Mientras una parte de Europa continúa alineándose con las estrategias geopolíticas de Washington, existe otra Italia que no acepta el silencio, la indiferencia y la subordinación. Es la Italia de los jóvenes, de los estudiantes, de los trabajadores, de las organizaciones populares y democráticas que siguen movilizándose al lado de Cuba, reconociendo en su resistencia una de las más altas expresiones de la dignidad de los pueblos.
La jornada del 10 de julio representó un nuevo e importante momento de movilización, con una concentración en Roma frente a la FAO bajo el lema “Mantengamos encendidas las luces por Cuba”, promovida por varias estructuras de solidaridad, entre ellas las siempre presentes y con muchísimos activistas militantes, Cambiare Rotta y OSA, organizaciones vinculadas a la Red de los Comunistas (Rete dei Comunisti). Centenares de personas salieron a la calle exigiendo a las Naciones Unidas, a la FAO y a todas las organizaciones internacionales que intensifiquen cada iniciativa para que finalmente se ponga fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos desde hace casi setenta años. Un asedio que ningún otro país en el mundo ha sufrido con tal intensidad y durante un período tan largo.
Llama la atención, sobre todo, la presencia de tantos jóvenes. Una generación que los grandes medios de comunicación describen a menudo como desinteresada por la política, individualista y carente de ideales. Y sin embargo, cuando se trata de defender el derecho de los pueblos a la autodeterminación, de denunciar las guerras económicas y las formas más sofisticadas del imperialismo contemporáneo, son precisamente muchos chicos y chicas quienes demuestran que aún existe una conciencia crítica capaz de mirar más allá de la propaganda dominante.
Estos jóvenes no defienden a Cuba por nostalgia del pasado, sino porque reconocen en la isla un laboratorio de soberanía nacional, de cooperación internacional, de salud e instrucción públicas, de solidaridad entre los pueblos. En un mundo en el que todo parece reducirse al beneficio económico, Cuba sigue representando, a pesar de las enormes dificultades, una alternativa posible fundada en la centralidad del ser humano.
Por contraste, resulta aún más grave la posición asumida por el Gobierno italiano, que hace pocos días se abstuvo en la votación de la Asamblea General de la ONU sobre la resolución que pide el fin del bloqueo. Una opción políticamente incomprensible y moralmente inaceptable, sobre todo considerando que, desde hace más de treinta años, la comunidad internacional condena de forma casi unánime este régimen sancionador, reconociendo sus efectos devastadores sobre la población civil.
La abstención italiana representa la enésima demostración de una política exterior incapaz de ejercer una autonomía real respecto a los intereses estratégicos de los Estados Unidos. Una subordinación que no afecta únicamente a Cuba, sino que abarca ya a todo el panorama internacional, desde las guerras hasta las sanciones económicas, pasando por la militarización creciente de Europa.
Por esta razón, la movilización del 10 de julio asume un valor que va mucho más allá de la solidaridad con Cuba. Habla también de la Italia que quisiéramos construir: un país capaz de elegir la paz en lugar de la guerra, la cooperación en lugar de las sanciones, el derecho internacional en lugar de la ley del más fuerte.
Las nuevas generaciones están comprendiendo que la defensa de Cuba significa también defender un principio universal: ningún pueblo debe ser estrangulado económicamente por haber elegido un modelo social y político diferente al impuesto por las grandes potencias. Significa afirmar que la soberanía de los pueblos no se negocia y que el derecho internacional debe aplicarse a todos, sin dobles raseros.
Por ello, las plazas italianas que continúan llenándose de banderas cubanas representan una señal de esperanza. Demuestran que el internacionalismo no pertenece al pasado, sino que sigue vivo en las conciencias de quienes rechazan cualquier forma de colonialismo, viejo o nuevo, militar o económico.
La solidaridad con Cuba no es solamente un gesto de cercanía hacia un pueblo bajo asedio. Es un acto de resistencia contra un orden mundial fundado en la opresión y en la fuerza. Es la reafirmación del derecho de los pueblos a decidir libremente su propio destino.
Por esto podemos afirmarlo una vez más con convicción: Cuba no está sola. Mientras existan jóvenes capaces de indignarse contra las injusticias y de movilizarse por la libertad de los pueblos, el bloqueo no logrará apagar la esperanza.
¡Cuba no está sola! ¡Patria o muerte! ¡Venceremos!
Fuente: Faro di Roma
