washington no ha conseguido eliminar el apoyo internacional al levantamiento del bloqueo ni transformar su voluntad en una posición universalmente compartida.
El bloqueo es una guerra económica contra un pueblo
Desde hace más de seis décadas, el bloqueo estadounidense constituye un instrumento de coerción económica que golpea la vida cotidiana de los cubanos, obstaculiza los suministros, dificulta las transacciones financieras, agrava los problemas energéticos y complica el acceso a bienes, tecnologías y servicios esenciales.
No estamos ante una controversia comercial ordinaria. Las medidas extraterritoriales estadounidenses, las sanciones y el temor a sufrir las represalias de Washington condicionan también a empresas e instituciones financieras de terceros países. El resultado es un sistema de presión que va mucho más allá de las fronteras de Estados Unidos y restringe de manera concreta las posibilidades de desarrollo de la economía cubana.
El bloqueo no puede separarse de la estrategia más general de contención de las experiencias políticas que reivindican su autonomía frente al capitalismo dominante y al orden internacional impuesto por las grandes potencias. La cuestión cubana, por tanto, no concierne únicamente a Cuba: afecta al derecho de todos los pueblos a elegir su propio sistema político, económico y social sin verse sometidos a un castigo colectivo.
Este es el significado esencial de la resolución presentada ante la Asamblea General. No se pide un privilegio para el Gobierno cubano, sino el respeto de un principio universal: ningún Estado puede arrogarse el derecho de estrangular económicamente a otro país porque no comparte sus decisiones políticas.
La Italia de Meloni rompe una continuidad que se mantenía desde 1995
Entre los datos más graves de esta votación figura la abstención italiana. Desde 1995, los gobiernos de centroderecha y de centroizquierda habían mantenido su voto favorable a la resolución contra el bloqueo. La decisión del Ejecutivo encabezado por Giorgia Meloni interrumpe esta continuidad y marca una orientación política que no puede despacharse como un mero detalle de procedimiento.
Italia podría haber confirmado su posición histórica, distinguiendo sus relaciones con Washington de la defensa del derecho internacional y de la soberanía de los pueblos. En cambio, ha optado por no pronunciarse a favor del fin de las medidas coercitivas contra Cuba, precisamente cuando la Administración estadounidense intensificaba sus presiones diplomáticas.
La diferencia con países europeos como España y Francia, que no se abstuvieron, hace que la decisión italiana resulte aún más significativa. No existía, por tanto, ningún automatismo europeo que obligara a Roma a adoptar esta posición. La abstención es una decisión política de la que el Gobierno debe asumir la responsabilidad.
Esta elección se inscribe en una orientación más general: el alineamiento atlantista, el aumento del gasto militar, la reducción de los recursos destinados a las políticas sociales y una concepción del orden internacional cada vez más subordinada a las relaciones de fuerza. El juicio es contundente: un Gobierno que invoca constantemente la soberanía nacional no puede olvidar este principio cuando quien lo reivindica es un país más pequeño y políticamente incómodo para su aliado estratégico.
La contradicción es evidente. La soberanía se proclama como un valor absoluto cuando sirve para respaldar las posiciones occidentales, mientras que se convierte en algo negociable cuando se trata de defender a Cuba frente a las sanciones estadounidenses.
La solidaridad no puede depender de la conveniencia geopolítica
La decisión italiana no es solamente una cuestión diplomática. Quienes luchan por la paz, la justicia social y un orden internacional basado en el respeto mutuo deben preguntarse qué significa una abstención que se produce en un momento de especial dificultad para la población cubana.
La solidaridad internacional no puede ser selectiva. No se puede invocar el derecho internacional en una crisis e ignorarlo en otra; no se puede condenar la coerción económica cuando golpea a un aliado y considerarla aceptable cuando se dirige contra un Gobierno que no gusta a Washington.
La lucha contra el bloqueo también afecta a la credibilidad de las instituciones multilaterales. Si la libertad de elección de los Estados solo vale cuando coincide con los intereses de las potencias más fuertes, el principio de igualdad soberana se convierte en una fórmula vacía.
Los 130 votos favorables demuestran, por el contrario, que una parte considerable del mundo sigue rechazando esta lógica. Son países que, pese a sus profundas diferencias políticas, económicas y culturales, reconocen el carácter inaceptable de una estrategia que pretende modificar desde el exterior los equilibrios internos de una nación mediante la privación de recursos y oportunidades.
Este es el terreno en el que debe desarrollarse una nueva iniciativa internacionalista: no una defensa acrítica de todas las decisiones del Gobierno cubano, sino el rechazo de cualquier pretensión de injerencia y de castigo colectivo.
La ausencia de voto de Venezuela: una herida en la historia del internacionalismo latinoamericano
Todavía más dolorosa, para quienes consideran a Cuba una referencia histórica de las luchas antiimperialistas, es la no participación de Venezuela en la votación. El país no figura entre los votos favorables, los contrarios o las abstenciones: no ha expresado una posición mediante el voto.
Se trata de una circunstancia políticamente significativa, porque Cuba y Venezuela han construido a lo largo del tiempo una relación que no se ha limitado a la cooperación entre gobiernos. La solidaridad entre ambos países ha formado parte de un proyecto latinoamericano que, desde la experiencia bolivariana de Hugo Chávez hasta los acuerdos de cooperación energética, sanitaria y social, ha intentado sustraer al continente de la dependencia económica y política de Estados Unidos.
No es necesario idealizar todas las etapas de esa historia para reconocer su alcance. Cuba ha puesto a disposición sus competencias sanitarias, su formación y su cooperación civil; la Venezuela bolivariana ha contribuido, especialmente durante los años de mayor fortaleza económica, a respaldar la integración regional y la resistencia a las políticas de aislamiento de la isla.
Precisamente por eso, la ausencia de Venezuela en la votación pesa más que la de otros países. Cuando Cuba afronta una nueva ofensiva diplomática y una presión económica que golpea directamente a su población, el silencio de Caracas plantea una pregunta política: ¿qué queda de la solidaridad antiimperialista si no se traduce en una posición concreta cuando más necesaria sería?
El juicio sobre este cambio de actitud es severo: no se puede reivindicar la herencia bolivariana y, al mismo tiempo, dejar sin una declaración de voto una batalla fundamental para la soberanía cubana. El internacionalismo no es una memoria celebrativa ni un patrimonio que se evoca durante las conmemoraciones. Es una responsabilidad que se mide a través de las decisiones reales.
Sin embargo, es necesario distinguir la responsabilidad política de las motivaciones específicas de la decisión venezolana, que requerirían una explicación oficial de Caracas. La no participación sigue siendo un hecho político que merece aclaraciones, especialmente a la luz de la historia de cooperación entre ambos países.
No basta con declararse antiimperialista: hay que demostrarlo con decisiones concretas
El caso venezolano remite a una cuestión más amplia que afecta a las fuerzas progresistas y revolucionarias de América Latina. El antiimperialismo no puede reducirse a un lenguaje identitario ni a una referencia ritual a Bolívar, Chávez o Fidel Castro. Debe traducirse en la capacidad de resistir las presiones, construir una solidaridad efectiva y defender los derechos de los pueblos, incluso cuando ello implique costes diplomáticos.
Las presiones estadounidenses no son un fenómeno nuevo. Se manifiestan mediante sanciones, condicionamientos financieros, amenazas comerciales y campañas de deslegitimación. Precisamente por eso, la respuesta no puede consistir en el aislamiento recíproco de los países que aspiran a una mayor autonomía. Debe ser, por el contrario, el fortalecimiento de la cooperación política, económica y social, junto con la construcción de instituciones regionales capaces de reducir las dependencias estructurales.
Si cada Gobierno, ante las presiones de Washington, piensa únicamente en su propia supervivencia diplomática, todo el proyecto de integración latinoamericana pierde consistencia. Si, en cambio, la solidaridad se convierte en una práctica compartida, la capacidad de chantaje de la potencia dominante encuentra límites más sólidos.
La lección de la votación en las Naciones Unidas es, por tanto, doble: Estados Unidos dispone de enormes instrumentos para condicionar las decisiones de otros países, pero no ha conseguido aislar completamente a Cuba; al mismo tiempo, las divisiones y las vacilaciones de los gobiernos que reivindican la autodeterminación amenazan con debilitar precisamente los principios que afirman defender.
De las cifras de la ONU a una nueva etapa de solidaridad
La votación del 28 de octubre debe convertirse en un punto de partida, no en una ocasión para ocultar las dificultades. Los 130 votos favorables constituyen una base política significativa, pero el descenso respecto a 2025 obliga a reflexionar sobre las presiones internacionales, las fragilidades de las alianzas y la necesidad de una labor diplomática más incisiva.
Para Cuba, la prioridad sigue siendo la defensa de su soberanía y la superación de un sistema de sanciones que obstaculiza el desarrollo y pesa sobre la vida cotidiana de la población. Para los movimientos internacionalistas, el desafío consiste en transformar el apoyo expresado en los foros multilaterales en iniciativas concretas de cooperación, información y solidaridad.
En Italia, esto significa también cuestionar la abstención del Gobierno de Meloni y exigir que Roma vuelva a respaldar sin ambigüedades la resolución contra el bloqueo. En la relación con Venezuela, significa solicitar una explicación por su no participación y recordar a Caracas las responsabilidades que se derivan de su historia de cooperación con Cuba.
La batalla no termina con una votación ni se gana con declaraciones. Requiere organización, movilización, iniciativa política y capacidad para construir alianzas entre pueblos, sindicatos, asociaciones, universidades e instituciones.
Cuba no está sola
La gran lección de esta jornada es que Cuba no está sola, aunque las presiones del imperialismo estadounidense hayan provocado deserciones, abstenciones y silencios que no pueden subestimarse. Los 130 votos favorables demuestran que todavía existe un número significativo de países dispuestos a defender el principio de autodeterminación frente a la prepotencia de las grandes potencias.
Pero esta victoria también obliga a llamar a las cosas por su nombre. La abstención italiana representa una grave ruptura con una tradición diplomática consolidada y una señal de subordinación a las orientaciones de Washington. La no participación de Venezuela constituye una herida política que debe explicarse, porque la solidaridad con Cuba no puede convertirse en una fórmula sin consecuencias.
No pedimos una fidelidad ciega a un Gobierno, sino coherencia con un principio: ningún pueblo debe pasar hambre, ser aislado o castigado por elegir un camino diferente del que desean imponerle los Estados Unidos.
Cuba ha resistido y seguirá resistiendo. La tarea de las fuerzas comunistas, de los movimientos populares y de todos aquellos que luchan por un mundo multipolar es lograr que esta resistencia no siga siendo una batalla solitaria. La solidaridad no se proclama únicamente: se demuestra en los momentos difíciles, cuando el chantaje se intensifica y aumenta el precio de la coherencia.
Fuente: Faro di Roma
