Las dieciocho plazas que ayer recorrieron Italia de norte a sur, con miles de personas en Roma y decenas de miles moviladas en total en el país, no representan solo una manifestación de solidaridad internacional. Han sido algo más profundo: un acto político y moral contra la barbarie de la guerra, contra el chantaje económico impuesto a los pueblos soberanos y contra la idea de que el mundo deba ser gobernado por la ley del más fuerte.
De Roma a Nápoles, de Milán a Palermo, de Bolonia a Bari, trabajadores, estudiantes, mujeres, migrantes, asociaciones pacifistas, sindicatos de base y organizaciones de la solidaridad internacionalista reafirmaron con fuerza que Cuba no está sola. Gritaron que el pueblo cubano tiene derecho a su propia autodeterminación y que el bloqueo impuesto por los Estados Unidos desde hace más de sesenta años constituye una violencia criminal, una forma de guerra económica permanente que golpea la vida cotidiana de millones de personas.
El dato político más importante surgido de esta extraordinaria movilización nacional es que también en Italia crece una conciencia colectiva capaz de conectar las luchas de los pueblos. La causa cubana, la palestina, la denuncia de la OTAN y de las políticas imperialistas, la exigencia de paz y justicia sociale no son batallas separadas. Son partes de un único frente humano y político contra un modelo de dominación fundado en la guerra, en el saqueo de los recursos, en la financiarización de la economía y en la destrucción de los derechos sociales.
Cuba sigue representando, a pesar de las enormes dificultades materiales, una extraordinaria experiencia de resistencia. En décadas de agresiones, atentados, sabotajes y aislamiento económico, la isla no ha exportado guerras, ni ejércitos, ni devastación. Ha exportado médicos, solidaridad, alfabetización, cooperación internacional. Ha enviado brigadas sanitarias a los territorios afectados por epidemias, terremotos y catástrofes naturales. Ha construido un modelo social fundado en la gratuidad y universalidad de la salud y de la educación, en neto contraste con el neoliberalismo que transforma todo en mercancía.
Lo hemos visto también en Italia, en la Calabria abandonada por décadas de privatizaciones y recortes a la sanidad pública, donde los médicos cubanos han representado una ayuda concreta para comunidades enteras que se habían quedado sin servicios esenciales. Y, sin embargo, precisamente quienes han desmantelado el bienestar social y han precarizado el trabajo pretenden dar lecciones de democracia a un pueblo que, aun bajo asedio, sigue defendiendo su dignidad nacional.
El bloqueo no es un embargo cualquiera. Es un dispositivo de estrangulamiento económico que impide la compra de medicamentos, tecnologías, piezas de repuesto, instrumental sanitario y recursos financieros. Es un mecanismo que intenta doblegar a un pueblo a través del hambre y el sufrimiento. Y es aún más grave porque viene acompañado de continuas campañas mediáticas y de amenazas de desestabilización política y militar.
Por esto, las plazas italianas de ayer asumen un significado internacional. En un tiempo marcado por la militarización de la economía y por la normalización de la guerra, ponerse del lado de Cuba significa ponerse del lado de la paz. Significa decir no al imperialismo, no a las sanciones unilaterales, no a la lógica de los bloques geopolíticos. Significa defender el derecho de los pueblos a elegir de forma autónoma su propio modelo social, político y económico.
Hay además otro elemento que no puede ser ignorado. La solidaridad con Cuba nace hoy sobre todo entre aquellos sectores sociales que están pagando el precio más alto de la crisis capitalista: jóvenes sin perspectivas, trabajadores empobrecidos, migrantes, jubilados, mujeres afectadas por la precariedad y por los recortes al estado de bienestar. Quien vive en su propia piel las consecuencias de las políticas neoliberales comprende mejor el significado de la resistencia cubana. Comprende que la batalla contra el bloqueo afecta también al futuro de los derechos sociales en Europa.
Las movilizaciones del 28 de mayo indican, por lo tanto, la necesidad de relanzar un nuevo internacionalismo de los pueblos. Un internacionalismo concreto, capaz de transformar la solidaridad en iniciativa política, cooperación, recogida de fármacos, apoyo material y batalla cultural contra la propaganda dominante.
Por ello será importante la asamblea nacional “Cuba por la paz”, convocada para el 7 de junio en el Nuovo Cinema Aquila de Roma. No como un simple momento celebrativo, sino como una etapa de un camino más amplio de organización y movilización permanente.
Defender a Cuba hoy significa defender la idea misma de que otro mundo es posible. Significa oponerse a la barbarie de la guerra global y reafirmar la centralidad de la paz, de la justicia social y de la solidaridad entre los pueblos.
Porque Cuba sigue resistiendo no solo por sí misma, sino por todos aquellos que en el mundo no quieren rendirse ante la arrogancia del imperio.
Cuba no está sola. Hasta la victoria siempre.
