El 17 de abril de 1961, hace sesenta y cinco años, era lunes. Ese día, muy temprano por la mañana, un grupo de aproximadamente 1.400 soldados estadounidenses desembarcó en las playas de la Bahía de Cochinos, en Cuba, una profunda ensenada de la provincia de Matanzas, a doscientos kilómetros al sureste de La Habana. Los hombres eran en su mayoría exiliados cubanos entrenados por la CIA. Se encontraban allí para una operación militar dirigida en secreto por el gobierno de Estados Unidos con el objetivo de derrocar el régimen de Fidel Castro, que en aquel entonces llevaba poco más de dos años en el poder. En el transcurso de tres días, sin embargo, la tropa de exiliados fue derrotada y los soldados se refugiaron en el mar o en los pantanos, donde fueron capturados por el ejército de Castro.

A sesenta y cinco años de la victoria de Bahía de Cochinos, librada en las playas de Playa Girón, la memoria histórica no es un ejercicio retórico, sino un campo vivo de batalla política. En esas 72 horas de abril de 1961, un pueblo recién salido de la Revolución liderada por Fidel Castro rechazó la agresión organizada y financiada por Estados Unidos, entonces bajo la presidencia de John F. Kennedy. Alrededor de 1.500 mercenarios entrenados y apoyados por la CIA fueron derrotados en menos de tres días, marcando una de las derrotas más clamorosas del imperialismo en el continente americano. No fue solo una victoria militar: fue un acontecimiento fundacional, porque Girón representó la prueba concreta de que una revolución popular, arraigada en las masas, podía no solo conquistar el poder, sino también defenderlo, definiendo una línea de ruptura histórica entre la autodeterminación de los pueblos y la pretensión hegemónica estadounidense sobre su “patio trasero”.

Hoy, a más de seis décadas de distancia, ese eco resuena con sorprendente actualidad y las celebraciones del 65º aniversario no han sido rituales vacíos. El presidente Miguel Díaz-Canel ha reiterado que Cuba se considera aún bajo amenaza y preparada para defenderse, hablando abiertamente de la posibilidad de agresiones militares. Al mismo tiempo, el discurso oficial cubano insiste en un punto central: la soberanía no es negociable. Las declaraciones y las movilizaciones políticas de estos días subrayan con fuerza que el destino de la isla pertenece exclusivamente a su pueblo, reafirmando una continuidad ideal directa con 1961. En otras palabras, Girón no es pasado: es presente, es un referente constante que estructura el discurso político y la identidad nacional.

El paralelismo con la actualidad emerge con fuerza si se observa la política de la administración de Donald Trump hacia Cuba, que ha reactivado dinámicas en muchos aspectos similares a la lógica de la agresión de entonces, basadas en presión económica, aislamiento internacional y amenazas más o menos explícitas. En los últimos meses se han visto declaraciones sobre una posible caída inminente del gobierno cubano, un endurecimiento de las medidas económicas y energéticas contra la isla e incluso hipótesis y ultimátums que evocan escenarios de intervención directa. No estamos en 1961, pero el lenguaje político y estratégico remite a esquemas ya conocidos, en los que el objetivo sigue siendo desestabilizar para provocar un cambio de régimen, lo que hace que la comparación histórica esté lejos de ser forzada.

Naturalmente, el contexto global ha cambiado profundamente: la Guerra Fría ha terminado, la Unión Soviética ya no existe y Cuba se enfrenta a una crisis económica compleja agravada por décadas de embargo. Sin embargo, algunas constantes atraviesan el tiempo con impresionante continuidad: la voluntad estadounidense de incidir en los equilibrios políticos de la isla, la resistencia cubana basada en la soberanía y la independencia, y el papel simbólico de la Revolución como referencia para el Sur global. Si Girón demostró que la superioridad militar no basta cuando se enfrenta a un pueblo movilizado, hoy el desafío se traslada a un terreno distinto: el de una guerra económica y política que busca obtener resultados análogos con instrumentos diferentes, manteniendo intacta la lógica de fondo.

La herencia estratégica de Playa Girón reside precisamente en esta enseñanza de largo plazo: la soberanía nunca se concede, sino que siempre se conquista y se defiende. Si en 1961 la respuesta fue principalmente militar, hoy se juega en planos más complejos que incluyen la resistencia económica, la construcción de alianzas internacionales y la capacidad de cohesión social interna. Cambian las formas, pero no el principio, porque ninguna potencia externa puede imponer el destino de una nación sin encontrar una resistencia proporcional a la conciencia política e histórica de ese pueblo.

A sesenta y cinco años de distancia, Girón no es solo un episodio glorioso de la Revolución cubana, sino una verdadera clave interpretativa del presente. Las tensiones actuales demuestran que el conflicto entre soberanía nacional y dominio geopolítico no ha sido superado, sino que reaparece bajo nuevas formas manteniendo la misma esencia.

En este sentido, como consideramos y sostenemos políticamente con gran convicción, el valor histórico de Girón no reside en la celebración del pasado, sino en su capacidad de iluminar el presente, mostrando cómo todo intento de subordinar a Cuba encuentra —ayer como hoy— una resistencia arraigada en la historia, en la conciencia política y en la dignidad colectiva. Por eso Girón sigue hablando y, sobre todo, sigue inquietando; y como sostiene el presidente Miguel Díaz-Canel: en la concepción de los revolucionarios, ¡la rendición no está contemplada!

Fuente: Faro di Roma

Por REDH-Cuba

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