El 9 de agosto, día mundial en el que se recuerdan los crímenes de lesa humanidad cometidos por el imperialismo estadounidense durante más de un siglo. Una jornada impulsada en 2017 por el llamado de cuatro intelectuales y escritores argentinos, Atilio Boron, Stella Calloni, Telma Luzzani y Alejo Brignole, y relanzada por la Red de Intelectuales, artistas y movimientos sociales en defensa de la humanidad. Su capítulo argentino ha publicado ahora un libro digital sobre el tema, que se puede descargar gratuitamente, Estados Unidos contra la humanidad.

 Resumen Latinoamericano da cuenta del desarrollo de la operación y los pasos para continuar la movilización, que hoy ya se celebra en más de 20 países. Teniendo en cuenta el número de invasiones, bombardeos, asesinatos selectivos, injerencias cometidas por el imperialismo estadounidense, se podría haber elegido cualquier fecha. Sin embargo, como el mundo sabe, el 9 de agosto de 1945 es el día en que el entonces presidente Harry Truman decidió lanzar la segunda bomba atómica sobre el pueblo japonés a Hiroshima, replicando lo que había hecho tres días antes contra el de Nagasaki.

Por supuesto, muchas otras naciones imperialistas -Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Alemania, Israel, por nombrar algunas- han cometido o continúan cometiendo crímenes de lesa humanidad desde el siglo pasado hasta el presente: torturas, invasiones, genocidio económico de países periféricos mediante la imposición de medidas coercitivas unilaterales. Sin embargo, se puede decir que los cometidos por Estados Unidos contra cualquiera que se oponga a los diseños económicos y políticos imperialistas en América Latina, Asia, África, los resumen y superan a todos, en amplitud, sistematización y alcance.

Para citar solo una cifra, después de la Segunda Guerra Mundial, el número de muertos causados por Estados Unidos supera los 20 millones en 37 naciones atacadas. Como recuerda Resumen Latinoamericano, un estudio realizado por la Universidad Norteamericana de Brown estima que las víctimas directas causadas en Asia y Oriente Medio tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 son 800.000, sin contar las enfermedades y hambrunas provocadas por la destrucción de la guerra, y el número de personas desplazadas con consecuencias en 80 países, equivalente a 21 millones.

La aberrante actualización de la tortura como método para ganar en el llamado “choque de civilizaciones”, como se definió el radicalismo islámico después del 11 de septiembre, también se debe al gobierno de Estados Unidos. Y aquí hay un punto crucial de relevancia. Especialmente después de la caída de la Unión Soviética, Estados Unidos promovió una barbarización generalizada de las reglas de la convivencia internacional, dedicándose a demoler sistemáticamente la legitimidad de instituciones como la ONU, que había trabajado para sacarle provecho después del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Junto con sus principales peones como Israel, cuyos crímenes han prosperado a la sombra del poderoso padrino norteamericano, Estados Unidos se ha dedicado a ignorar o pisotear los cientos de resoluciones de Naciones Unidas aprobadas contra la opresión. Los países más afectados, comenzando por Cuba y la Venezuela bolivariana, y por supuesto Palestina, lo han denunciado en todos los ámbitos internacionales.

A través de una política de hechos consumados, justificada por la perpetuación de la lógica de la emergencia, sea «contra el terrorismo», sea “contra el narcotráfico” o contra cualquier flagelo provocado por las distorsiones del capitalismo, Estados Unidos ha debilitado el principio de garantía giuridica como derecho humano básico, inalienable y universal, demostrando así la verdadera naturaleza de la democracia burguesa.

Para ello, dicen los promotores y promotores de la campaña contra los crímenes de Estados Unidos, es importante conmemorar esta fecha con todos los medios disponibles. Traer al presente el partido que se jugó en el siglo pasado entre las fuerzas del proletariado y las del capitalismo sirve para comprender la importancia de haber construido un terraplén de contención en los países del sur global tras la caída de la Unión Soviética.

Sirve para reposicionar claramente la cuestión del antiimperialismo en el contexto de la articulación multicéntrica y multipolar que se está trazando alrededor de China. Sirve para redefinir la cuestión de la alternativa y los costos a pagar dentro del alcance de lo posible y lo prospectivo.

Para ello, es necesario analizar y apoyar los procesos de cambios que se han producido y se están dando en América Latina, continente que Estados Unidos consideraba su patio trasero y que ha arrasado con dictaduras, masacres y robos, y que quisiera continuar a mantener bajo control neocolonial, destruyendo el mensaje de resistencia que emana, a partir de la revolución cubana.

Es importante para evaluar el vacío que deja la pérdida de poder conflictivo de la lucha de clases en los países capitalistas, donde se decide, partiendo del costo de la mano de obra, también el costo que se impondrá a pueblos que, como Cuba y Venezuela, no quieren arrodillarse. Un costo en términos de medidas coercitivas unilaterales, violaciones y opresión: en nombre de los «derechos humanos» de los que Estados Unidos se siente portador absoluto.

 

Fuente: Resumen Latinoamericano

Por REDH-Cuba

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