En esta entrevista exclusiva del BLOG AMÉRICA, que se publica en dos entregas, Rafael Hidalgo dialoga con el destacado teólogo brasileño Frei Betto, quien reflexiona sobre las causas y objetivos de la extrema agresividad de Trump. Razona acerca de la naturaleza violenta de un imperio en decadencia, que busca reajustarse y sobrevivir. Identifica las implicaciones para la América Latina y el Caribe de tales políticas, y propone algunas alternativas concretas de lucha frente a la nueva embestida monroísta de la Casa Blanca.


RH: Betto, la América Latina y el Caribe merecen un abordaje particular, no sólo por el peso que los EE.UU. le han concedido, desde Monroe a la fecha, e incluso desde antes. ¿Cómo aprecias su presente y futuro en los marcos de la vigente Doctrina de Seguridad Nacional de los EE.UU., y el llamado corolario Trump, en un contexto de derechización ostensible en varios gobiernos de la región?

FB:   La pregunta aborda un asunto neurálgico para la América Latina y el Caribe: la combinación de una Doctrina de Seguridad Nacional (DSN) estadounidense, renovada con un sesgo explícito de “los Estados Unidos primero” (el llamado Corolario Trump) con el giro a la derecha de varios gobiernos en la región.

La DSN vigente en los Estados Unidos ya no es la de la Guerra Fría (anticomunismo soviético), sino una doctrina centrada en la competencia estratégica con China y Rusia. En ese nuevo tablero, la América Latina es relegada a un papel secundario, un “patio trasero” donde se debe evitar la influencia del adversario, especialmente la china (tecnológica, infraestructural e incluso militar). Eso resignifica la vieja DSN: la amenaza ya no es la subversión ideológica, sino la dependencia económica de potencias rivales.

El Corolario Trump (una alusión al Corolario Roosevelt de 1904) es una política de intervención más brutal, unilateral y enfocada en resultados inmediatos, en terrenos como la contención de la migración, el combate al narcotráfico (el fentanilo) –visto como una amenaza interna a los Estados Unidos– y la exigencia de un alineamiento automático. A diferencia de Biden, Trump tiende a usar sanciones, aranceles y amenazas de una acción militar directa (como contra los cárteles en México), en vez del “soft power”.

En la América Latina, gobiernos de derecha (Argentina, Ecuador, El Salvador y, parcialmente, Uruguay y Chile) tienden a alinearse con Washington, pero eso trae costos aparejados. Bukele, por ejemplo, es elogiado por Trump por su actuación en el tema de la seguridad, pero su autoritarismo preocupa a sectores liberales de los Estados Unidos. Milei es radicalmente pronorteamericano, pero su inestabilidad económica hace vulnerable a la región.

Cada gobierno de derecha podrá firmar acuerdos bilaterales con los Estados Unidos en temas como migración, bases militares e inteligencia, pero sin un marco regional unificado (como fue la OEA durante la Guerra Fría). Eso debilita la autonomía sudamericana.

El Corolario Trump incentiva el uso de las fuerzas armadas en el combate contra el crimen organizado, algo que ya se ha visto en Ecuador, Honduras y El Salvador. Pero eso recrea el viejo papel de los militares como árbitros internos y abre un flanco a las violaciones de derechos humanos, la inestabilidad política y hasta nuevos golpes de Estado.

Cuando los gobiernos progresistas (Brasil, Colombia, México) resisten, se ven sometidos a una presión extrema. El futuro próximo será de tensión constante; los Estados Unidos usarán su poder financiero y diplomático para castigar cualquier apertura a China o a Rusia, mientras que la derecha regional tendrá que rendir cuenta den sus resultados (generando posibles fracturas entre el “trumpismo duro” y la derecha tradicional conservadora).

Si la América Latina repite los errores de las décadas de 1960 y 1970 –alineamiento acrítico con la DSN de los Estados Unidos unido a represión interna en nombre de la “seguridad”, asesinato de líderes sociales y dependencia externa–, el precio será alto. El futuro puede traer una profundización de la subordinación o una reacción nacionalista (también de derecha, una especie de “Trump latino”) que rechace tanto a Washington como a la izquierda,

El presente es de vuelta a una tercerización conservadora: la DSN + el Corolario Trump reducen a la América Latina a una zona de contención de amenazas y extracción de ventajas inmediatas (migración, drogas, tierras raras). El futuro inmediato tiende a ser de un mayor intervencionismo puntual, una militarización interna de los gobiernos aliados y una erosión de la democracia liberal en nombre del “orden”. Salir de ese marco le exigiría a la región una integración autónoma y un proyecto de desarrollo propio, algo que la actual ola de derechización, irónicamente, abandona a cambio de la protección asimétrica de los Estados Unidos.

RH: En este contexto, ¿qué lecturas haces de lo sucedido el pasado 3 de enero en Venezuela, así como de las posteriores amenazas a Cuba por parte de la Casa Blanca? ¿A qué escenarios podríamos llegar?

 FB: Me causó una gran sorpresa la intervención yanqui en Venezuela, ahora transformada en un protectorado de los Estados Unidos como Cuba a inicios del siglo XX. Se hablaba tanto de Revolución Bolivariana, pueblo organizado (y hasta armado), milicias combatientes, brigadas entrenadas… y las fuerzas que secuestraron a Maduro y su esposa entraron en el país sin provocar casi ninguna reacción, aunque fueron filmadas. Me asombró también que fuese secuestrado del modo como conocemos. Aunque en todo caso, es imprescindible condenar esta acción criminal de Estados Unidos, que viola de manera flagrante el Derecho Internacional, y exigir por todas las vías que sea devuelto a Venezuela.

No creo que Trump repita en Cuba lo que hizo en Venezuela. Sabe que Cuba tiene un pueblo mucho más resiliente, acostumbrado a innumerables amenazas estadounidenses. En Irán, Trump esperaba que al morir el líder el pueblo se rebelaría y cambiaría el sistema de gobierno. Pero el pueblo se unió. En Venezuela, el secuestro de Maduro fue suficiente para domesticar al actual gobierno del país. En Cuba, en caso de que se secuestrara a los líderes, ni el gobierno se sometería ni el pueblo se rebelaría contra este. Por tanto, pienso que la Casa Blanca prefiere el método del torniquete: apretar más y más el bloqueo al pueblo cubano para llevarlo a tal penuria que clamara por la salvación del Tío Sam…

RH: ¿Qué alternativas percibes a nivel gubernamental y en el campo de los partidos políticos y los movimientos sociales, para diseñar acciones de contención a la actual política exterior de la Casa Blanca?

FB: En el nivel de los Estados que buscan contener a la política exterior de la Casa Blanca (sanciones, presiones diplomáticas, aislamiento) o responder a ella, las alternativas que aprecio necesarias incluyen:

1) Diversificación de socios estratégicos. Fortalecer las relaciones con China, Rusia, la India y los países del Sur Global, reduciendo la dependencia comercial y financiera de los Estados Unidos.

2) Integración regional autónoma. Reactivar los mecanismos como la CELAC y el ALBA, creando instancias de coordinación política que excluyan la influencia estadounidense.

3) Diplomacia de contrapeso. Articular posiciones conjuntas en foros como la ONU, los BRICS o el G77 para neutralizar las sanciones y condenas unilaterales.

4) Monedas y mecanismos financieros alternativos. Avanzar en sistemas de pago en monedas locales (por ejemplo, el sucre, el swap de monedas China-Brasil) para evadir el control del dólar y del sistema Swift.

En cuanto a los partidos, especialmente los de izquierda, centroizquierda y nacionalistas, percibo importante:

1) Crear frentes parlamentarios internacionales. Constituir redes legislativas antimperialistas para denunciar intervenciones y bloquear acuerdos ventajosos para los Estados Unidos.

2) Coaliciones electorales en torno a la soberanía. Los partidos pueden participar en elecciones con plataformas explícitas de contención a la política exterior estadounidense, explotando el rechazo popular a sanciones e injerencias.

3) Diplomacia partidaria paralela. Enviar delegaciones de partidos a países afectados por sanciones (Venezuela, Cuba, Nicaragua) para construir solidaridad y presión internacional.

A los movimientos sociales que han actuado como actores críticos y propositivos, les propongo:

1) Campañas de solidaridad activa. Movilización para el envío de ayuda humanitaria a países bloqueados (por ejemplo, caravanas contra el bloqueo a Cuba).

2) Litigación internacional. Apoyo a acciones judiciales del Tribunal Penal Internacional o la CIDH contra sanciones unilaterales y daños económicos a poblaciones civiles.

3) Boicots y desinversión. Presión para que los fondos de pensiones, las universidades y los gobiernos locales retiren sus inversiones de empresas que financian la política exterior de los Estados Unidos o lucran con ella.

4) Comunicación popular. Enfrentar la narrativa hegemónica de los medios occidentales sobre “dictaduras” o “crisis” fabricadas promoviendo la contrainformación.

RH: ¿Cómo aprecias el papel potencial de Brasil en tanto miembro de los Brics y como país con fuerza suficiente como para contribuir a una región más integrada?

FB: Brasil desempeña un papel fundamental tanto en los BRICS como en la integración regional de la América del Sur. Como la mayor economía de la región, el país tiene capacidad para actuar como puente entre los países desarrollados y los emergentes, sobre todo en temas como el comercio, la transición energética, la reforma del sistema financiero global y la gobernanza digital. En los BRICS, puede defender los intereses del Sur Global sin abandonar sus tradiciones diplomáticas, como el pragmatismo y el compromiso con la paz y el multilateralismo. En la región, su fuerza económica, su infraestructura y su mercado interno son activos estratégicos para reactivar mecanismos como UNASUR y Mercosur, promoviendo una mayor coordinación en infraestructura, defensa, ciencia y política ambiental. El desafío reside en conciliar ese liderazgo con la necesidad de mantener la autonomía y evitar polarizaciones ideológicas, algo que históricamente Brasil ha sabido hacer. Si logra equilibrar su inserción global con una apuesta concreta por la integración suramericana, el país puede convertirse en un inductor del desarrollo regional y un actor relevante en la construcción de un orden institucional más justo e inclusivo.

RH: Como se observa cada vez más, el pragmatismo disfrazado de responsabilidad y aderezado con una retórica soberanista y populista, está en boga. Los procesos de conciliación sumisa ante el poder de los EE.UU. más claros no pueden ser, como se evidenció en Miami, hace poco, durante la vergonzosa Cumbre presidencial llamada “Escudo de las Américas”, así como en el evento miamense “Iniciativa de inversión futura”.

Delante de este cuadro involutivo, Betto: ¿cuáles son tus reflexiones, sobre todo en el plano de la ética política, pues se está viendo que discurso político y práctica política se separan con peligrosa frecuencia?

FB: Ante este cuadro involutivo, mis reflexiones se centran en la peligrosa ruptura entre el discurso político y la práctica política, un fenómeno que erosiona la esencia de la ética pública.

En primer lugar, la ética política exige coherencia entre lo que se declara y lo que se ejecuta, como hacía Fidel. Cuando la retórica promete justicia, igualdad o transparencia, pero la acción produce privilegios, corrupción u opacidad, se instaura una mentira institucionalizada. Eso no solo deslegitima a sus representantes, sino que socava la confianza colectiva en las democracias.

En segundo lugar, la separación sistemática entre la palabra y la acción genera un cinismo funcional: el político pasa a administrar imágenes en lugar de resultados, y el ciudadano aprende a dudar de toda promesa. Ese círculo vicioso disuelve la responsabilidad y debilita el control social.

Por último, creo que la salida exige tres movidas éticas: rescate de la honestidad como criterio de elegibilidad (no solo legal, sino también moral); fortalecimiento de los mecanismos de rendición de cuentas que castiguen la hipocresía política; y educación ética desde la base, para que la ciudadanía exija coherencia cotidiana, no solo consignas demagógicas en las campañas políticas.

Sin la unión entre el hablar y el hacer la política se convierte en teatro y la ética, en pieza de museo. Y un pueblo que lo acepta está a un paso de aceptar cualquier arbitrariedad.

RH: Y en este momento de los hechos, aparece Cuba, la que Lester Mallory pidió llevar al punto de la desesperación, en su Memorándum del 16 de abril de 1960, cuando fundamentó la “necesidad” del que ellos llaman “embargo”, nosotros “bloqueo” de manera habitual y que Fidel llegó a calificar de “guerra económica genocida”.

En el contexto descrito, Betto, esta es mi última pregunta: ¿cómo valoras nuestro presente y sobre todo nuestro futuro como Revolución cuya principal tarea internacionalista de hoy es salvar las conquistas de la misma y desarrollarlas en las nuevas circunstancias?

FB: Compañero, tu pregunta toca el centro de la resistencia histórica de Cuba. Al analizar el presente y el futuro de la Revolución Cubana partiendo del memorando de Lester Mallory –que buscaba deliberadamente la “desesperación” del pueblo cubano para forzarlo a la rendición—mi evaluación es la siguiente:

Estamos ante un escenario de “guerra económica genocida” intensificada, exactamente como alertó Fidel. El bloqueo (o el embargo, como lo llaman en los Estados Unidos) se ha endurecido en los últimos años con medidas como la activación del Título III de la Ley Helms-Burton y la inclusión de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo. Eso ha agravado el acceso a alimentos, medicamentos, combustibles y divisas. Pero el presente, muestra una revolución que ha aprendido a sobrevivir y resistir en medio de la adversidad. Las conquistas sociales (salud, educación, ciencia) no han sido abandonadas. Incluso con apagones y escasez, Cuba desarrolló vacunas propias contra la Covid-19, mantener médicos en el mundo y preserva su soberanía. El presente es de lucha diaria, creatividad y resistencia cultural y política.

El gran desafío de la Revolución en este momento es, exactamente, “salvar las conquistas y desarrollarlas en nuevas circunstancias” Eso significa;

1) Actualización del modelo económico sin echar a un lado el socialismo. Las nuevas circunstancias exigen más autonomía productiva, descentralización y estímulo al sector privado (las MiPymes), pero siempre con un control estatal de los sectores estratégicos.

2) Recomposición de la solidaridad internacional como una tarea anticolonial: enfrentar la campaña de descrédito de los Estados Unidos y fortalecer las alianzas con los BRICS, la CELAC y el llamado Sur Global.

3) Solución habitacional y demográfica. La vivienda y la demografía son dos de los mayores desafíos internos que afectan la calidad del socialismo cubano. Sin jóvenes, porque muchos abandonan el país en busca de mejores condiciones de trabajo y vida, y sin una vivienda digna, las conquistas se hacen frágiles.

4) Mantener la coherencia revolucionaria: el mayor triunfo cubano sigue siendo la legitimidad histórica de haber resistido durante más de 60 años al imperio más poderoso de la historia.

En resumen, el futuro no es optimista por causalidad, sino por la resistencia. Si Mallory quiso llevar a los cubanos a la desesperación, su plan fracasó, porque el pueblo cubano construyó una reserva moral y política que transforma la escasez en dignidad. La Revolución se actualiza o muere. El internacionalismo hoy es sobrevivir sin rendirse, ayudar sin subyugar y desarrollarse sin perder el alma. Por eso, el futuro es la continuación de la esperanza organizada, como dijera José Martí: “el deber de un hombre es luchar”.

RH: Gracias, estimado Betto, por tus reflexiones. Todas quedan como anticipo de próximos intercambios para pensar las dinámicas realidades de esa América, la que Martí llamo “nuestra”, que necesita articularse más y mejor para contener al coloso del Norte. Éste cree estar hoy con las manos libres. Urge demostrarle que no es así. Como tú dirías, así sea.

Lunes 11 de mayo de 20

«El intento de recuperar el dominio por la fuerza, típico del ‘estilo Trump’, es un retroceso a la lógica del poder bruto del siglo XIX»

Por REDH-Cuba

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