Fuente: La Jornada
En medio de huracanes en Houston, Texas, el Caribe (Cuba y Florida) e inmensos incendios forestales en el estado de Washington en el noroeste de Estados Unidos, catástrofes climáticas de dimensiones y fuerza jamás registradas, según dicen los meteorólogos y climatólogos oficiales y no-oficiales, se acumula el rechazo, condena y abyección ante los negacionistas de este mundo de parte de las generaciones de hoy, mañana y de los siglos por venir. Esos hechos son sólo atisbos, barruntos, del colapso climático antropogénico en curso y de lo que a todas luces son impactos planetarios de la acumulación capitalista que, sin la urgente regulación doméstica y mundial de los gases de efecto invernadero que aceleran el calentamiento global, aumentan su intensidad y frecuencia.

En La territorialidad capitalista en el límite, el capítulo inicial del libro Chevron: paradigma de la catástrofe civilizatoria, coordinado por Ana Esther Ceceña y Raúl Ornelas, publicado por la UNAM y conocida editorial, la investigadora del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM deja en claro que por tratarse de los combustibles fósiles, “una mercancía, un modo de vida y una materialidad…que es motor que da cuerpo, contenido y dinámica al capitalismo de nuestros días, se requiere… desentrañar y poner en evidencia la maraña completa del capitalismo”, es decir: entender el modo de estar del capitalismo y las claves mediante las cuales se forja su ser material y simbólico, su ser territorial. Desde las primeras líneas la autora va al grano y muestra al público de México, América Latina y el mundo, la naturaleza y el modus operandi de Chevron, una de las grandes fieras corporativas que desatan sobre el territorio nacional esa mezcla de codicia, entreguismo, suprema merma constitucional y torpeza geoestratégica, de los gobiernos que padece la nación desde 1982:

Texaco, hoy Chevron, devastó medio millón de hectáreas de selva amazónica buscando petróleo.Generó conflictos entre poblaciones desplazadas y asentadas. Contaminó el ambiente y dejó residuos tóxicos que han hecho perdurable el daño. Se niega a contribuir en el remedio ecológico y ha llegado al absurdo de demandar al país que recibió el perjuicio. Peor, logró que las instancias de justicia de Estados Unidos e internacionales fallen a su favor exigiendo que el Estado ecuatoriano indemnice a la empresa y cargue con sus daños.

Chevron no viene sola. Es parte de una jauría con enorme poder acumulado junto a un sistema bancario/financiero. Robert Engler en The politics of oil, 1961 (La política petrolera FCE, 1966) documentó que el big oil, de facto doma a su antojo las leyes y coloca a su disposición la maquinaria gubernamental, maneja la opinión ciudadana hacia metas que socavan la gobernabilidad pública, todo en nombre de la prosperidad y la tecnología; esa industria fue capaz de destruir la competencia y limitó la abundancia. En nombre del interés nacional ha recibido privilegios aún mayores a los otorgados a otras industrias. En nombre de la seguridad nacional influye y realiza ganancias de una política exterior que apoya el chovinismo de unos pocos en lugar de la generosidad y aspiraciones de los muchos en las áreas subdesarrolladas. En nombre de la empresa privada, contribuye al deterioro de porciones de la vida democrática, de la educación y de la moral cívica. En nombre del derecho de representación que entroniza dentro de los procesos políticos hace imposible diferenciar las acciones públicas de las privadas. En nombre de la libertad, la industria petrolera recibe sustancial inmunidad en la rendición de cuentas ante el público(p.9).

Luego del Torrente imperialista que siguió al 11/S, la sólida evaluación de Engler se queda corta. Los antecedentes importan. Luego de la guerra Árabe-Israelí (1973) el General Wesley Clark ex-comandante de la OTAN, en varios estudios mostró que la dependencia de Estados Unidos del petróleo importado y la ausencia de alternativas energéticas (solar, eólica, etcétera) textual: “distorsionaría la política exterior, lo que llevaría a lanzar mucho dinero fuera del país y en dirección al uso de tropas de Estados Unidos en ultramar para asegurar el acceso a esos suministros…y eso fue lo que ocurrió”. “Eso llevó a la creación del Al Qaeda, al 11/S, a nuestra invasión de Afganistán y a la decisión del gobierno de Bush II de invadir a Irak, llevó al gasto de unos dos billones de dólares (a couple of trillion dollars) y más, mucho más dinero”. Según Clark se gastan 150 mil millones de dólares anuales en las guerras por el petróleo ciertamente de una manera directa o indirecta. El resto, es para desplegar tropas y proteger el acceso al petróleo.

En 1998 Kenneth Derr, gerente de Chevron, exclamó desde la avaricia de esa corporación: Irak tiene enormes reservas de petróleo y gas, reservas a las que desearía que Chevron pudiera acceder. A Derr y el big oil, se les cumplió. (continuará)

Por REDH-Cuba

Shares