Por trigésima cuarta ocasión, Cuba logró una victoria en las Naciones Unidas frente a la política de Estados Unidos. El resultado volvió a mostrar que la presión y la intimidación no consiguen imponer, de manera automática, la voluntad de una potencia sobre el resto del mundo.
Cuba nunca ha considerado enemigo al pueblo estadounidense. Por cercanía geográfica y por nuestros vínculos históricos y culturales, lo vemos como un pueblo vecino. A sus gobernantes les hemos reclamado relaciones de buena vecindad, basadas en el respeto, el derecho internacional y las normas de decencia y convivencia que deben regir tanto las relaciones humanas como las entre Estados.
La historia, sin embargo, ha sido distinta. Antes de 1959, Estados Unidos, desde la arrogancia y prepotencia de siempre, trató a Cuba con desprecio, como a una presa que podía someter a sus intereses. Después del triunfo de la Revolución, el Gobierno estadounidense convirtió esa hostilidad en política oficial. El 3 de febrero de 1962, el presidente John F. Kennedy firmó la Proclama 3447, que formalizó el bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba.
La medida se apoyó en la Ley de Comercio con el Enemigo, aprobada en 1917 durante la Primera Guerra Mundial. El mensaje político era claro: para justificar una estrategia de cerco y asfixia económica, había que presentar a Cuba como enemiga. El propósito era debilitar su economía, reducir el apoyo popular a la Revolución y limitar el derecho de los cubanos a decidir su propio rumbo.
No fue Cuba quien declaró enemigo al pueblo estadounidense. Fue el Gobierno de Estados Unidos quien definió a Cuba como adversaria y, desde entonces, ha sostenido una política de presión y agresiones contra el país.
La votación de ayer, 28 de octubre de 2026, en la Asamblea General de la ONU dejó varias lecciones importantes:
La intimidación no logró imponerse. La mayoría de los países rechazó las medidas coercitivas unilaterales y la pretensión de dictar a otros Estados qué deben decir, cómo votar, con quién comerciar o dónde pueden operar sus empresas y embarcaciones.
El castigo colectivo no es una herramienta legítima. La comunidad internacional volvió a cuestionar el intento de doblegar la voluntad de un Estado soberano mediante la asfixia económica, el hambre y el sufrimiento de su población.
La presión contra Cuba se ha intensificado. Desde comienzos de este año, el Gobierno estadounidense ha endurecido las sanciones y ha expresado abiertamente su intención de controlar la economía cubana. También ha recurrido a amenazas de fuerza y a nuevas restricciones que se suman a las impuestas durante décadas. El mundo al conocerlo, acompañó a Cuba en su denuncia y condena.
El impacto del bloqueo alcanza la vida cotidiana. Desde el inicio de la política de máxima presión, la tasa de mortalidad infantil se ha duplicado. No se trata solo de cifras: detrás de cada indicador hay niños, familias y vidas afectadas.
Las medidas económicas no son daños accidentales. Se han diseñado para causar perjuicios y ejercer presión sobre la población. Incluso se ha descrito, desde el Gobierno estadounidense, la intención de cerrar cualquier vía que permita a Cuba aliviar la presión. El 7 de agosto, el secretario de Estado afirmó: «Lo que estamos tratando de hacerles entender es que no hay ninguna válvula de escape […] cada vez que creen un nuevo mecanismo para intentar librarse del lazo de la horca, nosotros simplemente lo apretaremos más».
Pese a las dificultades, Cuba sostiene que ha trabajado para evitar una crisis humanitaria y proteger servicios esenciales: inversión en energía fotovoltaica, el aumento de la producción nacional de petróleo, la protección energética de hospitales y sistemas de agua, y la reorganización de los servicios de salud y educación. También se destacan las políticas de apoyo a las personas vulnerables, el transporte eléctrico, el incremento de las tierras cultivadas y la agroecología.
Estos esfuerzos no borran las carencias ni los desafíos, pero muestran que la respuesta a la presión también depende de la capacidad de organizarse, producir y proteger a quienes más lo necesitan. La solidaridad social, la participación ciudadana y una gestión pública eficaz son fundamentales para sostener ese trabajo.
La resolución aprobada por la Asamblea General expresó el rechazo de una amplia mayoría a que una potencia pretenda imponer su voluntad sobre las decisiones soberanas de otros países. Los 130 votos a favor de poner fin al bloqueo reflejaron, para Cuba, una defensa de la justicia y del derecho internacional.
Los votos en contra, las abstenciones y las ausencias también forman parte del registro histórico. La votación es una condena moral de los gobiernos y pueblos, frente a una política que afecta a millones de personas y limita la libertad de terceros países para relacionarse con Cuba.
Ayer, se demostró que una votación en la ONU no pone fin al criminal bloqueo ni resuelve por sí sola las condenables consecuencias que este genera. Pero sí deja un mensaje político: la agresión imperialista, en este y en cualquier otro terreno, puede ser derrotada; la presión brutal que se ha ejercido contra el mundo, para que cambien sus posiciones y tradicionales posturas frente al genocidio contra el pueblo cubano, puede ser cuestionada, enfrentada, resistida y vencida; el pretendido aislamiento político y diplomático contra Cuba, por parte de Estados Unidos, su aliado Israel y sus lacayos de “ayer” y “hoy”, puede romperse y volverse contra sus promotores.
La voluntad y capacidad de Cuba de resistir y vencer cada uno de los cercos asesinos: económico, comercial, financiero, tecnológico, deportivo, cultural, científico, académico, turístico, energético, entre otros, impuestos por la potencia más poderosa, fascista, dictatorial, corrupta y genocida de la historia humana, demuestra que la fuerza moral y simbólica de Cuba, es capaz de suscitar la movilización internacional, la unidad y solidaridad del mundo en torno a los valores de justicia, derecho, paz, respeto, igualdad, desarrollo y dignidad que Cuba promueve y defiende.
La votación demostró que Cuba no está sola, que Cuba es respetada, admirada y acompañada por la mayoría notable del mundo.
Estados Unidos volvió a quedar aislado. Su irrisorio “respaldo” fue, muy a pesar, de la efectividad de la brutal presión ejercida sobre gobiernos timoratos y por la genuflexión servil de sus lacayos oportunistas. De lo contrario, seguirían él e Israel vagando en la Historia, como dos almas siniestras en pena.
Solo triunfan los que resisten y combaten con inteligencia. Solo vencen los que creen en la fuerza de la verdad y las ideas de bien para la humanidad.
Merecimos la victoria los que no tuvimos nunca miedo al ENEMIGO.
Fuente empleada: https://cubaminrex.cu/es/intervencion-del-ministro-de-relaciones-exteriores-de-cuba-bruno-rodriguez-parrilla-durante-el-debate-del-tema-37-de-la-agenada-de-la-AGNU-”Necesidad-de-poner-fin-al-bloqueo-económico-comercial-y-fianciero-de-los-Estados-Unidos-contra-Cuba”
