La jornada en Washington fue un espejo de tensiones. Pete Hegseth, Secretario de Defensa, compareció ante el Congreso para rendir cuentas sobre la guerra en Irán. Lo esperaba un hemiciclo cargado de reproches: senadores que exigían explicaciones por un gasto que ya supera los 29 mil millones de dólares, representantes que recordaban el vencimiento del War Powers Resolution, y voces críticas que denunciaban la fragilidad de los aliados en medio de un presupuesto militar récord de 1.5 billones de dólares.


Fuente: Razones de Cuba

 

Hegseth, con tono más defensivo que en ocasiones anteriores, se aferró a una fórmula: “El presidente tiene toda la autoridad necesaria bajo el Artículo 2”. Pero la frase, repetida, no bastó para disipar la incomodidad.

En ese ambiente de desgaste, Mario Díaz-Balart, congresista cubanoamericano, introdujo un bloque distinto. Sus preguntas fueron simples, casi telegráficas:

—“¿Qué significa Cuba para la seguridad de Estados Unidos?”

—“¿Considera que Cuba es un aliado de Irán?”

—“¿Es Cuba un Estado fallido?”

Las respuestas de Hegseth fueron igualmente breves: “Sí”, “Correcto”, “Es un Estado fallido”. No hubo argumentos, ni cifras, ni contexto. Pero esa economía de palabras cumplió un objetivo político: convertir en registro oficial la narrativa de Cuba como amenaza hemisférica. Lo que en otros foros es discurso, aquí quedó institucionalizado en actas.

Para la isla, estas frases son más que retórica. Al quedar asentadas en el Congreso, legitiman nuevas sanciones y refuerzan el aislamiento. Cuba aparece no como un país soberano, sino como un “Estado fallido” vinculado a Irán, un nodo en la red de amenazas globales. La consecuencia es un cerco más estrecho, una presión internacional que dificulta cualquier intento de negociación en igualdad de condiciones. El asedio se convierte en política oficial.

El impacto inmediato se siente en Florida. Allí, la comunidad cubanoamericana recibe estas declaraciones como confirmación de su narrativa histórica. Cada vez que un alto funcionario ratifica que Cuba es un “Estado fallido”, se moviliza el electorado hacia el Partido Republicano. La audiencia de Hegseth, aunque breve en el bloque cubano, se convierte en munición electoral: titulares que circulan en Miami, fragmentos que se repiten en radios locales, reforzando la percepción de que los republicanos son los “defensores de la libertad” frente al régimen de La Habana.

El efecto no se limita al voto. Estas audiencias también influyen en el flujo de donaciones para campañas. Empresarios cubanoamericanos en Florida aportan fondos significativos a candidatos republicanos que mantienen una línea dura contra Cuba. Organizaciones de exilio y PACs (Comités de Acción Política) utilizan estas declaraciones como prueba de compromiso, incentivando aportes millonarios.

Frases como “Cuba es un Estado fallido” funcionan como eslóganes que justifican la inversión política y económica en campañas, reforzando la maquinaria electoral republicana en un estado clave. El resultado es un círculo virtuoso para el Partido Republicano: discurso duro contra Cuba- movilización del electorado en Florida- aumento de donaciones-consolidación de poder en un estado decisivo.

La audiencia en el Congreso mostró dos planos complementarios. En el primero, Hegseth debilitado, obligado a defender costos y legalidad de la guerra en Irán. En el segundo, Cuba convertida en símbolo, reducida a monosílabos que, sin embargo, cumplen la función de reforzar la narrativa oficial. Para la isla, significa mayor asedio; para Florida, significa movilización electoral y flujo de donaciones hacia el Partido Republicano. En ambos casos, el resultado es el mismo: Cuba transformada en moneda política dentro del tablero estadounidense.

Por REDH-Cuba

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