El domingo, por el Paseo de la Reforma, las banderas de México y Cuba avanzaron acompasadas por el mismo viento. El contingente recorrió 2.6 kilómetros desde el Hemiciclo a Juárez hasta la antigua embajada de Estados Unidos, en una marcha contra el bloqueo y en defensa de la soberanía cubana. Podía parecer una protesta circunstancial. Era, en realidad, la reaparición de una memoria política que cruza el golfo desde hace dos siglos.

Entre México y Cuba, el mar nunca ha sido sólo distancia, sino también ruta de conquistas y exilios, de conspiraciones, cultura y refugio. Por sus aguas circuló primero el poder colonial; después viajaron las ideas emancipadoras. En el siglo XIX, más de 30 cubanos combatieron por la soberanía de México frente a agresiones externas, y numerosos mexicanos pelearon también por la independencia de Cuba. La geografía no cambió; cambió el sentido del viaje.

 José Martí, el héroe nacional de Cuba, comprendió tan profundamente esa cercanía que escribió en sus apuntes íntimos: “Si yo no fuera cubano, quisiera ser mexicano; y siéndolo le ofrendaría lo mejor de mi vida”. En diciembre de 1875, estrenó en México Amor con amor se paga, obra teatral cuyo sentido terminó por desbordar el escenario. La tierra azteca fue para él aprendizaje, tribuna y segunda patria, mientras Cuba representó para México un espejo de sus propias batallas contra la subordinación extranjera.

Esa relación no nació en los palacios. La construyeron migrantes, músicos, exiliados, militantes y poetas. El cubano José María Heredia contempló el paisaje mexicano con ojos de desterrado y escribió: “¡Cuánto es bella la tierra que habitaban los aztecas valientes!”, verso inicial del poema En el Teocalli de Cholula, escrito en 1820. El líder comunista Julio Antonio Mella encontró aquí refugio y actividad política hasta que fue asesinado en 1929 por sicarios de la dictadura cubana de la época. Más tarde, el bolero atravesó puertos y estaciones de radio hasta desdibujar la frontera entre lo cubano y lo mexicano.

También la política siguió esa ruta. Fidel Castro llegó a México como exiliado en 1955. Aquí reorganizó el movimiento revolucionario, reunió a sus compañeros y partió de Tuxpan en 1956 a bordo del Granma. Lo que ocurrió a partir de ese día es historia. La misma costa que había recibido expediciones de conquista se convirtió entonces en punto de partida de una lucha por la soberanía de la isla.

Años después, en 1964, cuando la mayoría de los gobiernos latinoamericanos rompió relaciones con La Habana bajo la presión de la OEA –“ministerio de colonias de Estados Unidos”–, México decidió mantener sus relaciones diplomáticas. No fue únicamente un gesto de simpatía. Era una posición coherente con la experiencia histórica de un país invadido, despojado de parte de su territorio y sometido durante décadas a presiones externas. Para México, la no intervención nunca fue una fórmula ceremonial, sino una forma de defensa propia.

Por eso, el bloqueo contra Cuba no puede presentarse como un elemento secundario de su historia contemporánea. Más de seis décadas de restricciones económicas, comerciales y financieras han condicionado la vida de varias generaciones. El cerco se parece cada día más a un bloqueo naval y, según se denunció ayer ante el Parlamento cubano, se traduce hoy en más de 7 mil contenedores cargados con medicamentos, alimentos, piezas de repuesto y tecnología, retenidos en puertos internacionales.

Más allá del caso cubano, quienes defienden los bloqueos y la presión económica sostienen que ésa es la fórmula más eficaz para obligar a cambiar a los países que consideran refractarios a la democracia. Argumentan que el diálogo, la cooperación y lo que denominan “complacencia” no han producido avances. Su razonamiento responde a la vieja teoría de que, cuanto peor estén las cosas, mayores serán las posibilidades de provocar una ruptura política. El problema es que ese deterioro nunca se distribuye de manera equitativa. Recae primero sobre los sectores más débiles e indefensos, convertidos en víctimas colaterales de una estrategia diseñada muy lejos de sus hogares.

La ayuda enviada recientemente por México –más de 814 toneladas de alimentos y productos básicos transportadas desde Veracruz– se inscribe en la larga historia de ese golfo que, lejos de separar a ambos pueblos, ha tejido entre sus costas una memoria compartida. En marzo de este año, Andrés Manuel López Obrador evocó una idea de Lázaro Cárdenas: que la suerte de Cuba también concierne a México. Ello no se debe a que ambos países deban confundirse ni a que la solidaridad elimine sus diferencias, sino a que América Latina conoce demasiado bien el método de aislar a una nación para disciplinar a las demás.

La marcha por el Paseo de la Reforma expresó esa conciencia. No fue sólo una muestra de gratitud hacia un gobierno que ha mantenido esa posición, ni nostalgia por una revolución ahora asediada. Fue también la defensa de un principio: ningún pueblo debe ser sometido mediante el hambre, la escasez o la asfixia económica para obligarlo a renunciar a su soberanía. El Golfo que lleva con honra el nombre de México dejó, una vez más, de ser frontera para convertirse en puente.

Fuente: La Jornada

Por REDH-Cuba

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